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viernes, marzo 18

Mi amigo artista

Hace unos días tuve el honor de ser retratada, ¡inmortalizada! por el señor artista Gustavo Rosales,  conocido en estos lares como Zippo Alfa. Este querido amigo y ahijado virtual ha tenido la feliz ocurrencia de retratar o caricaturizar a quien lo desee, con la previa condición de que publiquen en sus avatares de facebook un dibujo suyo. El que quiera, pues, puede tener su Zippo, o dedicarse a admirar lo que él hace. Pídanle amistad en su facebook, que es este.

Mírenme, soy feliz:

jueves, agosto 12

TELITA V: Memento

¿Se acuerdan de Memento? Nos sorprendió con su hermosa participación en el TelitaIII. Me consta que tenía todas las ganas de hacer dupla en el TelitaIV, pero debido a la lamentable deserción de su compañerx no le fue posible expresarse a dúo en aquella oportunidad. Sin embargo, sin arredrarse vuelve al ruedo y con un hermoso texto que les copipasteo a continuación. ¡Que lo disfruten!


Nosotros

Buenos Aires, 20 de septiembre de 1905.
Su madre le recordó mientras estudiaba que tiene prohibido salir, pero ahora que está sentado en el tapial del fondo no parece tan mala idea dar el salto hacia el baldío, pero no.  Distraído va caminado desde una punta a la otra, cuando de pronto no hace pie y cae entre las matas de al lado.  El pasto es de un verde intenso, y debajo de esa alfombra caliente por el sol, una humedad fresca le regala alivio a sus pies ahora descalzos.  Se pasa la tarde imaginándose perdido en esa jungla.  Es hora de volver a casa, late su cuello por la osadía cometida, de este lado no hay nada para hacer pie y trepar de nuevo el tapial.  Debe salir por el frente y entrar a la casa por la puerta principal, son las dos cuadras más largas que ha corrido, un poco agachado.  Se escurre por la rendija de la cancel (siempre está abierta) y corre para tirarse al piso del hall chico, el frío de las baldosas va apagando el fuego de las mejillas y a lo lejos la voz de su madre le advierte que se lave para cenar.

Madrid, 20 de diciembre de 1919.
Esperaba el tranvía parado en la esquina, en actitud sonámbula, apretujando esas hojas bajo el brazo como si llevara expuesta toda su vulnerabilidad.  Iba a presentar su primer artículo.  El calor acentuaba las miradas perdidas, los gestos lánguidos.  Inesperadamente, como si el Monzón alcanzara el cielo madrileño cayó la lluvia con sus inagotables gotas fusionadas en un oleaje. La lluvia lo despierta, lo trae al mundo nuevamente y este renacer es hoy más vívido que nunca. Entiende que sólo este milagro puede despertar a los enajenados.  Elije volver a casa.

Buenos Aires, 20 de noviembre de 1922.
Le resulta imposible hilvanar los hechos, las pequeñas decisiones que lo han llevado a estar con Concepción en esta casa, solos por primera vez.  De alguna forma ha suprimido o al menos reprimido pensamientos, ideas casi tangibles que le hubieran impedido sucumbir al berretín del amor.  El hogar está encendido y es la segunda copa.  Frente al fuego, frente a las sombras del fuego, su mente divaga por ancestrales emociones, dogmas no expresados y siempre presentes en él; las simetrías se diluyen y un remolino de imágenes va creciendo.  Las aparta con desprecio, se desaprueba por tal animismo pero ya es demasiado tarde, ha decidido que un hombre debe imponerse a los reproches de los demás.

Gualeguay, 20 de marzo de 1930.
Lo han convencido de pasar un día de campo en Puerto Ruiz.  El viaje desde la estancia de la familia de Concepción no es largo, y con esto conformó a su mujer.  Parado frente al muelle, con la mirada perdida en el campo de la otra margen de la boca del río, presta atención a los ruidos de su primogénito.  Ese niño en brazos, que balbucea algo y obtiene una sonrisa de su madre, esa burbuja inextricable que los encierra y los separa de la razón, son prueba irrefutable de que aún le falta mucho por aprender, y su soberbia no alcanza a evitar una unívoca conclusión: ha obrado bien.

Cambridge, 20 de febrero de 1969.
A su lado, en el banco que resiste perpetuo ver el paso del río, hay un hombre.  Su rostro cansado refleja la pesadez de su alma, la cansina marcha de su vida.  Pero el rostro es tan parecido al suyo que la perplejidad da paso a la curiosidad, y se anima (¿Hace frío, no?).  El otro tarda en dar signos de escuchar, sumido en lo que parecen profundos pensamientos, luego gira la cabeza (Realmente no sentí el frío hasta este momento).  (¡Esa voz!) piensa, y siente que un tenso equilibrio se ha roto, como una cuerda demasiado tensa; y es posible hasta sentir el latigazo del corte.  Durante un rato el silencio congela el tiempo, de pronto el crujido de una rama bajo el peso del hielo parece desencadenar nuevamente su paso inexorable.  Decide volver a intentarlo (Es un buen lugar para tomar un poco de sol ¿no le parece?) El otro contesta (Verdaderamente no lo creo, yo sólo estoy esperando) (¿Espera a alguien?) (No, espero algo) (¿Y cómo es eso?) (En cualquier momento usted me hará la pregunta).  Bastante anonadado, comienza a mirar más detenidamente al Otro, pero no comprende, no quiere comprender.  No comprende lo que el Otro sabe, lo que siempre supo.  Ese momento que pasará sin gloria por su vida, ni siquiera una anécdota, es para el Otro la continuidad infinita de un viaje.  El Otro ya ha estado ahí, todos los 20 de febrero posibles en el mismo banco a orillas del río Charles.  Ya no lo conmueve ver lo que todos los hombres añoran, contestarse la pregunta que inevitablemente algún día nos haremos ¿Qué pasaría si…? 

Las nubes han traído un viento frío, y nuestro hombre recuerda que sus nietos están por llegar, más azorado que atento suelta un saludo (Adiós, debo irme, mi nombre es Jorge.  Tal vez volvamos a encontrarnos). El Otro se despide (No lo creo. Yo,desgraciadamente, soy Borges).

Memento, Agosto 2010

miércoles, julio 7

TELITA V: Vengador Pitufante

Participante ya curtido en Telita III y Telita IV y controvertido comentarista, el Vengador Pitufante, siempre desde el más oscuro anonimato (bueno, no tanto, me puso de amiga en el facebook así que ahora le conozco la cara a él y a la familia y además sé dónde trabaja y, salvo que todo esto sea una gran farsa no puedo decir que conozca mucho más de otros teliteros), nos acerca una nueva colaboración, que me ha gustado mucho porque, entre otras cosas, desarrolla en el relato la misma idea que se me había ocurrido a mí cuando pensé en la consigna. Sin adelantar más, los dejo con su narración. No tiene título, bueno, no importa:


Ella aparece todas las noches y yo la miro sin sonreir. Me pide, me suplica, que lo haga. Yo me niego sistemáticamente. Y ella se va. Su pelo rojizo pendulando contra su espalda, mientras camina con ese paso tan particular que la caracteriza. La observo y no puedo dejar de notar que aún conserva restos de la hermosura que otrora me impulsara a casarme con ella.

No puedo precisar cuándo comenzó pero, por Dios, todos los días oro porque termine pronto. Sus ruegos agotan mi paciencia y mis rechazos sólo parecen endurecer su voluntad. Cada noche sale de su cuarto y se repite la triste situación. Ella rogando, yo negándome, intentando razonar, profiriendo insultos cuando agoto mi reserva de racionalidad. Alguna vez llegué a pegarle. No le importó. Sólo volvió a su cuarto, repitiendo su monótona letanía.

