¡Mi turno!
“Custodian unos 30 indígenas lencas la embajada de Venezuela en Honduras”, dicen en la televisión. Lo que dicen no tiene sentido para mí. A pesar de haber vivido casi la totalidad de mi vida entre esta gente, apenas comprendo algunas pocas palabras de su lengua, y ni una podría repetir. Soy, en cambio, muy preciso interpretando sus emociones. Esta mujer con la que vivo, por ejemplo. No ha hablado, no cambió el ritmo ni la postura al escribir, pero sé que ha sentido simpatía al oir indígenas, y desazón cuando escuchó Honduras. Y lo ha sentido en un grado tan sutil que es posible que ni se haya percatado de esas emociones suyas. Yo sí. Sus emociones son fosforescencias extravagantes para mí, imposible no percibirlas, aunque no podría compartirlas, casi nunca. Vibramos a niveles diferentes. Sin embargo, en todos estos años hemos llegado a comprendernos bastante bien. Mejor que con los de mi clase, de alguna forma. Porque no soy el único de mi clase, entre esta gente, aunque sí fui el primero en llegar. Durante un tiempo creí que era único, y cuando empezaron a aparecer los demás, descubrir que había más como yo me enfervorizó. Y aunque nunca tuve un proyecto de vida concreto, llegué a tener pareja e hijos. Muchos. Entre los míos es común tener muchos hijos. La mayoría de ellos se fueron, sólo unos pocos quedaron acá. Pero eso fue hace mucho. Un día algo ocurrió, y pronto perdí todo interés en seguir trayendo hijos al mundo. Mejor, porque en poco tiempo a todos nosotros nos fue pasando lo mismo, y no hubo una segunda oportunidad. Hoy soy perfectamente incapaz de reconocer cuáles de los que viven acá son hijos míos y cuáles no. No nos importa, ni a mí ni a ellos. A ellos les importo menos que cualquiera, porque soy viejo. Hubo una época en que yo tenía derecho a la primer comida, al mejor lugar. Los míos me reconocían ese derecho porque yo era el más fuerte. Ahora, soy el último en acercarme a la comida; si lo hago antes, los otros me echan. Cualquier jovencito es más fuerte que yo, o será que ya no me interesa pelear. No hace mucho, el más joven de nosotros se puso especialmente insidioso conmigo. No sé por qué. Esas cosas pasan. Sentí miedo. Mi vida es sencilla, vida de viejo, y quizás por eso la aprecio más. Así que durante un tiempo me la pasé escondiéndome, vigilando, en permanente tensión, a la sombra –por decirlo de alguna manera- de la mujer con la que vivo. No quería pelear. ¿Qué habría conseguido, salvo, con mucha suerte, una histórica victoria que no duraría en nuestra memoria más que unos minutos? Así que desde entonces prefiero mantenerme casi siempre aislado. De todas maneras, el otro dejó de molestarme. Supongo que su insidia había sido la forma de invitarme a volver a ser “alguien” entre ellos. Pero se cansó de esperarme. Ahora me mira con aburrimiento, igual que todos. Como diciendo “no tienes más invitaciones, viejo”. No me importa. Así somos nosotros. No le rendimos tributo a nadie durante mucho tiempo.
Está haciendo calor en estos días. Me gusta el calor, a todos nosotros nos gusta, más a medida que envejecemos. A la mujer con la que vivo también le gusta, pero hoy la escuché decir que no va a durar. “Se viene la tormenta de Santa Rosa”, dijo cuando el cielo se puso negro. No sé qué es Santa Rosa, sí sé lo que son las tormentas. Me aterran, no lo puedo evitar. Me le acerqué, con mucho cuidado, porque yo siempre fui cuidadoso. Ella me sonrió y me acarició, “qué pasa, amigo” me dijo. Y dejó que me acurrucara en su falda. No hay lugar mejor, para este viejo.