Moscabrava, Julio 2010
domingo, julio 4
TELITA V: Moscabrava
Moscabrava, Julio 2010
viernes, septiembre 25
TELITA III: Mosca Tam Tam, por Moscabrava
MOSCA TAM-TAM
Dudando de una histórica victoria en la segunda oportunidad
mantenían la tensión. A la sombra los insectos se burlaban de sus excusas y
los empujaban infructuosamente a desnudar el proyecto.
Como tributo a aquella cautela
no tienes más invitaciones mías para rechazar.
Es un tormento de Santa Rosa, si es que existen,
rehuir constantemente la vista de la televisión de mi ventana, a más de ochenta metros del nivel del río,
por la sentida omnipresencia del aislado sendero,
camino imposible de una pareja improbable,
en la reserva que ni de treinta indígenas, ¡qué digo! ni de uno, se compone.
viernes, julio 11
T.E.LIT.A.II: Se va la segunda... dulce o amargo?
El señor Zippo, que ya nos deleitara con el hermoso trabajo con el que contribuyó al TELITA2, sigue inspirándose en la consigna de su creación y, para alegría de todos, no sólo vuelve a regalarnos con otra muestra de su talento, sino que, además, nos invita a un "doblete". Malpensados, abstenerse! Cito textualmente su invitación:
"María Ce: qué te parece si alguien (vos, o cualquiera que lo desee) le pone un texto a esta imagen, o un relatito corto en referencia a la misma? Sería algo novedoso, una colaboración doble, o mixta. "
El primero en aceptar la invitación ha sido nuestro podentarista y racingman amigo Moscabrava, asiduo y siempre bienvenido colaborador de este taller. Vean qué maravilla han hecho!
Estaba volviendo. Lo sentía como un viaje ineludible que se hace desde un lugar a otro, de un universo a otro. Desde el universo donde todo lo que siento está dentro de mí hacia el que todo lo que siento viene de afuera.
Todo es experiencia, sí, pero hay un empirismo interno y que no es necesariamente de los… solitarios, por decirlo de alguna manera. Con otro se puede ser uno. Cuando estoy adentro siento que ella me siente adentro. ¿Cómo explicar esto si no se es uno? Podemos estimular y sentir al mismo tiempo el efecto de tal estímulo. Es una maravilla, sí, pero siempre se vuelve.
Y el viaje de vuelta es así. Va llegando lo de afuera como cambia el paisaje en la ventanilla del tren, tan paulatinamente que parece imperceptible. Creo que lo primero fue el aroma potente a alcohol y flores, empalagoso, punzante, casi doloroso. E inmediatamente con el perfume que bajó de la nariz a la boca, sintiéndolo ya en el paladar apareció esa untuosidad en la boca. Esa textura como granulada porque tiene diminutas piedritas que se amasan en esa pasta.
Después, aunque todavía no tengas identificado nada de lo anterior, aparecen los ruidos. El primero, el más silvestre, impetuoso, lacónico, y casi acometedor de los yuyos aplastados por los movimientos del cuerpo. Parecen cuchillos revoleados en la oscuridad, latigazos que nunca llegan a destino. Y tras ellos, ya con alguna medida de distancia, el cantar de los grillos. Más allá el croar de las ranas.
Con esa noción de distancia se percibe ya la atracción de ese universo que nos lleva vertiginosamente hacia él. Como defensa sólo nos queda abrir los ojos. Estaba el horizonte casi recóndito en la noche. Solo las luces, como una línea de cuentas, lo delineaba.