Lloro a veces. Por mí. Por ella. Por nosotros. Por la idea de nosotros. Por lo que alguna vez fuimos. Por las promesas rotas. Por los sueños evaporados en lo que dura un pestañeo.

El cambio fue gradual, lo suficiente como para no despertar mis sospechas hasta que fue demasiado tarde. Lo pedía y yo la miraba divertido. Su mirada era quizá algo distinta en esas ocasiones, pero tal vez mi memoria recuerda cosas que no ocurrieron realmente. Pero pronto los pedidos se hicieron más frecuentes. Su tono de voz ya no era el de una persona sana. Era una niña enferma y obsesionada, repitiendo un capricho sin fin.

Nunca intenté llevarla a un "locólogo", como a ella le gustaba llamarlos. Nos prometimos mutuamente que jamás nos acercaríamos a uno. Opté por recluirla en casa argumentando que ya no era necesario que siguiera trabajando. No pareció importarle.

Convivo con ella, con lo que queda de ella, de la pelirroja divertida y aficionada a las letras que alguna vez conocí. A veces mantenemos charlas normales. Soy muy feliz cuando eso ocurre. Pero sé que su obsesión está allí, lista para salir, a la espera de la menor debilidad en mi discurso; al acecho del menor detalle o palabra de la cual aferrarse para surgir de las cenizas cual oscuro fénix y arrasar los pocos momentos de calma que aún tenemos. Y cuando eso ocurre, mi mundo se desmorona una vez más.

Casi sin respirar, me suplica que escriba nuevamente sobre los laberintos, la eternidad, la inmortalidad, el tiempo. Me dice con total seriedad, al borde del llanto, que ya ha leído mis escritos demasiadas veces. Que necesita que escriba más, mucho más. Que no debo negarle al mundo, y especialmente a ella, la genialidad que me ha sido concedida. Y yo la miro y me siento atrapado en mi infierno particular. Porque en su mente enferma y degradada, yo, desgraciadamente, soy Borges.

Vengador Pitufante, Julio 2010.

domingo, julio 4

TELITA V: Moscabrava

No podía fallarme mi querido Moscabrava, el sorprendente filósofo, poeta, cantor que nos ha deleitado con sus cantos en más de una ocasión, y hasta ocasional chauffer de más de un podentarista, leal amigo y convocado de segura presencia en los Telita. 

Con su habitual encanto, me dice en su mail : "Me extraño a mí mismo si no participo en tus convocatorias y para no andar buscándome hasta debajo de la cama...y al tiro nos manda esta canción:
I
Si el frío acero sediento
me observa severamente;
acurrucado en las sombras
soy Borges, desgraciadamente.
II
Si la inopinada acción a mi puerta
la evita tan raudamente
que se me hace imperceptible;
soy Borges, desgraciadamente.
III
Si los elfos venturosos
me esconden sugerentemente
las páginas que no envidio;
soy Borges, desgraciadamente.
IV
Si el hastío infeliz se instala
cómodo en la saliente
de la chimenea de la sala;
soy Borges, desgraciadamente.
Estribillo (y conclusión)
¡Qué befa tan peculiar!
Sólo en cuatro yo soy Borges.


Moscabrava, Julio 2010

viernes, julio 2

TANDA PUBLICITARIA: GRAN CONCURSO GRAN

El amigo y telitero señor Pablo(yo), entre otras cosas referente internacional del mundo filatélico y consultor especializado en cárceles de máxima seguridad, ha decidido celebrar el segundo aniversario de su blog Album de Estampillas lanzando un espectacular concurso que con certeza será del agrado de quienes suelen rondar por aquí en busca de oportunidad de ejercer su afición literaria, ya sea leyendo o escribiendo.

El concurso consiste en escribir una carta. Pero no cualquier carta y mucho menos un mail. Para enterarse, pueden ver las bases del concurso aquí. Pero apúrense, porque el concurso dura un mes nomás, ¡y hay premio!

Felicitamos al señor Pablo(yo) por su iniciativa, y allá nos vemos.

jueves, julio 1

TELITA V: Pino & Agente Smith

He aquí una de esas sincronicidades que tanto parecían llamar la atención del extinto mostro de las letras señor Jorge Luis Borges. Resulta que cuando al Agente Smith le llega la invitación a participar de este Telita, en simultáneo le llega un mail con un cuento de su amigo Pino. Pino estudió con el Agente Smith hace como treinta años, actualmente vive en Inglaterra y por su trabajo se la pasa visitando puertos europeos. La cosa es que le manda este cuento y ni lerdo ni perezoso el Agente le agrega un final telitero y ¡voilá! habemus Telita.

Aquí pues, el cuento del señor Pino, tuneado por el Agente Smith:


CORCEGA

Europa es mía! dijo el corso Napoleón Bonaparte una tarde de 1810. Tiempo después, durante su exilio, alguien le preguntó: ¿Cómo, habiendo sido el dueño del Imperio Francés usted nunca ayudó a Córcega? Es que no he tenido tiempo, contestó.

Y lo bien que hizo. Porque la isla se ha desarrollado poquísimo y hoy en día conserva su belleza natural. En el interior casi no hay caminos y a varios sectores paradisiacos se llega solamente a lomo de burro o en yate de placer. La campiña francesa se mezcla con el charme europeo. En Porto Calví se dan cita la crema y nata del viejo continente, podés encontrar a Giorgio Armani, a Dolce y a Gabbana, a los Gucci, los super-ricos, lo más excelso del socialismo francés, los capitalistas de siempre y algún jeque desvariado que ande por la zona. El vehículo típico es el Yate o el Crucero pero algunos llegan por Ferry con sus humildes rodados.

Para agasajar a esos personajes se construyó una Fortaleza medieval en el morro que domina la entrada de la bahía de Porto Calví. A la espera de su objetivo final la fortaleza se utilizó durante algunos siglos como ciudadela y defensa militar. Hoy en la cima se encuentra Thao, un club nocturno con todo lo mejor, jazz en vivo, músicos bohemios y franceses, los mejores alcoholes, bellas damas y abultadas billeteras.

Lo que hay abajo no es poca cosa. La bahía está bordeada por callejuelas y bares con mesitas sobre el empedrado inclinado. Encontré uno muy particular, porque era chiquito, con techo de paja y sillas de pino.  Era un bar cubano donde servían los mejores Mojitos que tomé en mi vida. Aparentemente los preparaban unos minutos antes en La Bodeguita del Medio y los llevaban en plato volador hasta Córcega.

ELLA llegó al barcito un poco después que yo. Era más que bella, más que delicada y más que francesa. Estaba vestida con un top muy corto y un vaquero dos talles más grande que lo necesario. No usaba cinturón ni ropa interior.

Eligió un lugar en la barra y se sentó, justo a mi lado. Cuando se sentó en la banqueta, no se dio cuenta de que el vaquero se desplazaba y la dejaba al descubierto en un 50 por ciento. Allí estaba. Como un director de orquesta. El bar se transformó en un anfiteatro que no respetaba las reglas de la geometría pero si las del instinto y la envidia. Dos chicas raras en una mesa, unos legionarios uniformados en otra, una pareja común, otros hombres y mujeres. Todos estábamos pendientes, como músicos, de percibir el más mínimo de sus movimientos; de captar el más imperceptible de sus compases.

