Como pueden ver aquí a la derecha, este domingo concluyeron las votaciones y el electorado del TELITA ha dado su veredicto. Con el 29% de los votos, el premio de septiembre se lo lleva la autora del cuento El abrazo. ¡Mi candidata! ¡Viva!
lunes, octubre 5
El premio de septiembre
miércoles, septiembre 30
A votar, mi amor, vamos a votar mi amorrr
Estamos a fin de mes y tal como se informó oportunamente, llegó la hora de elegir cuál de las participaciones de los teliteros del mes les gustó más. Desde hoy y hasta las 0:00 del 5 de octubre tienen tiempo para ponerse al día si no los leyeron todos, y votar su favorito del mes.
lunes, septiembre 28
TELITA III: El abrazo
Antes de ponerse a leer, se ruega a los amables lectores vestirse de rigurosa etiqueta, porque se cierra el telita de septiembre con un post de gala.
viernes, septiembre 25
TELITA III: Mosca Tam Tam, por Moscabrava
MOSCA TAM-TAM
Dudando de una histórica victoria en la segunda oportunidad
mantenían la tensión. A la sombra los insectos se burlaban de sus excusas y
los empujaban infructuosamente a desnudar el proyecto.
Como tributo a aquella cautela
no tienes más invitaciones mías para rechazar.
Es un tormento de Santa Rosa, si es que existen,
rehuir constantemente la vista de la televisión de mi ventana, a más de ochenta metros del nivel del río,
por la sentida omnipresencia del aislado sendero,
camino imposible de una pareja improbable,
en la reserva que ni de treinta indígenas, ¡qué digo! ni de uno, se compone.
lunes, septiembre 21
TELITA III: Este viejo, por La Maria C
¡Mi turno!
“Custodian unos 30 indígenas lencas la embajada de Venezuela en Honduras”, dicen en la televisión. Lo que dicen no tiene sentido para mí. A pesar de haber vivido casi la totalidad de mi vida entre esta gente, apenas comprendo algunas pocas palabras de su lengua, y ni una podría repetir. Soy, en cambio, muy preciso interpretando sus emociones. Esta mujer con la que vivo, por ejemplo. No ha hablado, no cambió el ritmo ni la postura al escribir, pero sé que ha sentido simpatía al oir indígenas, y desazón cuando escuchó Honduras. Y lo ha sentido en un grado tan sutil que es posible que ni se haya percatado de esas emociones suyas. Yo sí. Sus emociones son fosforescencias extravagantes para mí, imposible no percibirlas, aunque no podría compartirlas, casi nunca. Vibramos a niveles diferentes. Sin embargo, en todos estos años hemos llegado a comprendernos bastante bien. Mejor que con los de mi clase, de alguna forma. Porque no soy el único de mi clase, entre esta gente, aunque sí fui el primero en llegar. Durante un tiempo creí que era único, y cuando empezaron a aparecer los demás, descubrir que había más como yo me enfervorizó. Y aunque nunca tuve un proyecto de vida concreto, llegué a tener pareja e hijos. Muchos. Entre los míos es común tener muchos hijos. La mayoría de ellos se fueron, sólo unos pocos quedaron acá. Pero eso fue hace mucho. Un día algo ocurrió, y pronto perdí todo interés en seguir trayendo hijos al mundo. Mejor, porque en poco tiempo a todos nosotros nos fue pasando lo mismo, y no hubo una segunda oportunidad. Hoy soy perfectamente incapaz de reconocer cuáles de los que viven acá son hijos míos y cuáles no. No nos importa, ni a mí ni a ellos. A ellos les importo menos que cualquiera, porque soy viejo. Hubo una época en que yo tenía derecho a la primer comida, al mejor lugar. Los míos me reconocían ese derecho porque yo era el más fuerte. Ahora, soy el último en acercarme a la comida; si lo hago antes, los otros me echan. Cualquier jovencito es más fuerte que yo, o será que ya no me interesa pelear. No hace mucho, el más joven de nosotros se puso especialmente insidioso conmigo. No sé por qué. Esas cosas pasan. Sentí miedo. Mi vida es sencilla, vida de viejo, y quizás por eso la aprecio más. Así que durante un tiempo me la pasé escondiéndome, vigilando, en permanente tensión, a la sombra –por decirlo de alguna manera- de la mujer con la que vivo. No quería pelear. ¿Qué habría conseguido, salvo, con mucha suerte, una histórica victoria que no duraría en nuestra memoria más que unos minutos? Así que desde entonces prefiero mantenerme casi siempre aislado. De todas maneras, el otro dejó de molestarme. Supongo que su insidia había sido la forma de invitarme a volver a ser “alguien” entre ellos. Pero se cansó de esperarme. Ahora me mira con aburrimiento, igual que todos. Como diciendo “no tienes más invitaciones, viejo”. No me importa. Así somos nosotros. No le rendimos tributo a nadie durante mucho tiempo.
