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lunes, noviembre 2

El ganador de octubre

Con una amplia mayoría de votos, este mes se lleva el premio el señor Juanro, por su excelente Cruce Hilario.


Si todo va bien, se hará entrega del premio de octubre este próximo jueves. Eso si consigo decidirme, porque estoy indecisa, ¿este premio o este otro?, si le doy este premio se lo puede llevar enseguida, si le doy este otro no sé cómo va a hacer para trasladarlo, y así. Bueh capaz le doy los dos y que se arregle, no sé, no sé. Vamos a ver. Por lo pronto algo se va a llevar, porque este es un blog de palabra y si yo digo que hay premio, hay premio.

Por último, no puedo dejar de mencionar a la otra participante de octubre, nuestra amiga y próximamente autoexiliada Rubia, y quien, a pesar de no haber resultado la electa de la mayoría, igual se va a llevar un premio, porque se me canta y porque me siento agradecida de que se haya tomado con tanto entusiasmo este Telita.

Y de nuevo, gracias a todos, por participar, por votar, por leer. Seguimos abiertos a recibir Telitas eh, délen padelante nomás!

martes, octubre 6

TELITA III: Cruce Hilario, por Juanro

Largamos con el primer telita de octubre, es el turno del señor Juanro, músico, bloggero, marido de la señora eva, y sí, bueh, digámoslo, podentarista también él. Recordarán los asiduos su brillante participación en el TelitaII, El Profesional. No se queda atrás esta vez. Me encanta este relato. Disfrútenlo:


Cruce Hilario


¿No tenés más invitaciones? Creo que no. El viejo rebuscó en el morral. No, las repartí todas, ¿vos? Sí, me quedaron algunas, pero pocas. El muchacho sacó del canasto de la bicicleta un rollo de papeles, impresos aparentemente a mimeógrafo. "Gran barrileteada conmemorativa" era el título, seguido de un dibujo de unos barriletes perfilados sobre unas nubes, y debajo "domingo 27, en el Cruce Hilario". ¿Va a venir bastante gente, no? dijo, mientras miraba el panfleto. Yo creo que sí, dijo el otro, cambiando de nalga el peso del cuerpo, sentado, mejor dicho apoyado sobre la división central de cemento de la autopista. El sol, generoso, rendía tributo al verano y calcinaba el asfalto resquebrajado y los pastos que amarilleaban entre las grietas. El silencio era intenso, pero no absoluto. Un silencio de civilización, pero jalonado de sonidos, la respiración de ambos, lenta bajo los ceños fruncidos para amortiguar la resolana, el runrun de la brisa en los oídos y el swish sobre los pastos, algún pájaro lejano, alguna chicharra. Allá para el lado del pueblo ya se veía venir otra gente, la mayoría como los dos que ya estaban ahí charlando, en bicicleta. ¿Sabés por qué este lugar se llama Cruce Hilario? preguntó el viejo, con la voz un tanto opaca por el cigarrillo que se había metido entre los labios, al tiempo que se daba vuelta para ponerse de espaldas al viento y haciendo reparo con la mano, lo encendía. No, dijo el muchacho. Calando con satisfacción y exhalando la primera bocanada de humo, el viejo empezó a contar. Tenían un rato todavía.

Eso era de Antes. Aún antes, cuando la autopista no estaba, Hilario ya vivía en el rancho, ese que ahora es apenas unos restos asomando al costado de los árboles, trescientos o cuatrocientos metros más allá. Un poco más lejos, la laguna, y luego, el campo que llamaban "de los treinta indígenas", por algún antiguo y olvidado malón; o quizás por la frondosa imaginación de algún lugareño. Esas certezas se pierden con el tiempo. El asunto es que ahí vivía Hilario, eternamente viejo según lo recordaban todos, con sus gallinas y sus chanchos, su rostro curtido y rojizo como cuero viejo, su pelo extrañamente abundante y renegrido pese a sus muchos años. Todas las mañanas religiosamente cargaba en el canasto de la bicicleta un par de docenas de huevos y se iba al pueblo a vendérselos a Gómez, del almacén. Hacía luego ocasionalmente alguna compra, yerba o cigarrillos, quizás se sentaba un rato en el bar a tomar una grapa y saludar a la gente que pasaba, mientras en un costado la televisión aburría con sus noticias de un mundo que trascurría a unos cientos de kilómetros de allí, pero parecía mucho más lejano. Luego se volvía a su rancho a atender los animales, dormir la siesta, remover el suelo y sacar un poco las malezas en la exigua huerta que tenía atrás, y finalmente a dormir. Sus días no tenían fin, ni semana, ni desvío. Salvo que lloviera mucho, en cuyo caso no iba al pueblo y se quedaba bajo el alero, tomando unos mates y trenzando algún tiento o tallando un palo, los ojos siempre melancólicos pero no tristes, resbalando sobre el agua que caía.