Instintivamente me puse a leer ese libro abierto, a mi lado. Un libro sin escrituras, pero que todo me lo decía:

“Tomo sol desnuda en el fly-feck del barco. Siempre soy el centro de atención y ello me gusta. Tengo 21 años, 4 meses y 16 días”.

Así estaba de concentrado leyéndola, cuando una voz insistente me baja del mundo celestial al mundo real. Giro mi cabeza hacia la empleada del bar y la veo del otro lado. Del otro lado en todo sentido: Portorriqueña, fea, tetona y escotada. Su pelo platinado estaba quemado con manchas anaranjadas. Su boca pintada de rojo sobrepasando los labios, remataba en un lunar grande con un pelito mal cortado o mal crecido. Fue en ese instante cuando empecé a amar a una y a odiar a la otra. -Que est que vous voulez? me dijo como imitando a Minguito Tinguitella.

Mojito, le contesté.

Yo tomaba un traguito y seguía leyendo…

“Estoy aburrida. Mi novio es un pelmazo y sus amiguitos millonarios peor aún. En el yate de Papá no puedo estar. Este es el único lugar donde a nadie se le ocurriría buscarme”...

- Comment que tu t’appelles? Escucho de costado. Era el espantapájaros, que se me había estacionado al otro lado de la barra. Furioso y consciente de que las cuatro palabras que yo sabía en Francés eran el doble de sus conocimientos, le contesté: -Je m’appelle Borges. Jorge Luis Borges.

- Enchanté! me dijo mientras yo ideaba una manera de alejarla y ganar minutos de oro.

-Un autre Mojito, s’il vous plaît.

Bella desde todos los ángulos. Era insoportable estar a su lado. Decidí que tenía que pensar en otro tema. Pensar en algo abstracto. Pensar por ejemplo: ¿Cómo es posible que el Creador construya dos cosas tan disimiles, utilizando los mismos materiales? o, Los derechos del hombre frente a la desigualdad entre las mujeres. En fin, yo trataba de no resbalar por la superficie interna del embudo; me aferraba del borde y con esfuerzo lograba sacar la cabeza. Entonces me encontraba de nuevo frente a la fea. Debe llamarse Rita o Celia o cualquier otro nombre ridículamente caribeño, pensé. Evidentemente estaba decidida a hablarme; como mínimo.

Lo grave era que por mi edad y por la categoría de mi hospedaje, yo me encontraba más cerca de Celia que de Celine. Qué horror. ¿Ahora que hago?

-Un autre Mojito, s’il vous plaît. Era el tercero. Lo saboreé y me escapé de aquel fuego cruzado. Mientras me alejaba del bar mi meditación zigzagueaba y recordaba: Los Mojitos son como los glúteos de una mujer hermosa. 

Uno es poco y tres son demasiado para un ciego que lee mujeres como libros. Y para leerlas yo, desgraciadamente, soy Borges.

Autor: Pino.
Adaptación: Agente Smith
Julio 2010

domingo, junio 27

TELITA V y (semi)TELITA IV: Gabrielaa

Apenas minutos luego de haber soltado el post invitando a participar al Telita V, mi casilla de correo se vio honrada por un mail de una de nuestras más queridas teliteras, la Señora Gabrielaa, aka La Veloz de Monserrat.


Durante meses, ella y yo rumiamos la amargura de que el compañero que le tocara en dupla para el Telita IV se declarara muy ocupado, tapado de laburo, sin plata, sin musa, bongabonga y la cosa es que la dejó ahí, como quien dice, en el altar, con el vestido de novia puesto y nadie con quien estrenarlo. Pero si hay alguien capaz de sobreponerse a estas tragedias y transformarlas en una fiesta, es ella. Y así, en este nuevo aporte, nos entrega dos por uno. El Telita IV "Un tal Esteban", transformado por artes de alquimista en el Telita V "Yo, desgraciadamente, soy Borges". Pa que aprendan (vos y ese otro, sobre todo).


¡Disfruten!


en el principio era gente
que, para pasar el día,
abodriada y ya demente
macabros textos leía

entonces, para su mal
se abrieron los comentarios
(hablamos de un tal Esteban)
¡y por el mismo salario!

aunque la regla era clara:
“no se puede dialogar”
ni Castrelli y sus mazmorras
lo lograron evitar

quedando todos pegados:
escupiendo el monitor
y aporreando los teclados
con cotidiano fervor

dispara el extreme discuting
la menor provocación:
la Momia, Pink Floyd, salchichas,
y la próxima elección,

Mike el pollo sin cabeza,
el arte -dólar, sinior-,
conflicto campo-gobierno
y la vida: puro ardor

cuando un Día del Amigo
los nicks se corporizaron
se cantó, bailó y bebió
y algunos se enamoraron

esta historieta traduce
un sentimiento profundo:
¡qué lindo el podentarismo!
¡aguante Yo Contra El Mundo!


... y pasaron ya seis meses:
no llegaron las viñetas
que supuestamente haría
un mendocino sotreta...

¡nuevo llamado a Telita!
se me ocurre que quizás
puede ir refrito.. aunque no:
 la métrica no me da

por más vueltas que le busque
ni la rima, ni la hostia—
¡al fin había resultado
muy dura convocatoria!


(sabrá disculpar, Cecilia,
pero fíjese que yo,
desgraciadamente, no
soy Borges...)


(Gabrielaa, junio 2010)

sábado, octubre 10

TELITA III: El casamiento de mi ex, por La Rubiaa

Nuestra muy imaginativa Rubiaa ganó una honrosa cantidad de votos en septiembre con su cuento Soledad, y ahora nos regala un nuevo cuento. Podría creerse que lo que quiere es ganarse uno de los codiciados premios Telita, pero no piensen así de ella, porque en realidad el cuento me lo mandó apenitas después del primero, y sólo porque el primero le parecía medio bajón. Por eso y porque le sobra creatividad, claro.


Su nuevo aporte me resultó muy divertido. ¡Que lo disfruten!

El casamiento de mi ex

Mariana manejaba, Lara iba en el lado del acompañante, muy perfumada y nerviosa, y Paula iba atrás, con la guía T en la mano y los anteojos puestos.

- ¿Cómo se llamaba la calle? – preguntó Mariana.

- 30 indígenas – dijo Lara, casi gritando.

- ¿Lo qué???

Mariana frenó de golpe en el semáforo, a Paula se le cayó la guia al piso tratando de que no se le caigan los anteojos, sin contener la risa. Lara estaba tan rígida que ni se movió.

-¿De que te reís, boluda? – le dijo.

- Es 33 orientales, no 30 indígenas, nena. Tranquilizate, respirá hondo. ¿Hiciste pis antes de salir? Porque si encima tenemos que parar en un McDonald’s, no llegamos, viste, y la verdad ya bastante bizarro es todo esto como para hacerlo durar mas. Dejá que yo guío.

-No hubieras venido, respondió Lara de mala gana.

-Daleee, que si no venía yo, o si no venía Marian, no venías ni vos, mirá.

Mariana, siempre mediadora, sonrió, pero enseguida hizo una mueca de dolor.

-Mierda, no puedo manejar con tremendo tacos. Pau, seguí vos que estas con taco bajo.

Estacionaron un rato para cambiarse de lugar y para darle ánimo y más palabras de aliento a la pobre Lara, que estaba a punto de cometer el peor error de su vida, o no, depende de cómo viera uno la situación. A los 15 minutos ya estaban de nuevo en camino. Paula manejaba y hablaba.

-No podés casarte en la calle “33 orientales”, tiene cero glamour, me extraña de Peter, un tipo con tanta guita, con tanto nombre, con tanta pinta - dijo Paula irónicamente. - Aunque la iglesia, te digo, es divina.