Está haciendo calor en estos días. Me gusta el calor, a todos nosotros nos gusta, más a medida que envejecemos. A la mujer con la que vivo también le gusta, pero hoy la escuché decir que no va a durar. “Se viene la tormenta de Santa Rosa”, dijo cuando el cielo se puso negro. No sé qué es Santa Rosa, sí sé lo que son las tormentas. Me aterran, no lo puedo evitar. Me le acerqué, con mucho cuidado, porque yo siempre fui cuidadoso. Ella me sonrió y me acarició, “qué pasa, amigo” me dijo. Y dejó que me acurrucara en su falda. No hay lugar mejor, para este viejo.
martes, septiembre 15
TELITA III: Sin ella, por LaLeJaNdRa
Luego de la onírica incursión de Matías Frey, que dejó a los podentaristas* en estado de shock (sí, queridos, es hora de aceptarlo: existe la vida fuera de la secta), estos arremeten nuevamente, pero esta vez lanzando al ruedo a uno de sus más nuevos integrantes.
Sin ella
Ella vino y le dijo en la cara, sin miramientos: “No tienes más invitaciones. Se agotaron para ti. Ya no podrás estar conmigo. Así que adiós”.
A decir verdad se conocían desde la infancia y habían compartido algunos momentos, pero efímeros, lúdicos, tiernos como cachorritos. No podría decirse que, en ese entonces, alguien lo notara. Lo importante empezó a los dieciséis. Ya había superado las incomodidades de la adolescencia, de formar una pareja medio idiota de besos escondidos y pocas palabras, de no saber lo que uno quiere y quererlo ya. El futuro se presentaba verde y fresco.
En algún momento de aquel verano, entre libros y canciones heredadas de los primos, ella apareció. Primero le generó cosquilleos en la panza, luego en el corazón. La cabeza fue lo último en reaccionar.
Al principio se presentaba por las tardes, en público. Eran un clásico los domingos en la plaza, con mates de por medio, la gente del cole, la guitarra. Y el canto, el canto limpio antes de que el call center le hiciera estragos en las cuerdas y el nódulo se instalara para siempre. Pero eso pasó muchos años después. En esos instantes sólo estaban la viola, la voz clara, el ocasional y amateur cigarrillo.
Pero luego ella empezó a colarse por las noches, cuando los ruidos dejaban de salir de la televisión y se escrituraban, se dibujaban, se pintaban o se leían. Vívían en un universo aislado de estrellas que iluminaban más fuerte. Aparecía casi siempre a medianoche y mientras la esperaba, los dedos de las manos y sus ojos y sus sienes latían como 30 indígenas bailando un son montuno en los oídos. Inevitablemente sobrevenían las madrugadas de ingenio, de palabras inventadas, de placer neurocordistante y de tributo a las pequeñas muertes.
Así pasaron algunos años. Y, como suele suceder, los tiempos mejores quedaron en esas manías juveniles. Sabía que no podía convocarla todas las noches; la facultad era un proyecto nuevo y había que prestarle atención. Ésas fueron las primeras vacaciones sin ella. En Santa Rosa de Calamuchita había mucho río, mucho fernet o cerveza, mucha carpa y mucha noche artificial como para entumecerse un poco, y olvidar.