Las luces inmediatamente trajeron como un runrún de gente reunida. No es que precisamente escuchara a la gente, su cotilleo, su trajinar, sino que era como una sensación. La sensación del mundo, de la realidad, de la trivialidad, de la hostil banalidad. Como un murmullo del conocimiento, de lo que se sabe más de que de lo que se percibe. En ese punto, ahí sí, un sonido, armónico, que acicateaba todos los resortes, porque era música, lejana, envuelta en el satén del aire nocturno, pero música que identificaba notoriamente a un instrumento, un acordeón. Las notas que podía predecir una a la otra, el compás, el ritmo y cuando calló, suspendido, yo mismo murmuré la letra que se derramaba desde ese paréntesis silencio: “Cortate el pelo, Cabezón…”
¡Zas! Caí en la cuenta que estaba apoyado en mis manos, y, rápidamente, que mis pulgares estaban sobre la garganta blanca, suave, casi espumosa. Sin pensarlo, casi en forma automática, o quizá en forma automática, no lo sé, ni sé todavía por qué , pero levanté los dedos separándolos de la glotis, donde quedaban las marcas rojas de su presencia opresiva.
Ya estaba totalmente en el universo del afuera. Todo tenía su nombre y era conocido. El perfume, el rouge, el baldío de la calle 47, los insectos, las luces del baile de la Sociedad de Fomento, los discos que estaba pasando Basilio, y sin embargo algo, que no estaba entre lo reconocido, me sorprendió. Ese silbido atronador de su inspiración. Fue como si todo eso fuera una estampa, y ella, en ese incorporarse con la boca abierta hasta el extremo de la fractura se devorara el cuadro, y con él a mí.
Sentí sus brazos que, colgándose de mi cuello y sus piernas rodeando mis caderas, me sumergían, de nuevo, en el otro universo.
Zippo y Moscabrava, Julio 2008.
jueves, junio 5
T.E.LIT.A.II: Blanca? Tse-Tse? No... Brava!
Así es nomás, el señor MoscaBrava vuelve al ruedo del TELITA. Por razones personales, el texto me resultó especialmente conmovedor. Acá va:
A veces una tiene la sensación de, llamémosle de alguna manera, vísperas de algo. Es como estar viviendo los últimos días de una época que va inevitablemente hacia su fin. Y pensás: nadie puede estar consciente de vivir las vísperas de un acontecimiento inesperado, porque si no, no lo sería, ¿no?, pero cuando ya viviste algunos años y recordás aquellas sensaciones, decís: ¡Pucha! ¡Sí que estaba en lo cierto! Porque inmediatamente pasó tal cosa y el rumbo cambió.
Entonces ¿es que acaso se puede percibir de antemano el detonante? ¿O es un simple engaño más a los que me tiene acostumbrada esta veleidosa razón? Claro, digo, porque ahora percibo que estoy en vísperas. Acá, en esta tarde tempranamente otoñal, con nubes amenazadoras; con un espacio de tiempo que no sé de dónde salió (tal vez el nene que se durmió antes de hora o el agua del mate que se calentó más rápido). Lo cierto es que tengo este rato como si fuera una bola de masa entre las manos.
Algo debe estar por pasar porque es como si el émbolo del acontecer hiciera un vacío, que es éste que yo percibo, para descerrajar después una catarata de sucesos inmanejables. Y, generalmente, lo poco predecible te hace percha, porque si no, vos te acomodás, y, aparte, porque los que pueden predecirlo, que a veces son los mismos que los provocan, buscan quien pague los platos rotos, y que cuantos más son, mejor, para el que cobra.
Digo todo esto porque la sensación de vísperas es parecida al regusto del peligro inminente: esa sensación de que parece que se te agolpa toda la sangre en el hocico, y nada bueno viene después.