-Lo que no podés es casarte con una tilinga muerta de hambre que vino de Santa Rosa hace seis meses porque si no la comían los piojos, que conocés hace tres y que ni siquiera sabe pronunciar tu apellido.

-No digas asi, hablás desde la bronca porque te robó el novio. Pero reconozco que la chica es, cómo se dice, una trepadora, dificil imaginarse que Peter vaya a compartir un proyecto de vida con una chica asi, dijo Mariana.

- La piba no es para él, pero al margen, ¿cómo sabes vos que no sabe pronunciar su futuro apellido de casada? , preguntó Paula.

-Porque me lo dijo el primo, que por cierto es el que nos va a hacer entrar. El no es conocido, así que no le van a estar encima.

Después de un rato, llegaron. Habían salido con tiempo, porque era obvio que no iban a encontrar lugar para estacionar tan rápido. Dieron un par de vueltas y estacionaron atrás de una limousine de donde salía una pareja vestida de negro, impecables los dos.

-Me siento Patito feo, dijo Lara.

-No jodas, estás divina, dijo Paula, y bajaron del auto.

La muchedumbre ya iba entrando a la iglesia, había camionetas de canales de televisión por todos lados y gente muy bien vestida que sonreía y deseaba felicidad a los novios frente a las cámaras. La falsedad se podía oler a distancia. Era muy obvio, mucho antes de que anunciaran el casamiento, que esa pareja no iba a durar, y no sólo las chicas, sino todos los que estaban ahí sonriendo sabían eso, pero se esforzaban por disimularlo. Todos menos el novio, claro. Lara no quería que la vieran las cámaras, por lo menos no antes de entrar, después, adentro, sería otra historia, podía salir después en todas las revistas como la patética número uno, o no. Eso estaba en manos del destino. Se ubicaron cerca de un árbol grande, aislado de la multitud que iba disminuyendo. No hacía mucho calor, pero la tensión a la sombra de ese árbol hacía que Lara transpirara el doble.

Cuando todos los invitados parecían ya estar adentro, un chico rubio se acercó al trío, saludando a Lara primero.

-Hola, soy Juan Pablo, el primo de Peter. Lara, hubo un problema con las invitaciones, dijo.

- ¿Qué?, dijo Lara, blanca como un papel, ¿no tenés mas invitaciones?

-No, respondió él.

Lara casi se cae, pero Paula la sostuvo.

-Linda, no te preocupes, ya hablé con el tipo de la puerta, traté de coimearlo pero parece que también es cura o algo así, igual con el asunto este del amor lo convencí, le dije que eras la ex y que estabas muy contenta por el novio y su nueva vida y sólo querías saludarlos y despedirte.

-Te vas a ir al infierno por mentir de esa manera, le dijo Paula.

-Es que capaz que si le decía que ella tiene que estar porque va a evitar que mi primo se case con esa mina, no las dejaba entrar, dijo guiñándoles el ojo. Vamos linda, ponete las pilas que tenés un casamiento que impedir, como en las películas. Síganme.

Entraron por una puerta lateral, al fondo. Los últimos invitados se estaban acomodando y Peter ya estaba parado en el altar. Lara lo vio y se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no podía dejar que se corriera el rimmel en un momento así. Paula y Mariana se sentaron en el fondo, tratando de pasar desapercibidas. Lara se quedó parada atrás, medio tapada por el confesionario.

Al rato se hizo silencio y empezó a sonar la marcha nupcial. La puerta principal se abrió y entró la novia, sonriente, con un vestido que era el sueño de cualquier mujer, del brazo de un señor alto y muy joven para ser su papá.

-Ni en dos vidas se imaginó que alguna vez estaría usando ese vestido, esta mina, susurró Paula.

-Shhhhhhhh!, la calló Mariana con un codazo.

Mariana estaba optimista, se imaginaba por fin una histórica victoria sobre las trepadoras, botineras, vedetongas de cuarta y gatos hechos que pululan por la vida robándose los mejores hombres, los pocos que quedaban. Un pensamiento que bien podría haber salido de la cabeza de Paula, pero esta vez era de ella. Tenía fe en su amiga, porque conocía el amor que ella tenía, que había sido y todavía era incondicional, una cosa muy rara en un ambiente como ése en el que se movían ellos. Y quien los hubiera visto hace un año atrás, jamás hubiera pensado que hoy Peter se estaría casando con otra mujer, si eran el uno para el otro, desde el día que se conocieron. Pero de repente, de un día para el otro, Peter se hizo famoso, y con la fama vino la plata, las mujeres, los chismes. Y Lara no aguantó, y Peter eligió mal.

El cura ya había empezado a dar el sermón que sólo emociona a madres y suegras y aburre al resto. Las chicas miraron a Lara y le dedicaron su mejor sonrisa, como para transmitirle que iba a estar todo bien. El momento estaba cerca.

-Si hay alguien que crea que estas dos personas no deben unirse en santo matrimonio, que hable ahora o calle para siempre, dijo el cura.

Se hicieron unos segundos de silencio sepulcral. Mariana y Paula se agarraron de las manos y contuvieron la respiración, no querían mirar a su amiga ahora. A Paula incluso se le pasó por la cabeza que Lara no se iba a animar. El cura empezó a hablar de nuevo.

-Bueno, entonces….

-Yo, gritó Lara, que ya estaba en el fondo de la alfombra, mirando directo a los novios.

Toda la iglesia se dio vuelta, murmurando. Se escucharon varios “ohhhhhh” y “ahhhhh”. Los flashes de las cámaras empezaron tan fuertes que creo que la pobre chica no podía ver nada más.

-Perdón señorita, usted…, atinó a decir el cura, pero Peter levantó la mano, callándolo.

-Lara, ¿que hacés?, dijo.

-Vine a hacerte entrar en razón, me niego a creer que te querés casar con ella. Si te conozco, y sé que es asi, no te podés casar con ella, porque es todo lo contrario a lo que siempre quisiste. Y no soy la única hoy acá que piensa lo mismo, es que nadie te lo dice.

Silencio total, la cara de la novia era impagable. Lara siguió.

-Yo te amo, Peter. Por favor, no te cases. Yo sé que es complicado y que siempre peleamos, pero prefiero pelear con vos que reirme con otro. Danos una segunda oportunidad.

Eso fue lo último que dijo. Por unos minutos nadie habló, ni se movió, ni murmuró. Paula y Mariana tampoco. Hasta que Peter dijo:

-Perdoname Lara, pero este soy yo ahora, esto es lo que elijo, y ya lo habíamos hablado. Por favor, dejame seguir con mi casamiento y cortá con este papelón que es lo mejor para todos.

-Dale querida, que no fuiste invitada, dijo la novia.

Lara sintió cómo le caían las lágrimas por las mejillas, incontrolables. Dio algunos pasos hacia atrás y en cuestión de minutos ya estaba afuera, abrazada a sus dos mejores amigas, que le secaban las lágrimas a medida que aparecían nuevas. Caminaron despacio hasta el auto.

-Listo, soy la ridícula del año, con esto Rial tiene para un mes de programa. En qué estaba pensando, por Dios, era obvio que iba a pasar esto.

-No, La, vos no sabías lo que iba a pasar, le dijo Mariana, te jugaste y está perfecto, no tenés que sentir vergüenza de lo que sentís, las cosas que se hacen por amor están justificadas, el amor justifica todo. Ahora, listo, a seguir con tu vida, te sacaste la duda, es evidente que Peter ya eligió y no hay nada que puedas hacer ahora.