Hasta que un día esa misma tele que nadie miraba ni apagaba nunca, anunció la llegada de la autopista, y el mundo tan lejano vino a entrometerse en la vida del pueblo. No mucho, es cierto: la autovía de dos carriles por lado no tenía prevista en las inmediaciones ninguna bajada. Al pueblo se seguía accediendo por la ruta vieja, que venía por el otro lado. Al que sí lo jodió fue a Hilario, claro. La traza vino a pasar, cosas de la topografía, haciendo un chanfle entre la laguna y el pueblo. Lento y manso, aunque no indolente, un día vio llegar las máquinas, cuando salía pedaleando con ese ritmo tan suyo que parecía a punto de detenerse del todo y caer de lado a cada instante, por el sendero que los años habían marcado entre el pasto. Llegó hasta el reciente obrador, y se quedó mirando un rato. Nadie le prestó atención, así que fue y habló con uno, mayor y más gordo que los demás, debía ser el capataz. El tipo, amable al fin y al cabo, le explicó de qué se trataba. Sí, una autopista, sí, el proyecto iba a concretarse en menos de dos meses, ¿puente? ¿para quién? No, don, acá no. Hilario se fue. Días después reclamó en el pueblo, con el delegado municipal (intendente no había). En fin, nunca le dieron pelota, no me refiero al pueblo, donde efectivamente lo apreciaban, pero imaginate, el reclamo de un cuasi indigente rural que vivía aislado en el culo del mundo con sus gallinas y algunos chanchos no iba a frenar ni desviar la cosa ni un milímetro. Hilario, como tantas otras veces en su vida, se resignó. La autopista estuvo eventualmente terminada y él, en lugar de pedalear apenas dos o tres kilómetros, tenía que alejarse casi seis hacia el oeste, hasta donde la autopista hacía un desvío y se acercaba un poco más al borde de la laguna. Allí había un puente, no para él si no para pasar sobre el arroyito, y por ahí abajo, entre la pared de cemento oscuro y chorreante de humedad y el barro de la orilla, cruzaba. Sobre él, los autos, ciegos y ajenos a todo el asunto, iban y venían. Salía del otro lado y luego volvía, paralelo a la autopista, hasta quedar casi enfrente del rancho, pero del otro lado.

Pasaron los años. Hilario criaba gallinas, y pedaleaba. Aunque sus fuerzas menguaban, aún no se agotaban. En otra escala, lo mismo se podía decir del mundo. Un día por la tele, dijeron que el petróleo se estaba acabando. El Hombre tenía una segunda oportunidad, decían algunos, la Humanidad está condenada, decían otros. Como siempre nadie tuvo razón, condenados ya estábamos de antes y para oportunidades, ya se ve, hemos perdido la cuenta hace rato. A todo uno se acostumbra; a la falta de petróleo, también. Los autos, veloces objetos de deseo, un día dejaron de correr. No todos, claro, hubo un tiempo, un margen para la diferenciación del que puede del que no. Pero la cantidad bajó drásticamente y mantener una autopista ya no fue rentable. El sonido del caucho sobre el macadam fue remitiendo hasta desaparecer. Hilario miraba un día, su rostro como siempre relajado, sin asomo de tensión, a la sombra del alero, la silenciosa autopista, y cayó en la cuenta de que su hipotética histórica victoria no era tal. Autos no pasarían, pero allí estaba la estólida barrera de cemento que separaba ambos carriles, y que impedía efectivamente el paso de su vieja y pesada bicicleta con su canasto cargado de huevos delante del manillar. Dejó pasar todavía unas semanas más; se convenció de que ya definitivamente nadie circulaba por ahí la víspera de Santa Rosa, cuando notó por primera vez los pastos asomando entre las juntas del asfalto. También ese día tomó la decisión. Cuando volvió del pueblo, traía en el canasto una maza de cinco kilos de mango largo. Esa tarde empezaron a escucharse los golpes, sordos y rítmicos, espantando los teros. ¿Habrá sido el último esfuerzo exigido a ese castigado cuerpo? ¿O preferimos creer en el destino y la hora señalada? Yo permanezco agnóstico. Los hechos son que la barrera de cemento quedó destruida en un ancho de tres o cuatro metros, y que Hilario volvió al rancho ya caído el sol, se tomó una sopa y se acostó para nunca levantarse.