Luego llegó el trabajo, porque el estudio no pagaba los gustos que quería darse y darle a ella. Le compró lindos y nuevos juguetes para que hiciera lo que se le antojara, pero ya no era lo mismo.
El nódulo le cambió la vida de un momento doloroso para el otro. Dudaba que las cosas volvieran a ser como antes. Pero le puso ganas y con el tiempo le ofrecieron la famosa indemnización. Todos exclamaban que había sido una histórica victoria, dado que muy pocas personas habían obtenido el beneficio monetario ante el mismo problema. Pero ahí estaba la cuestión: “¿Ahora todo se reducía a ver cuánto metálico podías succionarle a una aseguradora?”.
Lalejandra, Septiembre 2009.
* ¿Me estás gastando?
lunes, septiembre 14
TELITA III: Mi inconsciente preferido, por Matias Frey
Bueno, bueno, ya me estaba preocupando. Pensaba "¿será que la gente cree que este taller es podentarists-only?" Pero llegó Matías Frey, para darme tranquilidad al respecto. No sé y no aclara cómo llegó hasta acá, pero bienvenido sea. En este blog le decimos sí a la diversidad, no a la endogamia. No nos tira mucha data sobre sí mismo, en cambio, sugiere que si queremos saber un poco más, visitemos el blog del que es co-autor, Escritores que no escriben. Yo fui, visité, leí, indagué. Cuando llegué acababa de postear "Las enseñanzas de Castaneda I". ¡Me gustó mucho!
Mi inconsciente preferido
No me acuerdo cómo, pero desperté aislado en el medio del desierto durmiendo en el asiento trasero de un auto. Era mi auto. De eso estaba seguro. Un Gacel verde sin la parrilla delantera. Y sin los espejos retrovisores. Por alguna extraña razón pensé que esto no era una casualidad.
Un dolor de cabeza me acompañaba. Busqué agua, que mi boca me pedía a gritos. En la guantera encontré una petaca de whisky vacía y un cuaderno que tenía escrito en la tapa “Proyecto X” con tinta negra. Empecé a leer.
“Estoy en el desierto. 30 indígenas me rodean. Pueden ser indios yaquis, sioux, diaguitas, querandíes o, por que no, Zumitas. No sé. Nunca fui más lejos en el desierto que a Santa Rosa (y llegué mucho después de Roca). Era una especie de ritual, esos de ayahuasca o peyote. Sé que era parte. O el centro. Eso a veces confunde. La cuestión es que estaba por desaparecer. Como si la vida me diera una segunda oportunidad, abandonar en el desierto al pasado, tener una pareja, un sofá, un trabajo, televisión, heladera y la falta de emoción de la repetición.
En ese instante aparecí en el medio de una cancha de fútbol, empecé a correr y la pelota cayó a mis pies. Todas eran camisetas amarillas que me rodeaban. La pelota sonrió y empezamos a correr. Uno a uno fueron pasando. El arco emergió del verde césped. Golpeé la pelota con todas mis fuerzas y la pelota entró en el ángulo. Corrí para abrazarme con todos, mientras en el cartel luminoso aparecían las palabras “histórica victoria” en letras naranjas que luego se irían borrando hasta transformarse en una extraña bruma del amanecer. Me perdí entre la gente y salí al patio del colegio.
Debería tener siete años. Era el patio semi destruido de una escuela española de la década del ´40. Éramos todos chicos, pero estábamos separados. Como los grandes. Yo estaba sentado a la izquierda. Era el cumpleaños de Franquito. ¿No tienes más invitaciones? le pregunté. “para ti no”. Y ahí me di cuenta que de verdad no quería participar de esa fiesta. De esa y de muchas otras. Cuando abrí los ojos estaba de vuelta en el desierto.