-Estaba feo Peter, ¿viste?, siguió Paula, para mi la ropa formal nunca le quedó, es más de lo casual. Aparte, ese peinado, ¿qué era eso? ¿Un tributo a Los Beatles? Ah, me estoy imaginando todo lo que el cura le habrá dicho al primo de Peter…

Se rieron las tres, abrazadas. Llegaron al auto, subieron y se fueron. Esa noche Mariana y Paula se quedaron en lo de Lara, y al otro día ya se sentía mejor.

Cuatro meses después, un escándalo mayor al que tuvo lugar ese dia en la iglesia de la calle 33 orientales inundaba las tapas de las revistas y los programas de chimentos. La flamante nueva esposa había sido vista en topless en una conocida playa del exterior acompañada por un morocho más joven. Y un tiempo después eso se desató un polémico divorcio, en el cual la ex esposa se quedó con mitad de los bienes de Peter.

No, Peter y Lara no volvieron. Lara siguió con su vida, conoció a un chico, se volvió a enamorar y sigue siendo incondicional, como siempre. Es muy feliz y ahora Mariana y Paula se están preparando para su casamiento. Paula va a ir con Juan Pablo, el primo de Peter, y Mariana con su novio de toda la vida.

Y en cuanto a Peter, siguió eligiendo mal.

La Rubiaa, Octubre 2009

martes, octubre 6

TELITA III: Cruce Hilario, por Juanro

Largamos con el primer telita de octubre, es el turno del señor Juanro, músico, bloggero, marido de la señora eva, y sí, bueh, digámoslo, podentarista también él. Recordarán los asiduos su brillante participación en el TelitaII, El Profesional. No se queda atrás esta vez. Me encanta este relato. Disfrútenlo:


Cruce Hilario


¿No tenés más invitaciones? Creo que no. El viejo rebuscó en el morral. No, las repartí todas, ¿vos? Sí, me quedaron algunas, pero pocas. El muchacho sacó del canasto de la bicicleta un rollo de papeles, impresos aparentemente a mimeógrafo. "Gran barrileteada conmemorativa" era el título, seguido de un dibujo de unos barriletes perfilados sobre unas nubes, y debajo "domingo 27, en el Cruce Hilario". ¿Va a venir bastante gente, no? dijo, mientras miraba el panfleto. Yo creo que sí, dijo el otro, cambiando de nalga el peso del cuerpo, sentado, mejor dicho apoyado sobre la división central de cemento de la autopista. El sol, generoso, rendía tributo al verano y calcinaba el asfalto resquebrajado y los pastos que amarilleaban entre las grietas. El silencio era intenso, pero no absoluto. Un silencio de civilización, pero jalonado de sonidos, la respiración de ambos, lenta bajo los ceños fruncidos para amortiguar la resolana, el runrun de la brisa en los oídos y el swish sobre los pastos, algún pájaro lejano, alguna chicharra. Allá para el lado del pueblo ya se veía venir otra gente, la mayoría como los dos que ya estaban ahí charlando, en bicicleta. ¿Sabés por qué este lugar se llama Cruce Hilario? preguntó el viejo, con la voz un tanto opaca por el cigarrillo que se había metido entre los labios, al tiempo que se daba vuelta para ponerse de espaldas al viento y haciendo reparo con la mano, lo encendía. No, dijo el muchacho. Calando con satisfacción y exhalando la primera bocanada de humo, el viejo empezó a contar. Tenían un rato todavía.

Eso era de Antes. Aún antes, cuando la autopista no estaba, Hilario ya vivía en el rancho, ese que ahora es apenas unos restos asomando al costado de los árboles, trescientos o cuatrocientos metros más allá. Un poco más lejos, la laguna, y luego, el campo que llamaban "de los treinta indígenas", por algún antiguo y olvidado malón; o quizás por la frondosa imaginación de algún lugareño. Esas certezas se pierden con el tiempo. El asunto es que ahí vivía Hilario, eternamente viejo según lo recordaban todos, con sus gallinas y sus chanchos, su rostro curtido y rojizo como cuero viejo, su pelo extrañamente abundante y renegrido pese a sus muchos años. Todas las mañanas religiosamente cargaba en el canasto de la bicicleta un par de docenas de huevos y se iba al pueblo a vendérselos a Gómez, del almacén. Hacía luego ocasionalmente alguna compra, yerba o cigarrillos, quizás se sentaba un rato en el bar a tomar una grapa y saludar a la gente que pasaba, mientras en un costado la televisión aburría con sus noticias de un mundo que trascurría a unos cientos de kilómetros de allí, pero parecía mucho más lejano. Luego se volvía a su rancho a atender los animales, dormir la siesta, remover el suelo y sacar un poco las malezas en la exigua huerta que tenía atrás, y finalmente a dormir. Sus días no tenían fin, ni semana, ni desvío. Salvo que lloviera mucho, en cuyo caso no iba al pueblo y se quedaba bajo el alero, tomando unos mates y trenzando algún tiento o tallando un palo, los ojos siempre melancólicos pero no tristes, resbalando sobre el agua que caía.

Hasta que un día esa misma tele que nadie miraba ni apagaba nunca, anunció la llegada de la autopista, y el mundo tan lejano vino a entrometerse en la vida del pueblo. No mucho, es cierto: la autovía de dos carriles por lado no tenía prevista en las inmediaciones ninguna bajada. Al pueblo se seguía accediendo por la ruta vieja, que venía por el otro lado. Al que sí lo jodió fue a Hilario, claro. La traza vino a pasar, cosas de la topografía, haciendo un chanfle entre la laguna y el pueblo. Lento y manso, aunque no indolente, un día vio llegar las máquinas, cuando salía pedaleando con ese ritmo tan suyo que parecía a punto de detenerse del todo y caer de lado a cada instante, por el sendero que los años habían marcado entre el pasto. Llegó hasta el reciente obrador, y se quedó mirando un rato. Nadie le prestó atención, así que fue y habló con uno, mayor y más gordo que los demás, debía ser el capataz. El tipo, amable al fin y al cabo, le explicó de qué se trataba. Sí, una autopista, sí, el proyecto iba a concretarse en menos de dos meses, ¿puente? ¿para quién? No, don, acá no. Hilario se fue. Días después reclamó en el pueblo, con el delegado municipal (intendente no había). En fin, nunca le dieron pelota, no me refiero al pueblo, donde efectivamente lo apreciaban, pero imaginate, el reclamo de un cuasi indigente rural que vivía aislado en el culo del mundo con sus gallinas y algunos chanchos no iba a frenar ni desviar la cosa ni un milímetro. Hilario, como tantas otras veces en su vida, se resignó. La autopista estuvo eventualmente terminada y él, en lugar de pedalear apenas dos o tres kilómetros, tenía que alejarse casi seis hacia el oeste, hasta donde la autopista hacía un desvío y se acercaba un poco más al borde de la laguna. Allí había un puente, no para él si no para pasar sobre el arroyito, y por ahí abajo, entre la pared de cemento oscuro y chorreante de humedad y el barro de la orilla, cruzaba. Sobre él, los autos, ciegos y ajenos a todo el asunto, iban y venían. Salía del otro lado y luego volvía, paralelo a la autopista, hasta quedar casi enfrente del rancho, pero del otro lado.