Lo encontró Gómez, dos días después, decía el viejo. Aparte del muchacho que estaba antes, se habían acercado a escucharlo una pareja y dos pibes más. Cuando Hilario no fue al pueblo al otro día, y era un buen día, Gómez se inquietó. En años y años, Hilario nunca faltaba. Al otro día tampoco fue y ahí sí Gómez consultó con el delegado y se fue hasta el rancho. Vio lo que Hilario había hecho ya desde lejos, el perfil de la autopista cortado como una dentellada resaltaba contra el horizonte. Evitó irse hasta el puente y cruzó directamente por ahí. Lo encontró como ya dije, como durmiendo, seco y enjuto y con el rostro apacible y casi feliz. Avisó luego que el camino a la laguna y el campito y la arboleda estaba despejado, y desde entonces le decimos el Cruce Hilario. Sí, algo había escuchado, dijo uno de los recién llegados, bueno vamos ya está empezando, dijo otro y se fueron para el campito. El viejo y el muchacho se incorporaron y fueron también. Uno de los panfletos se cayó y se fue, llevado por el viento, dando vueltas entre las piernas de alguien, esquivando en una voluta los rayos de una rueda, pasó por la abertura de la pared de cemento y se perdió en el campo, más allá. Arriba, los primeros barriletes ya se recortaban contra el celeste y las nubes.


Juanro, Octubre 2009

jueves, mayo 29

T.E.LIT:A.II Profesional

Desde el podentariazgo siguen llegando aportes, vamos todavía!
En esta ocasión, es el señor JuanRo quien nos honra aportando al T.E.LIT.A. un singular relato de su autoría. Gracias JuanRo! Aquí, para todos:


El Profesional

El último recuerdo que tengo de antes de aquella vez es un flash, una luz. Creo que perdí el sentido antes de llegar a percibir el mero sonido de la explosión. Luego, difusos, me llegan algunos gritos, ulular de sirenas. Alguien me pregunta algo pero a mi no me importa. Luego está el túnel, la oscuridad. Y al final, el volver en mi en el hospital. Esa fue la bomba en la puerta del colegio, y esa vez me tocó a mí estar cerca. Pero fue de pedo; no era para mí. Yo fui apenas, un daño colateral. Los tipos se querían cargar al brigadier M…. pero, viste como son los inexpertos, un trabajo chapucero y detonó cuando el auto iba sólo con el chofer y justo la mala leche de que pasaba por la puerta de la escuela. Así es como se crea la mala prensa; movidas burdas, trabajos mal hechos, a lo bruto. ¡Dónde quedó la hombría y la precisión de un Radowitzky corriendo con el caño con la mecha encendida tras el carruaje del miserable Falcón! En fin. La cuestión es que las heridas sanaron, casi ni marcas tengo; pero los muertos, esos por supuesto no volvieron. Aunque si me pongo en cínico, te puedo decir, los muertos que importan, al cabo de un tiempo de todo nos olvidamos y seguimos con nuestras vidas. Lo que importa es EL muerto, el destinatario. Yo, cuando tuve que hacer lo mío, y te digo que fueron varias veces, nunca me puse a pensar en eso, en las consecuencias. ¡Qué me importan a mí esas cosas! Yo estoy más allá; yo sólo veo el motivo. Si el tipo amerita o no amerita. O al menos eso me creía antes, cuando era joven. Ahora veo, por supuesto, además del motivo, el pago. Por eso cuando me llegó el último pedido, ni lo dudé: el tipo amerita y la paga, más aún. Es un encargo difícil, técnico. La bomba tiene que ser liviana, potente, sumergible, y activada por una serie de condiciones (luz, temperatura, humedad). Trabajo rápido, silbando, contento: sin pensar. Hago lo que tengo que hacer y entrego donde y cuando me dijeron que lo haga. Que va a ocurrir después, ya no me importa. Y esa noche me voy al tugurio, a juntarme con dos o tres colegas. Ellos me entienden. Cada uno en su rubro, pero estamos todos en la misma. Llego, tiro la pilcha sobre la silla, le digo al gordo, cabezón, cebate un mate, y me doy cuenta justo, justo antes, cuando el cabeza abre el termo…


JuanRo, Mayo 2008.