Pero, tal vez, esté exagerando y nada haya que temer. Quizás sea esta visión de cielo encapotado, la baja presión atmosférica, el frío que eriza la piel,…Porque los fenómenos climáticos también te trabajan en la sesera, y te pueden producir sensaciones que atolondradas como yo podemos atribuir a presentimientos o intuiciones. Intuiciones justo yo, que a mí siempre me agarran con lo puesto. Para todo, ¿eh? Por eso, a lo mejor, me esté dando manija sola o alguno de los charlatanes que tengo por amigos, me haya dejado el sonsonete en la cabeza de que todo se va a pudrir: que el loco éste que subió es peor que Videla y va a meter más palo, todavía, a pesar de que es clarito que se quiere alinear con los yanquis y que los yanquis no van a aguantar a otro carnicero impresentable. Que los sindicalistas ya no le tienen más miedo a los milicos y que van a salir a la calle a reclamar por los salarios y las condiciones de trabajo. Y que pim y que pam. Como si esas cosas, digo, lo macro, lo que acontece en las altas esferas del poder pudieran modificar la vida cotidiana, los verdaderos hechos cotidianos, de la gente. Esos que, si me asomo a la ventana, voy a ver hoy igual que ayer, y que el mes pasado, y que hace diez años. Un vecino paseando al perro; tres chicos corriendo detrás de una pelota; dos vecinas charlando en la vereda. Digo yo, esta gente: ¿Seguiría con esas actividades, rutinarias pero apacibles, si percibieran esa sensación de vísperas? ¿Es posible que yo sola, cavilando en esta pieza, pueda presentir lo que ellos saben que no se va a producir? Claro, no va a faltar quien me hable de la banalidad, de la felicidad que da la inconsciencia, que la animalidad es la que rehuye el peligro y la racionalidad la que lo enfrenta, como dice Beto cuando se clava los puñales por el entrañable compañero desaparecido (él porque está en Colombia; los que estamos acá ni tiempo hemos tenido de reprocharnos nada, tan ocupados como estamos en salvar el pellejo). Como si la animalidad fuera la nota característica de todos los que pasean frente a mi ventana en un desfile de bucólica ignorancia, y en esa animalidad no importara el salario no porque no vivan de eso sino porque que el miedo animal es más fuerte que cualquier razonamiento; como el nene que duerme en el sillón y apenas si se estremece cuando lo arropo un poco más, como esa mosca que posada sobre el hule se restrega las patas (habrá entrado ahuyentada por el frío también) y que me tienta a darle un golpe con el repasador húmedo que tengo sobre la falda.
¿Percibirá la mosca esa sensación de peligro inminente cuando alzo sigilosamente el brazo con el repasador empuñado? ¿Le permitirá su animalidad prever el golpe que le estoy por asestar? Mi viejo decía, ponete de frente a la mosca, porque vuela siempre para arriba y adelante, de esa manera tenes menos posibilidades de errarle. Debería evaluar qué es mejor, si despertar al crío con el ruido del repasador sobre el hule o que lo despierte en el momento en que quiero espantarle al insecto que ansía posarse sobre él. ¿Tengo alguna posiblidad de perdonarle la vida a esta inmundicia? O mejor dicho, aunque sea una inmundicia, si tengo una posiblidad de mantenerla con vida: ¿Es mejor que lo intente? ¿Que mate a la mosca, por más lugar de excrecencia que ocupe, mejora algo para alguien? La respuesta es indudable, y en base a ella voy a tomar la decisión de no interrumpir su vida pero voy a a impedir por todos los medios que moleste a mi hijo, o a mi comida.
Un pacto casi animal. Desde mi animalidad a su animalidad. Mirá vos, si la mosca me sorprendiera y me propusiera un pacto desde su racionalidad (si la tuviera) hacia la mía que yo sé, sí, que la tengo (limitada, poco pulida, tal vez, pero la tengo), y la mosca es posible que (si tiene alguna racionalidad que su animalidad le permita) sabe tambien que la tengo.
En tren de suponer: ¿Qué pacto podría proponerme la mosca? ¿Acaso revelarme un secreto descubierto en un basural? Allí donde se tiran los desperdicios y me consta que entre ellos están las cenizas de los libros, las revistas, los cuadernos de anotaciones que hemos quemado porque nos incriminaban. Bien podría ser que me revelara secretos de los que no podemos ver nosotros. Sí, porque no queremos también, mosca. ¡No te vengas a erigir en juez mío, ahora! ¡Habráse visto insolencia! (como dijo Violeta) venir a decirme a mí, semejante insecto, que lo suyo es unicamente oral. Pero es que una mosca no dice, ni piensa, a lo sumo soy yo la que piensa que me transmite algo.
¿De dónde sacaste esto, mosca? ¡No me vas a querer hacer creer que no sabés que no soy yo! Bueno, pero no me despertés al Cabezón, eh?