Pasaron los años. Hilario criaba gallinas, y pedaleaba. Aunque sus fuerzas menguaban, aún no se agotaban. En otra escala, lo mismo se podía decir del mundo. Un día por la tele, dijeron que el petróleo se estaba acabando. El Hombre tenía una segunda oportunidad, decían algunos, la Humanidad está condenada, decían otros. Como siempre nadie tuvo razón, condenados ya estábamos de antes y para oportunidades, ya se ve, hemos perdido la cuenta hace rato. A todo uno se acostumbra; a la falta de petróleo, también. Los autos, veloces objetos de deseo, un día dejaron de correr. No todos, claro, hubo un tiempo, un margen para la diferenciación del que puede del que no. Pero la cantidad bajó drásticamente y mantener una autopista ya no fue rentable. El sonido del caucho sobre el macadam fue remitiendo hasta desaparecer. Hilario miraba un día, su rostro como siempre relajado, sin asomo de tensión, a la sombra del alero, la silenciosa autopista, y cayó en la cuenta de que su hipotética histórica victoria no era tal. Autos no pasarían, pero allí estaba la estólida barrera de cemento que separaba ambos carriles, y que impedía efectivamente el paso de su vieja y pesada bicicleta con su canasto cargado de huevos delante del manillar. Dejó pasar todavía unas semanas más; se convenció de que ya definitivamente nadie circulaba por ahí la víspera de Santa Rosa, cuando notó por primera vez los pastos asomando entre las juntas del asfalto. También ese día tomó la decisión. Cuando volvió del pueblo, traía en el canasto una maza de cinco kilos de mango largo. Esa tarde empezaron a escucharse los golpes, sordos y rítmicos, espantando los teros. ¿Habrá sido el último esfuerzo exigido a ese castigado cuerpo? ¿O preferimos creer en el destino y la hora señalada? Yo permanezco agnóstico. Los hechos son que la barrera de cemento quedó destruida en un ancho de tres o cuatro metros, y que Hilario volvió al rancho ya caído el sol, se tomó una sopa y se acostó para nunca levantarse.

Lo encontró Gómez, dos días después, decía el viejo. Aparte del muchacho que estaba antes, se habían acercado a escucharlo una pareja y dos pibes más. Cuando Hilario no fue al pueblo al otro día, y era un buen día, Gómez se inquietó. En años y años, Hilario nunca faltaba. Al otro día tampoco fue y ahí sí Gómez consultó con el delegado y se fue hasta el rancho. Vio lo que Hilario había hecho ya desde lejos, el perfil de la autopista cortado como una dentellada resaltaba contra el horizonte. Evitó irse hasta el puente y cruzó directamente por ahí. Lo encontró como ya dije, como durmiendo, seco y enjuto y con el rostro apacible y casi feliz. Avisó luego que el camino a la laguna y el campito y la arboleda estaba despejado, y desde entonces le decimos el Cruce Hilario. Sí, algo había escuchado, dijo uno de los recién llegados, bueno vamos ya está empezando, dijo otro y se fueron para el campito. El viejo y el muchacho se incorporaron y fueron también. Uno de los panfletos se cayó y se fue, llevado por el viento, dando vueltas entre las piernas de alguien, esquivando en una voluta los rayos de una rueda, pasó por la abertura de la pared de cemento y se perdió en el campo, más allá. Arriba, los primeros barriletes ya se recortaban contra el celeste y las nubes.


Juanro, Octubre 2009

viernes, septiembre 25

TELITA III: Mosca Tam Tam, por Moscabrava

El señor Moscabrava, amigo, podentarista*, telitero de ley, me escribió lojotrodias un mail de este tenor:
"Puedo faltar al laburo (de hecho lo hago a menudo)
Puedo faltar a la fiesta (pasé a la una de la mañana por la puerta del gabaakultural pero venía mal arreado desde un velorio y no me animé a entrar)
Puedo faltar el respeto (a veces se me ha ido la mano)
Pero no puedo faltar al telita.**
Así que me hago presente con esta canción íntima (tan íntima que dudo que se entienda), pero es sentida y cumple con las normas impuestas."

Y así con esta sencilla y clara presentación, arrimó al taller su canción:


MOSCA TAM-TAM

Dudando de una histórica victoria en la segunda oportunidad

mantenían la tensión. A la sombra los insectos se burlaban de sus excusas y

los empujaban infructuosamente a desnudar el proyecto.


Como tributo a aquella cautela

no tienes más invitaciones mías para rechazar.


Es un tormento de Santa Rosa, si es que existen,

rehuir constantemente la vista de la televisión de mi ventana, a más de ochenta metros del nivel del río,

por la sentida omnipresencia del aislado sendero,

camino imposible de una pareja improbable,

en la reserva que ni de treinta indígenas, ¡qué digo! ni de uno, se compone.


Moscabrava, Septiembre 2009


* n/c
** aprendan, eso es un caballero

sábado, septiembre 19

Deja vu!

En pleno apogeo del TELITA 3, sorpresivamente nos llega un nuevo aporte, pero ¡para el TELITA 2!


Quien tan animosamente hace esta especie de viaje al pasado es el podentarista* Agente Smith. Pero no es un viaje al pasado, porque él sabe, todos deberían saber y por si no lo saben lo aclaro acá mismo, que los talleres estos no caducan nunca. Se van agregando consignas, independientes, uno va y elige la que quiere.
Respecto de su trabajo, el Agente nos dice: "no puedo decir que sea enteramente mío porque me inspiré en un cuento que leí cuando era chico y no puedo recordar al autor, quizás alguien se acuerda".

La consigna del TELITA 2 era la ya muy conocida "Cabezón, cebate un mate". Vean lo que hizo el Agente con ella:

El viaje

- A ver, Antonia, alcanzame la camisa limpia. Y el pañuelo. Se va haciendo la hora ´e dirme.

La mujer le entregó la ropa en silencio, se movía despacio en el interior del rancho mientras la luz que se filtraba por las maderas le dibujaba sombras en la espalda.

-Alcanzame un poco de agua y decile al Luis que venga a saludarme, que ya me voy.

Corrió la tela que cubría la puerta, afuera esperaban los hijos, de pie abajo del sauce.

-Se va, les dijo.

El varón entró y se quedó mirando el suelo, pasando el peso de una pierna a la otra.

-Bueno, Luis, ya sabés, me tengo que ir. Ya sé que las cosas no son como a vos te hubiera gustado pero no me puedo quedar. Te encargo que cuides a tu mama y a tu hermana, ya sos casi un hombre y sé que te vas a ocupar.

La cara del muchacho no ocultaba la bronca, pero los labios apretados no permitieron salir las palabras.

-No me decís nada? Es que sos muy cachorro todavía para entender.

Ahora no seas cabezón, cebate un mate, pensalo bien, ya se te va a pasar.

El silencio se impuso entre los dos. El mechón mojado en la frente del muchacho acompañaba el vaivén del cuerpo. Sin decidirse a salir, con la mirada fija en sus alpargatas, no se atrevía a mirar al hombre que se acomodaba el pañuelo en el cuello y se aprestaba para partir.

-Bueno, ya está... Y que me vaya lindo! ¿no?, dijo el padre.

El muchacho salió apretando los puños, afuera la madre y la hermana lo miraron ansiosamente.

-Se va, dijo con rabia.

La hija entró lentamente, como estirando el tiempo. Parada en la puerta, los reflejos del río iluminaron las trenzas renegridas que enmarcaban la palidez de su rostro.

-Ah, m´hijita, ya sabés, me estoy yendo. De vos no me puedo quejar, siempre me diste alegrías, así que espero que sigás así. A lo mejor me das el gusto y seguís para maestra, la cabeza te dá, tenés que tenerte confianza, ya vas a ver. Vení, no llorés, dame un beso y llamala a tu mama.

La mujer entró, se acercó como con miedo.

-Antonia, llegó la hora de dirme. No tengo reproches para vos, siempre fuiste una buena mujer. Fuiste todo lo que quería en mi compañera, mi china querendona, siempre te quise, te voy a estrañar.