Debajo de un árbol estaban tres mujeres rindiéndole tributo a un ídolo olvidado. Yo estaba muy cansado, con hambre y sobre todo con sed. Las tres mujeres se dieron vuelta. Noté cierta tensión a la sombra de ese árbol, por eso me alejé. La sed seguía. A lo lejos vi un auto verde. Estaba seguro de no saber como había caído ahí. Y de que el viaje iba a seguir. Llegué al lado del auto y vi un hombre durmiendo en el asiento de atrás. Y por un instante deseé ser él."
viernes, septiembre 11
TELITA III: Memento
Empieza con Claudia, en su cuarto, ahora aislado. Hace unas horas que está sola. Sentada en el acolchado tirado en el piso y usando la cama de respaldo, mirando la televisión y a la vez con el rabillo del ojo contemplando la ventana que despejada da al horizonte. En el fondo la tormenta, una montaña gris con el contorno de un furioso color naranja que confunde, como si el sol se asomara por detrás. Claudia sabe que es imposible, por la hora, y piensa en su abuela y piensa en Santa Rosa. Fantasea con la vuelta a la infancia, una vuelta a la inocencia que tan bien le vendría. Jugar entre los perros y los amigos sin preocuparse porque se puso el sol, porque la esquina está oscura, porque a esa hora no termina y no empieza ningún día.
En la película una pareja se besa bajo la lluvia, él le pide una segunda oportunidad y a Claudia eso le causa gracia. Piensa en el proyecto que tenían, en la maldita complejidad de las cosas, en las ganas que tiene de hundirse en el acolchado.
Unos meses después, en la calcinante tarde del pueblo, Jorge está sentado en un banco de plaza. Lee un párrafo que habla de la histórica victoria del mayor Miguel Vidal y mientras madura la tensión del texto a la sombra de un jacarandá, se va sumiendo en un sueño rojo. Sus manos ensangrentadas no quieren limpiarse, mira alrededor y entre los toldos hay treinta indígenas muertos, hombres y mujeres boca abajo, cubiertos por un arena fina que no quiere aplacarse, no sabe cómo sabe que son treinta pero el horror lo golpea cuando entre los muertos la reconoce a ella. Quiere gritar, pero despierta con el sol en la cara. Cuando llega a la pensión y abre la puerta, el calor concentrado bajo el techo de chapa lo recibe con un cachetazo. Enciende el ventilador y lo apunta a la cama, abre una cerveza y brinda como tributo al viento y al alivio. Aburrido mira el televisor sin mirar.
En la película una pareja se besa bajo la lluvia, él le pide una segunda oportunidad y a Jorge eso le causa gracia. Piensa en el proyecto que tenían, en la maldita complejidad de las cosas, en las ganas que tiene de hundirse en la cama.
Y aunque el destino no tiene más invitaciones, unos años después se reencuentran. No llueve y está bien. Esa calle tibia está del otro lado de la tormenta y más acá del sol calcinante. Parados uno frente a otro, se ríen de las causalidades.
Memento, Septiembre 2009
* Basta
** Dije: Basta
jueves, septiembre 10
TELITA III: No tienes más invitaciones, Amanda. Por Eva
Es ahora el turno de la querida Eva*, autora del blog Cosas que pasan, podentarista** y otra de las asiduas participantes de los Telita. Nos sorprendió oportunamente con Amor, su primer aporte al Telita II, y nos deleitó luego con su segundo aporte, Ilusiones .
No tienes más invitaciones, Amanda.
El proyecto era simple: agarrar la topadora y arrasar con todo lo que hubiera en el lugar donde estaba el pequeño poblado de lugareños que había en el norte, donde, a lo sumo, unos treinta indígenas vivían sin respetar las leyes que manda la etiqueta y la religión.
Doña Amanda era estricta. En su campo se podía vivir, siempre y cuando se casara uno por iglesia y no tuviera más de una mujer.
Hacía rato que venía insistiendo con el tema a su marido, el Patrón, pero él la ignoraba como ignoraba todo lo que lo rodeaba, excluyendo su hacienda y sus plantaciones, y alguna que otra actividad que lo entretenía en los largos meses del campo.
Había accedido al pedido de Amanda porque, según él recordaba, esta era la segunda oportunidad en la que ella insistía tanto con un asunto. La primera había sido una disputa sin importancia por unos caballos con el dueño de la estancia vecina. Amanda reclamaba una tropilla que, decía, había ido a parar al otro lado del alambrado quién sabe cómo. Había que reconocerle su gran memoria, identificaba a todos los caballos de la estancia, eran su especial debilidad. Como no tenían hijos, prácticamente dedicaba su vida a cuidarlos. Así que aquella vez el Patrón había ido a hablar con el vecino, y había recuperado la tropilla. Un episodio aislado en su rutinaria vida, Amanda no solía interferir en los asuntos de la estancia.