- Vos, cebate un mate.
Ah! Lo que me dijo la mosca fue la canción esa que llamamos “A los no desaparecidos del Proceso”:
He pasado entre aquellos, extraño, pero nadie notó que lo era, tan polizón que ninguno, ni yo mismo, ha sospechado de mí.
Venía de un paraíso en el que nunca he estado porque mi pasado es todo cuanto no he conseguido ser.
Nadie me ha reconocido bajo el disfraz de la igualdad, porque los que de mí sabían me suponían desparecido y no disfrazado.
Me han recibido en sus casas y han estrechado mi mano, me vieron pasar por sus calles como si yo estuviera allí, pero quien soy, no ha estado nunca en sus salas; quien vivo, no tiene manos que estrechen otros; quien me conozco, no tiene calles por donde transitar.
A algunos de nosotros esta distancia que media entre el ser y uno mismo no les ha sido revelada. Para otros, es el horror y la angustia que, a veces, iluminan los relámpagos. Y hay para quien es la dolorosa constancia de los días de la vida.
Saber bien quiénes somos no es cosa de nosotros, que lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción, que lo que queremos, no lo hemos querido, como extranjeros exiliados en nuestras propias almas.
¡Ya sé! A vos también te parece que lo escuchaste antes. ¿No?
sábado, mayo 24
T.E.LIT.A. II: El vuelo del Moscardón
Sí! El amigo Mosca Brava recogió el guante del TELITA, lo olió, lo sobrevoló, se detuvo, se frotó las manos, volvió a sobrevolar y finalmente, nos mandó lo que él tilda de "tímida colaboración": una prosa elegante y un relato muy gráfico. No me costó nada imaginar una ronda de mate alrededor del bravo Mosca. Casi casi un payador! Aquí va:
A PROPOSITO DE NIETSZCHE.
Debo decir, estimados amigos weblogueros y comentaristas del círculo podentarista, que a mí, personalmente, no me adorna ninguna virtud literaria como para poder componer algún opúsculo que pueda ser subido al Taller de la MariaCe, pero, tambien es cierto, que no me quiero perder la posibilidad de participar en cuanta actividad planifique este grupo y es así como, munido de mi proverbial memoria, plasmé sobre este papel el recuerdo de una anécdota que tiene por protagonista a alguien que, por lo menos a mí, no me cuesta reconocerle cierta vena poética.
En los aciagos días del otoño del 2002, recordarán Uds. si han tenido que andar por la denominada City, el circuito de los bancos del microcentro, estaba poblado de gente que rebuscaba el mango como podía: desde quienes se conchababan como coleros para comprar dólares, hasta los que les vendían comida casera a esos coleros precisamente que, a veces, no volvían a dormir a sus casas.
Había días de feria de trueque y comercializaciones de toda laya y pelaje, no sé si recuerdan, y, frente a la vidriera de Cambio América, ahí en Sarmiento y San Martín, lugar donde se concentraba los mirones de pantallas electrónicas, había un personaje que arengaba a suspuestas multitudes que se rebelarían contra el capitalismo, el individualismo, la demagogia y no sé cuanto males más que, advertía él, se abatían sobre nosotros.
No era muy viejo, de unos cuarenta y tantos años, lucía, por supuesto como buen rebelde, una barba que, sin embargo, denotaba que algún cuidado tenía con ella porque estaba recortada en forma bastante pareja. Eso sí, ojos desencajados y una figura delgada que marcaba que estaba pasando, por lo menos ultimamente, días de hambre. La ropa, de suyo era, que no revelaba un buen pasar, pero, bueno, convengamos que en aquellos días y en aquel lugar, nadie lucía muy elegante porque hasta los que tenían qué ponerse ocultaban sus galas para no aparentar y estimular los apetitos delictuales de la turba.
Cierta vez, con otros amigos, nos acercamos a la tarima donde estaba encaramado el sujeto y vimos al pie, al lado de una gorra donde se juntaban dos o tres monedas de señuelo, un cartelito que decía que este señor se presentaba regularmente en un “café-concert”, así decía, de la zona de Avellaneda.