La mujer se abrazó al hombre, con la cara mojada contra la camisa planchada, tomándole la mano.

-No Rosendo, no te me vayas!, tanto tiempo juntos, qué va a ser de mí acá solita...

Pero no tuvo respuesta. La mano cayó sin ruido sobre la manta. En la cama los ojos del hombre quedaron para siempre fijos en el techo.

Arrastrando los pies salió y se quedó mirando la corriente imparable del río.

-Se fue, dijo.

Agente Smith, Septiembre 2009


* no jodamos

martes, septiembre 15

TELITA III: Sin ella, por LaLeJaNdRa

Luego de la onírica incursión de Matías Frey, que dejó a los podentaristas* en estado de shock (sí, queridos, es hora de aceptarlo: existe la vida fuera de la secta), estos arremeten nuevamente, pero esta vez lanzando al ruedo a uno de sus más nuevos integrantes.


Así es que se arrima al Telita una alegre cordobesa, portadora de amplia sonrisa, buena bebedora y mejor cantante, recientemente licenciada en Comunicación Social y co-autora del blog Galaxia de Camarones, con un relato que me resultó especialmente conmovedor, porque, según supe, está delineado a partir de experiencias personales.

Bienvengan a LaLeJaNdRa. Aquí, su aporte:

Sin ella

Ella vino y le dijo en la cara, sin miramientos: “No tienes más invitaciones. Se agotaron para ti. Ya no podrás estar conmigo. Así que adiós”.

En cierto punto no le sorprendió demasiado. Ya venía percibiendo todo eso, pero no por sutilezas, sino por simples y llanas ausencias.

A decir verdad se conocían desde la infancia y habían compartido algunos momentos, pero efímeros, lúdicos, tiernos como cachorritos. No podría decirse que, en ese entonces, alguien lo notara. Lo importante empezó a los dieciséis. Ya había superado las incomodidades de la adolescencia, de formar una pareja medio idiota de besos escondidos y pocas palabras, de no saber lo que uno quiere y quererlo ya. El futuro se presentaba verde y fresco.

En algún momento de aquel verano, entre libros y canciones heredadas de los primos, ella apareció. Primero le generó cosquilleos en la panza, luego en el corazón. La cabeza fue lo último en reaccionar.

Al principio se presentaba por las tardes, en público. Eran un clásico los domingos en la plaza, con mates de por medio, la gente del cole, la guitarra. Y el canto, el canto limpio antes de que el call center le hiciera estragos en las cuerdas y el nódulo se instalara para siempre. Pero eso pasó muchos años después. En esos instantes sólo estaban la viola, la voz clara, el ocasional y amateur cigarrillo.

Pero luego ella empezó a colarse por las noches, cuando los ruidos dejaban de salir de la televisión y se escrituraban, se dibujaban, se pintaban o se leían. Vívían en un universo aislado de estrellas que iluminaban más fuerte. Aparecía casi siempre a medianoche y mientras la esperaba, los dedos de las manos y sus ojos y sus sienes latían como 30 indígenas bailando un son montuno en los oídos. Inevitablemente sobrevenían las madrugadas de ingenio, de palabras inventadas, de placer neurocordistante y de tributo a las pequeñas muertes.

Así pasaron algunos años. Y, como suele suceder, los tiempos mejores quedaron en esas manías juveniles. Sabía que no podía convocarla todas las noches; la facultad era un proyecto nuevo y había que prestarle atención. Ésas fueron las primeras vacaciones sin ella. En Santa Rosa de Calamuchita había mucho río, mucho fernet o cerveza, mucha carpa y mucha noche artificial como para entumecerse un poco, y olvidar.

Luego llegó el trabajo, porque el estudio no pagaba los gustos que quería darse y darle a ella. Le compró lindos y nuevos juguetes para que hiciera lo que se le antojara, pero ya no era lo mismo.

Y las noches se hicieron más solitarias. Ella venía de vez en cuando, y no siempre con la mejor predisposición. Por esa época sucedió lo del nódulo. Carpeta médica, una rehabilitación de nunca acabar, y el estrés propio de quien pasa por un túnel de silencios, con los dientes apretados y la impotencia de no poder echar la voz afuera.

El nódulo le cambió la vida de un momento doloroso para el otro. Dudaba que las cosas volvieran a ser como antes. Pero le puso ganas y con el tiempo le ofrecieron la famosa indemnización. Todos exclamaban que había sido una histórica victoria, dado que muy pocas personas habían obtenido el beneficio monetario ante el mismo problema. Pero ahí estaba la cuestión: “¿Ahora todo se reducía a ver cuánto metálico podías succionarle a una aseguradora?”.

Ella también se dio cuenta de eso porque los momentos de tensión, a la sombra del dinero, se hicieron más y más concretos, más palpables. Y así fue que un día no apareció más, tragada por la tierra. O tentada por alguien más.

No tuvo muchas noticias de sus andanzas. En el éxito de algunos colegas veía un coletazo de lo que ella podía ofrecerles. Pero nunca les preguntó. Hay cosas que mejor dejarlas así.

Hasta que llegó ese día en que la llamó por su nombre porque sintió –demasiado brusco- el vacío que le estaba dejando. Y fue cuando ella vino y le dijo en la cara, sin miramientos: “No tienes más invitaciones. Se agotaron para ti. Ya no podrás estar conmigo. Así que adiós”.

Y eso fue todo. Había tenido una segunda oportunidad, una tercera, una cuarta. Pero ella se lo dejó muy claro: se habían agotado las chances de visitarse. De ahora en adelante, ella prefería dejarla sola, con su voz cascada y los dedos aturdidos. Dejarla sola, sin ella. Su Inspiración.


Lalejandra, Septiembre 2009.


* ¿Me estás gastando?

viernes, septiembre 11

TELITA III: Memento

Ni vean la grata sorpresa que significó encontrar en mi casilla de correo un mensaje de un... digamos podentarista* amateur, esto es, un comentarista del blog de Podeti, sí, pero que titubea, no abraza abiertamente a sus congéneres, todavía duda en ingresar y ser parte de la maf... magnífica y alegre comunidad que es el podentariado**.

Hasta ahora limitábase a comentar. Hasta ahora. Porque venciendo su timidez ha dado un paso más hacia nosotros, bien que dando un rodeo (no llenó los formularios todavía, ni sacó turno para el psicofísico). Y este paso ha sido ni más ni menos que responder a la convocatoria del TELITA, declarando "me gustaría participar sobre todo para recibir algún comentario complaciente o alguna crítica constructiva", y luego de toda suerte de elogios a este blog que me han hecho envanecer como una colegiala piropeada, nos manda un texto al que él describe como "ni cuento ni parábola, más bien unos párrafos caídos de mi teclado mientras estoy laburando".

Amigos lectores, démosle la bienvenida a Lucas, alias Memento.


Empieza con Claudia, en su cuarto, ahora aislado. Hace unas horas que está sola. Sentada en el acolchado tirado en el piso y usando la cama de respaldo, mirando la televisión y a la vez con el rabillo del ojo contemplando la ventana que despejada da al horizonte. En el fondo la tormenta, una montaña gris con el contorno de un furioso color naranja que confunde, como si el sol se asomara por detrás. Claudia sabe que es imposible, por la hora, y piensa en su abuela y piensa en Santa Rosa. Fantasea con la vuelta a la infancia, una vuelta a la inocencia que tan bien le vendría. Jugar entre los perros y los amigos sin preocuparse porque se puso el sol, porque la esquina está oscura, porque a esa hora no termina y no empieza ningún día.