Ahora, después de escuchar interminables súplicas, había accedido a echar de su campo a esos “indecentes”, según el decir de su esposa. También había pensado que, complaciendo a su mujer, podría recuperar unas cuantas hectáreas del campo, justo dónde estaba la laguna, y podría ir a pescar sin las inoportunas miradas de la gente que lo veía pasar y casi lo veneraba.
Amanda había venido a saber por medio de la mujer del capataz que los indígenas no respetaban las leyes de Dios. O al menos no las del Dios de Amanda. Los habían visto una vez rezando a
El Patrón fue al pueblo y alquiló una topadora.
Unos días antes, el capataz fue el encargado de avisarles a los indígenas que debían irse, so pena de morir aplastados en sus ranchos de adobe.
Sobra decir que la noticia no tuvo una buena acogida entre la pequeña población. Las mujeres lloraban, desesperadas; una semana es muy poco tiempo para buscarse una casa.
Los hombres, más drásticos, agarraron las escopetas y fueron a hablar con el Patrón.
Lo encontraron sentado mirando la televisión, aburrido en su living, solo.
El Patrón los vio venir pero no se movió. Tenía años de campo, y sabía que las cosas se arreglaban con distancia y frialdad.
Los dejó llegar hasta la galería y se levantó, con la mirada pétrea. Escuchó las razones de los hombres, y con la voz grave y pausada respondió: “Ahí tienen la capilla. Arreglen sus asuntos y se quedan, no los arreglan y se van”.
Los hombres no estaban dispuestos a escuchar sermones. Volvieron a exponer sus razones, por demás justas, pero esta vez un poco más violentamente, con algún grito e insultos de por medio.
El Patrón no se inmutó. Les dio la espalda tranquilamente y volvió a sentarse en su sillón, sin responderles siquiera. Ya había dicho lo que tenía que decir, no iban a venir a decirle a él qué era lo que tenía que hacer en sus tierras, ni estos hombres con escopetas, ni nadie.
No era por Amanda que se mantenía tan firme, sino porque no le gustaba que contrariaran su voluntad.
Los hombres se quedaron en la galería, con las escopetas en la mano, sin saber qué hacer. Se miraban sin hablar, esperaban al capataz que no llegaba, aunque no sabían para qué lo esperaban, adivinaban esa espera inútil.
No podían volver sin respuesta a sus mujeres e hijos. Mejor dicho, no podían volver con esa respuesta. Se sentían humillados, aunque ciertamente no analizaban este sentimiento, simplemente sentían que la tensión a la sombra de la galería crecía cada vez más y que algo tenían que hacer.
Una pareja de hombres que estaba cerca de la ventana tomó una mesa de madera que había en la galería y la tiró contra la pared, haciendo mucho ruido y despedazándola.
El Patrón se sobresaltó, llamó con un grito al capataz y se acercó a la galería.
Los hombres lo miraban con furia, con odio, con ira. Uno de ellos, el más viejo, tomó una pata de la mesa que acababan de romper y dijo solemnemente: “Un tributo a mis ancestros”, y le pegó al Patrón un fuerte golpe en la cabeza. A ese golpe siguieron muchos, la sangrienta muerte ya estaba definida.
El capataz llegó tarde. Amanda, volviendo de su misa, se encontró con los hombres que llevaban al Patrón hacia el caserío, como un trofeo, como un recuerdo de la histórica victoria de los débiles sobre el fuerte, de los pobres sobre el rico, de los indios sobre el blanco.
