viernes, mayo 30

T.E.LIT.A.II: Señoras y señores: Fender Gebiet

Hombre de opiniones desvastadoras que suele volcar acá, autor de relatos de impecable factura que excreta por acá, y co-autor de un weblog de asistencia al enfermo musical, honra hoy con su presencia este TELITA II. Señoras, señores: Fender Gebiet:



Chacarita "Los Primos"



A las diez de la mañana, en el infernal verano norteño, uno ya puede empezar a transpirar a cuenta los cuarenta y pico que harán a la siesta. El sol, apurado, pega duro sobre el cementerio de autos y los fierros ahí amontonados irradian la quemazón que les prodiga con su soplete, ayudando a que la temperatura suba varios grados más. Van camino de la desintegración, esperando una ablación y trasplante posterior a otros vehículos (casi tan desvencijados como de los que forman parte) que les evite el destino de óxido. Por lo menos esa vida parece un poco más entretenida que la de sólo carcomerse.
De los resucitados del camposanto automotriz también se espera que trasmuten en algunos billetes para el magro bolsillo del propietario del emprendimiento, quien a su vez participaría con un porcentaje todavía más magro a su único empleado: un sereno puesto para disuadir los robos nocturnos y que, con la excusa del calor, acomodaba un colchón inmundo bajo de las estrellas tratando de dormir entre los chillidos de las ratas capturadas y los insoportables cantos de sus depredadores residentes -los gatos- cuando estaban en celo.
Un hombre de baja estatura, enjuto y vestido con unas ropas remendadas a conciencia, color mugre, entró al predio e hizo unos pasos en dirección al cobertizo que hacía las veces de taller, vivienda del sereno en caso de lluvia y depósito, y desde ahí gritó hacia el portón abierto del edificio, con el tono monocorde y sin entonación que se usa cuando se cumple con un rito al que no se le tiene mucha fe.
-M'hijo ¿anda el Chacho?
El receptor del mensaje, en sus funciones diurnas como ayudante polirrubro, era bastante lerdo y encima el celo con el que cumplía las tareas encomendadas por “el Chacho" lo volvía estúpidamente desconfiado. Sólo el patrón entendía la retorcida lógica de su segundo, aunque a veces resolvía las inconsistencias de juicio con el auxilio de su preeminente jerarquía con una prosaica patada en el culo.
Sin embargo, el trámite tuvo éxito. El ayudante asomó su grande y ovoide cabeza por detrás de una pila de cubiertas de ocasión:
-No, Señor Gringo -el muchacho, de unos veinte años de edad, se llevó un dedo roñoso a la boca y miró de reojo y desenfocado hacia un punto inexistente en lo alto del techo, titubeando un segundo-, anda en el centro, fue al juzgado de paz... y a comprar la carne para el mediodía.
El súbito recuerdo de la carne asada le endulzó apenas los rasgos achinados.
El "Gringo" era un mecánico de la zona que del apodo sólo tenía derecho de herencia, pues el cuarto de sangre napolitana se había amalgamado perfectamente al color criollo y le desmentía el mote. Venía cada tanto a rebuscar entre los restos de mecánica desahuciada que se amontonaba sin orden en el campito pelado.
Como el muchacho no tenía injerencia en los asuntos comerciales de su jefe (convenía no dársela, dados ciertos antecedentes), el mecánico siguió su camino entre miserables Falcon y esqueléticos camiones Bedford y Leyland. Silbó el estribillo de una cumbia, algo vehementemente, para dejar en claro que ahí terminaba la conversación. Buscaba un Taunus que había visto tirado por ahí para sacarle la caja de cambios (o lo que quedara de ella).
El sereno había sido investido extraoficialmente con la categoría de "ayudante para todo" cuando su antecesor fue preso por acuchillar, una noche de naipes y copas, al cuñado. Sin uniformes ni jinetas que dieran fuste al cargo, el único atributo del oficio -el acceso al equipo de mate del jefe- era ostentado por el oscuro personaje con orgullo marcial.