En la película una pareja se besa bajo la lluvia, él le pide una segunda oportunidad y a Claudia eso le causa gracia. Piensa en el proyecto que tenían, en la maldita complejidad de las cosas, en las ganas que tiene de hundirse en el acolchado.

Unos meses después, en la calcinante tarde del pueblo, Jorge está sentado en un banco de plaza. Lee un párrafo que habla de la histórica victoria del mayor Miguel Vidal y mientras madura la tensión del texto a la sombra de un jacarandá, se va sumiendo en un sueño rojo. Sus manos ensangrentadas no quieren limpiarse, mira alrededor y entre los toldos hay treinta indígenas muertos, hombres y mujeres boca abajo, cubiertos por un arena fina que no quiere aplacarse, no sabe cómo sabe que son treinta pero el horror lo golpea cuando entre los muertos la reconoce a ella. Quiere gritar, pero despierta con el sol en la cara. Cuando llega a la pensión y abre la puerta, el calor concentrado bajo el techo de chapa lo recibe con un cachetazo. Enciende el ventilador y lo apunta a la cama, abre una cerveza y brinda como tributo al viento y al alivio. Aburrido mira el televisor sin mirar.

En la película una pareja se besa bajo la lluvia, él le pide una segunda oportunidad y a Jorge eso le causa gracia. Piensa en el proyecto que tenían, en la maldita complejidad de las cosas, en las ganas que tiene de hundirse en la cama.

Y aunque el destino no tiene más invitaciones, unos años después se reencuentran. No llueve y está bien. Esa calle tibia está del otro lado de la tormenta y más acá del sol calcinante. Parados uno frente a otro, se ríen de las causalidades.


Memento, Septiembre 2009

* Basta

** Dije: Basta

jueves, septiembre 10

TELITA III: No tienes más invitaciones, Amanda. Por Eva

Es ahora el turno de la querida Eva*, autora del blog Cosas que pasan, podentarista** y otra de las asiduas participantes de los Telita. Nos sorprendió oportunamente con Amor, su primer aporte al Telita II, y nos deleitó luego con su segundo aporte, Ilusiones .


La de Eva es una de las participaciones más esperadas del taller, así que no los entretengo más. Disfruten de su relato:



No tienes más invitaciones, Amanda.

El proyecto era simple: agarrar la topadora y arrasar con todo lo que hubiera en el lugar donde estaba el pequeño poblado de lugareños que había en el norte, donde, a lo sumo, unos treinta indígenas vivían sin respetar las leyes que manda la etiqueta y la religión.

Doña Amanda era estricta. En su campo se podía vivir, siempre y cuando se casara uno por iglesia y no tuviera más de una mujer.

Hacía rato que venía insistiendo con el tema a su marido, el Patrón, pero él la ignoraba como ignoraba todo lo que lo rodeaba, excluyendo su hacienda y sus plantaciones, y alguna que otra actividad que lo entretenía en los largos meses del campo.

Había accedido al pedido de Amanda porque, según él recordaba, esta era la segunda oportunidad en la que ella insistía tanto con un asunto. La primera había sido una disputa sin importancia por unos caballos con el dueño de la estancia vecina. Amanda reclamaba una tropilla que, decía, había ido a parar al otro lado del alambrado quién sabe cómo. Había que reconocerle su gran memoria, identificaba a todos los caballos de la estancia, eran su especial debilidad. Como no tenían hijos, prácticamente dedicaba su vida a cuidarlos. Así que aquella vez el Patrón había ido a hablar con el vecino, y había recuperado la tropilla. Un episodio aislado en su rutinaria vida, Amanda no solía interferir en los asuntos de la estancia.

Ahora, después de escuchar interminables súplicas, había accedido a echar de su campo a esos “indecentes”, según el decir de su esposa. También había pensado que, complaciendo a su mujer, podría recuperar unas cuantas hectáreas del campo, justo dónde estaba la laguna, y podría ir a pescar sin las inoportunas miradas de la gente que lo veía pasar y casi lo veneraba.

Amanda había venido a saber por medio de la mujer del capataz que los indígenas no respetaban las leyes de Dios. O al menos no las del Dios de Amanda. Los habían visto una vez rezando a la Virgen de Santa Rosa, y eso había apaciguado un poco el ánimo de Amanda, pero también era sabido que convivían sin estar unidos por la Santa Iglesia Católica, y eso era algo que no podía tolerar.

El Patrón fue al pueblo y alquiló una topadora.

Unos días antes, el capataz fue el encargado de avisarles a los indígenas que debían irse, so pena de morir aplastados en sus ranchos de adobe.

Sobra decir que la noticia no tuvo una buena acogida entre la pequeña población. Las mujeres lloraban, desesperadas; una semana es muy poco tiempo para buscarse una casa.

Los hombres, más drásticos, agarraron las escopetas y fueron a hablar con el Patrón.

Lo encontraron sentado mirando la televisión, aburrido en su living, solo.

El Patrón los vio venir pero no se movió. Tenía años de campo, y sabía que las cosas se arreglaban con distancia y frialdad.

Los dejó llegar hasta la galería y se levantó, con la mirada pétrea. Escuchó las razones de los hombres, y con la voz grave y pausada respondió: “Ahí tienen la capilla. Arreglen sus asuntos y se quedan, no los arreglan y se van”.

Los hombres no estaban dispuestos a escuchar sermones. Volvieron a exponer sus razones, por demás justas, pero esta vez un poco más violentamente, con algún grito e insultos de por medio.

El Patrón no se inmutó. Les dio la espalda tranquilamente y volvió a sentarse en su sillón, sin responderles siquiera. Ya había dicho lo que tenía que decir, no iban a venir a decirle a él qué era lo que tenía que hacer en sus tierras, ni estos hombres con escopetas, ni nadie.

No era por Amanda que se mantenía tan firme, sino porque no le gustaba que contrariaran su voluntad.

Los hombres se quedaron en la galería, con las escopetas en la mano, sin saber qué hacer. Se miraban sin hablar, esperaban al capataz que no llegaba, aunque no sabían para qué lo esperaban, adivinaban esa espera inútil.

No podían volver sin respuesta a sus mujeres e hijos. Mejor dicho, no podían volver con esa respuesta. Se sentían humillados, aunque ciertamente no analizaban este sentimiento, simplemente sentían que la tensión a la sombra de la galería crecía cada vez más y que algo tenían que hacer.

Una pareja de hombres que estaba cerca de la ventana tomó una mesa de madera que había en la galería y la tiró contra la pared, haciendo mucho ruido y despedazándola.

El Patrón se sobresaltó, llamó con un grito al capataz y se acercó a la galería.

Los hombres lo miraban con furia, con odio, con ira. Uno de ellos, el más viejo, tomó una pata de la mesa que acababan de romper y dijo solemnemente: “Un tributo a mis ancestros”, y le pegó al Patrón un fuerte golpe en la cabeza. A ese golpe siguieron muchos, la sangrienta muerte ya estaba definida.

El capataz llegó tarde. Amanda, volviendo de su misa, se encontró con los hombres que llevaban al Patrón hacia el caserío, como un trofeo, como un recuerdo de la histórica victoria de los débiles sobre el fuerte, de los pobres sobre el rico, de los indios sobre el blanco.

Amanda lloró. Ciertamente sintió remordimiento, pero más lloró de bronca. El llanto de Amanda no conmovió a nadie. Vivió y murió sola, en su gran estancia despoblada.

Eva, Septiembre 2009



* esposa del señor Juanro
** no lo explico más.