Amanda lloró. Ciertamente sintió remordimiento, pero más lloró de bronca. El llanto de Amanda no conmovió a nadie. Vivió y murió sola, en su gran estancia despoblada.
martes, septiembre 8
TELITA III: Cosas de chicos, por El Vengador Pitufante
El Vengador Pitufante, Septiembre 2009
* (sí, otro más, qué, qué te pasa, no leés a Podeti vos?)
jueves, septiembre 3
TELITA III: Soledad, por La Rubiaa
Soledad
Aburrimiento, desolación, desgano. Camina por la casa sin ruidos. Mira por el ventanal del comedor, los árboles se mueven, no se deciden para qué lado. No hay siquiera tensión a la sombra, sólo viento y un cielo muy gris. Mucho viento. Se viene, parece.
Suspira, abre la heladera, entra en los cuartos, camina un poco mas. Nada.
Prende la televisión, pasa lentamente los canales. Disfruta por un segundo del zapping sin sentido, del poder del cambio constante. Noticieros anunciando proyectos, históricas victorias, 30 indígenas en un pueblo aislado, tributos en canales de música, novelas, una pareja besándose.
Prende la computadora, abre facebook, el mail, el msn. Ignora todo, elimina, miles de clicks más tarde, lee “no tienes más invitaciones”. Sonríe.
Vuelve a la heladera, que cierra enseguida. Se escuchan las voces de la televisión, los sonidos de la computadora. En la cocina piensa.
En la calle decide: no va a volver, no la van a ver más. Se va a buscar su segunda oportunidad.
miércoles, septiembre 2
TELITA III: Segundas Oportunidades, por Vill Gates
El podentariado (despistados: ver podentaristas*) lanza participantes cual si misiles fueran, ¡vamos todavía!
Segundas oportunidades.
El taxi daba vueltas en ese pueblo ficticio llamado “Las casitas” que no era otra cosa que un barrio aislado de la ciudad de Río Gallegos. Aislado a modo de tributo a la ceguera que consiste en quitar del medio lo que no se quiere ver. Los prostíbulos están prohibidos, pero no las “whiskerías”. Rodrigo Ferrero nunca encontró la diferencia entre esos dos términos. Como cuando en Santa Rosa, La Pampa, había rescatado a esas pobres treinta indígenas paraguayas que -según el que las transportaba- iban a cuidar chicos en los campos de la zona. Aquellos hombres terminaron sin condena porque no se pudo demostrar que efectivamente las iban a hacer trabajar, pero no precisamente como niñeras.
El conductor miró por el espejo cuando, el policía se despachó con una carcajada. Su jefe le había hablado de una histórica victoria contra la trata de blancas. Nunca comprobó los rumores de que el tipo también estaba metido en el negocio, o que recibía su parte, que se callaba, o que no hacía nada: lo que para el caso y a su modo de ver, era lo mismo. Como premio, unos días después, le habían dado dos balazos. Pero la vida le había dado una segunda oportunidad porque el plomo apenas si había rozado el corazón. La otra bala en la pierna le había provocado esa pequeño rengueo que ya casi ni se notaba y mucho dolor. Dolor también por el proyecto trunco de ser entrenador de boxeo en la escuela de Policía que su maldita pierna le impidió realizar. O la maldita bala.
Le indicó al conductor -que ya se había dado cuenta de que él era policía- que diera otra vuelta por entre esas casas con vidrieras enormes y luces rojas. Y él se había dado cuenta de que el tipo tenía miedo. Mejor así.
Hacía frío. Debía de hacer diez grados bajo cero. Las chicas se paseaban con esos tapados negros y largos con muy poca ropa debajo. Tenía que esperar, recién eran las once.
El chofer no podía disimular la tensión a la sombra de la pared trasera del local en la que lo hacían esperar con el motor apagado.
-Toma lo tuyo. Volvete a Río Gallegos. No me conoces. Nunca me viste. ¿Está Claro? –le dijo al chofer. El hombre no le contestó. Ferrero estaba seguro de que le había quedado todo más que claro. Luego prendió un cigarrillo. Realmente hacía mucho frío. Entró tratando de parecer un cliente más. Seguramente no lo conseguiría. No había bajado de un auto caro ni usaba un reloj de oro. Tampoco invitaría tragos.
Cerca de la barra había una televisión muda que nadie miraba. Una pareja reía: forzadamente ella y alcohólicamente él.