Yo que soy del Sur, Uds. lo saben, perfectamente conozco que no ha existido, no existe, y probablemente no exista nunca tal cosa en en aquella zona. Pero como me gustan los desafíos y suelo andar por esos tugurios, animé a algunos de mi grupo para que me acompañen.
El lugar, no sé si alguno de Uds. conoce la Avenida Roca de la localidad, estaba emplazado en esa arteria, por llamarla de alguna manera, que tiene un boulevard en el medio y era, más bien, una parrilla que al fondo tenía un tinglado donde unas ruinosas mesas, eso sí, cubiertas por manteles de plástico, rodeaban un círculo entablado, apenas levantado del piso, que hacía las veces de escenario. Allí, a los pocos minutos de espera, y que decidimos mitigar con unos choripanes y una botella de moscato, apareció el hombre, enfundado en un poncho negro con ribetes blancos y acompañado de su guitarra, punteó una milonga surera y dijo algunos versos que, sostuvo, se los inspiro el Zaratustra nietszcheano. Será por eso, tal vez, que algunos me quedaron en la memoria y puedo repetirlos aquí, no sin cierta vergüenza ajena:
Reclama carga el espíritu
que busca sufrir por fuerte
no por deseo de muerte
sino por darse templanza.
En tanto blande la lanza
de los que abren caminos
no va a enfrentar su destino
sino a ganar la esperanza
No teme padecer su orgullo
mas no acepta otro mandato
que el que haya sido alegato
del deber impuesto a fuego:
En la luz parece ciego
pero se sabe en verdad
verdugo de la oscuridad
quien ame su propio ego
Que los impuros y enfermos
en su impotencia temprana
adoren la breve flama
del fósforo de su indolencia
mas no será en mi conciencia
la culpa de sus miserias
y del más allá la histeria
que me prohíba la ciencia.
Entre pústulas y taras
imaginarán su gloria
menoscabando la historia
de la más noble arma humana:
Cuerpo sano en mente sana.
Y en contradicción campante
ante su dios claudicantes
se hincan todas las mañanas.
¡Qué sano el cuerpo del cristo
al que adoran los enfermos!
¡Qué insinuante el sexo yermo
al que adoran las rameras!
¡Qué dicción clara y cimera
la que adoran los tarados!
Más nuestra duda es pecado,
Y nuestra salud, quimera.
No nos habrán de engañar,
predicadores nefastos,
seremos dueños del vasto
dominio de nuestro cuerpo
gritando antes que muertos:
¡Soy sangre y razón por hombre
y el alma no es sino el nombre
de alguna parte del cuerpo!
El bien, que no está delante,
tampoco te espera arriba,
no es bien de sabiduría,
ni ley de tus semejantes.
No es guía de trashumantes,
ni explicación le cabría,
porque su nombre es la umbría
parte de tu alma errante.
Sé que no me van a creer que los recuerde tanto pero tal vez deba decir que los haya trastrocado, y, si aún no me creen, sea menester confesar que fui algunas otras noches que mis amigos no supieron, seducido por los choripanes. Bueno también por el moscato. Y bueno, sí también por alguna que otra parroquiana. Está bien, había algunas meretrices….
Lo cierto es que estos sucesos, los artistas del hambre diría Kafka, fueron desapareciendo. No es que se los erradicó de entre la troupe del espectáculo pero dable es de reconocer que algún bocadillo más echan en sus faltriqueras, ahora. Y se dedican a más empinadas obras.
Es más, me han dicho algunos correveidiles, que este sujeto, que se hacía llamar el “panza Ríos”, y creo que su apellido era tan falso como el alias, está trabajando de libretista en televisión, cosa que no puedo certificar porque si hay algo que no se conoce es la cara de los libretistas, y además no miro tanto programas como para descubrir, en alguna línea del texto, el estilo que, creo recordar, del vate.
Sé que es poco para el blog pero, si la generosidad de la MariaCe permite que esto sea leído, espero sepan disculparme.
Moscabrava, Mayo 2008