Se acercó a la barra, pidió un whisky de los baratos con soda. Era horrible. Sobre todo porque ya no tomaba. Tampoco es que fuera un alcohólico. Eso le recordó por un instante que Laura ya no estaba. Rápidamente pensó en otra cosa. Hacía calor. Había mucho humo en el aire y ese olor rancio de la adrenalina mezclado con otras cosas que allí nadie se ocupaba en disimular.
También vio un escenario, un micrófono y un aparato que parecía de los de karaoke. ¿Alguien usará esto aquí? – se preguntó.
Preparó el número en el celular pero no hizo ninguna llamada. Le dijo al de la barra –Estoy buscando algo distinto.
-¿Usted no es de por aquí verdad? –Y recibió como respuesta un “No” y seguidamente un “Buenos Aires”.
-Bueno, hay chicas de Perú, de Paraguay... Mientras lo escuchaba vio una mujer muy alta y rubia, con el pelo recogido y que estaba de espaldas, sentada en una mesa de una zona oscura. Se la señaló al cantinero.
-No, esa es Tatiana, pero ella no trabaja, es decir, ella solamente canta.
-Ah ¿Y qué canta?
-Ya va a ver. Por ahí usted tiene suerte con ella… quién sabe. El cantinero le hizo una seña y la mujer, subió al escenario. Pulsó un botón en el aparato de música y comenzó a cantar.
El viejo policía no pudo quitar la vista de los ojos grandes y azules de la mujer que cantaba en un idioma que no conocía, algo que parecía de amor, pero también triste.
Le dio un poco de rabia que nadie le prestara demasiada atención. Cuando terminó, la mujer se acercó a la barra y le pidió al barman un vaso de agua. El policía no podía quitarle los ojos de encima a aquellos otros, como no los había visto nunca. La mujer lo notó y apartó los suyos como hacía siempre con los clientes del lugar pero eso duró muy poco porque esa mirada no era como las que allí había conocido.
-Muy bueno lo que cantó, aunque debo reconocer que no entendí ni una palabra. Dijo Ferrero.
-Es ucraniano -dijo la mujer con una media sonrisa- La canción se llama “Lo que tenemos que olvidar”.
-Olvidar –dijo el policía sin dejar de mirarla y siguió -¿Por qué aquí?
Cualquiera que los hubiera escuchado hubiera jurado que esa conversación había comenzado bastante tiempo antes.
-Vine en un barco. Hace años. Siempre canté –respondió ella.
-¿Vino sola desde Ucrania? –La mujer asintió pero se detuvo y no siguió hablando ese castellano recientemente aprendido. El policía entendió y no le preguntó nada más. Pero ambos se seguían mirando como si no pudieran dejar de hacerlo.
Ferrero tenía que seguir con lo suyo. Pulsó el botón de enviar y el teléfono hizo la llamada que había premarcado. No habló y cortó.
Cinco minutos después las luces rojas del local se confundieron con las azules que proyectaban por los ventanales los autos de la policía desde afuera.
Los federales entraron, pidieron los papeles de todos. Siete menores extranjeras fueron sacadas de allí, entre otras mujeres. Que algunas fueran extranjeras era la excusa para que ellos estuvieran en ese lugar. Más tarde habría revuelo en la ciudad y mucha gente poderosa se pondría nerviosa. Harían llamados, pero eso no importaba ahora.
Otro policía le dijo a Ferrero -¿A ella también la llevamos?
-No, ella es cantante aquí. El otro hombre empezaba a dibujar una sonrisa pero la mirada de Ferrero provocó una mueca inconclusa.
Cuando terminó de entregar citaciones y acabaron las detenciones Tatiana dijo: ¿No tienes más invitaciones? El hombre confundido le preguntó ¿Invitaciones…?
-Quiero decir, citaciones.
¿Para usted, quiere decir? No, no ¿La acerco a algún lado o…?
-Vivo en la ciudad. Puedo llamar un taxi…
-No hay problema, la acerco.
Siguieron mirándose.
Al otro día también.
Ella no volvió a Ucrania y él olvidó el boxeo.
Vill Gates, Septiembre 2009
podentaristas: secta de simpatizantes de Podeti.