A pesar de su mal final, el antiguo ayudante -a quien Torcuato no conocía muy bien pues cuando llegaba el día, en aquel entonces, se iba a desayunar un cocido a lo de su hermana, que lo tenía a cargo desde chico- había dejado las cosas con primoroso orden y limpieza en su rincón, al lado del calentador. Notable si se miraba el taller, sucio con toda la suciedad posible hasta donde alcanzaba la vista. Las paredes descascaradas estaban llenas de posters de mujeres desnudas que ya no se discernían del tizne que los cubrían, salvo dos de ellos: en uno se adivinaba a una descolorida Nélida Lobato y en el otro Pampita encandilaba con una sonrisa que todavía conseguía verse blanca. Los pisos podían ser de cemento, aunque para asegurarse habría que contratar los oficios de un arqueólogo.
Orgulloso hasta la imbecilidad, Torcuato no iba a ser menos. Estaba visto que "Chacho" Brizuela - el jefe- así lo exigía. Agua sin hervir, mate sin endulzar. Cada vez que le ponderaba el mate su sonrisa se desplegaba en un catálogo de emergencias odontológicas. Representaba también el oficio de preguntar las obviedades de rigor que el patrón necesitaba para aderezar sus gastadas anécdotas cuando las soltaba ante un público nuevo, y se relamía como si fuera un socio pleno cuando Brizuela, ex mecánico y jubilado de ferrocarriles, hacía un cálculo en voz alta y a vuelo de pájaro de mutuos beneficios netos mirando lo que quedaba en el playón de chatarra.
Un ciclomotor viejo y destartalado, que podía ser tomado por un eficaz certificado de pobreza, asomó por la tranquera del campito. Era Chacho, el patrón, regresando de sus trámites en el centro. Bajó del móvil con el ceño fruncido y las manos vacías, detalle que no se le escapó al ayudante.
-Che, Cabezón, haceme un favor: traeme los papeles de la cajita que está en el hueco -le dijo al muchacho en cuanto lo tuvo a tiro-. Ahí donde pongo las cosas... -dejó morir la frase sabiendo que el lerdo ayudante entendería.
-Jefe, ahí anda el Gringo. Me preguntó... –Torcuato parpadeó sabiendo que lo iban a retar, pero quería dejar constancia del ingreso del mecánico.
-¡'Ta bien, dejalo! -interrumpió con fastidio-. Ya me había dicho que necesitaba algunas piezas de Taunus. Y yo le dije que veng...-cambió a un tono amenazador ante la inmovilidad del sereno, gritando- ¡Apurate, mierda!
Salió corriendo, Torcuato, hacia el fondo del taller. Esquivó con agilidad dos pilas de "repuestos" apilados en zig zag, pero tropezó con una batería de camión que apenas se asomaba en el piso, detrás del último montón. Un "¡ay!" se escuchó bajito, pero recuperó la compostura rápidamente.
Brizuela frunció el ceño, pero no dijo nada. Un ruido de cajas y cosas que caían llenó el refugio. Mientras Torcuato cumplía el mandado, hizo lugar en la desvencijada mesa, apartando una cáscara de banana, dos pedazos de pan duro y una taza de loza descascarada. Un mayor fastidio le oscureció los ojos.
Después de poco más de un minuto, se escucharon de nuevo las pisadas de las alpargatas a la carrera. Logró deshacer el camino y esquivar con ostensible aprensión los obstáculos.
- Acá está, jefe. le tendió una caja de zapatos, con seriedad, algo consciente de las pocas pulgas del patrón.
Se desentendió del ayudante. Desató la caja, abrió la tapa -que puso debajo, invertida- y la apoyó sobre la mesa. Buscó en su interior, evitando mirar las fotos tantas veces lloradas. Sacó un papel del bolsillo que ostentaba la marca de un sello oval, unas cuantas líneas a máquina y algunas firmas. Se puso unos lentes engrasados delante de los ojos, que sin las patillas laterales parecían binóculos para sostener entre los dedos. Estaban tan mal graduados que Brizuela hacía foco alejándolos de su cara. Cuando terminó lanzó un sonoro suspiro y, después de unos segundos de quietud, miró a Torcuato.
Brizuela, que conocía los bueyes con los que araba, se dio cuenta del estupor de Torcuato y creyó leer un mudo reproche por la falta de carne.
-Cabezón, cebate un mate.
Al oír el pedido, el ayudante cobró vida de repente. Cuando se llenaba de conjeturas no quedaba demasiado poder cerebral para el resto de las funciones motoras y viceversa: había que mantenerlo ocupado para que no empezara con preguntas.
-Estoy cansado, viejo y me olvidé de comprar la carne. O no me olvidé: no me alcanzó la plata porque tuve que pagar unos sellos. Pero yerba tenemos, ¿eh? Dale, calentito...
Tiró el papel dentro de la caja en silencio, que interrumpía cada tanto con quedos suspiros. Las rayas horizontales de la remera se hacían oblongas con cada inspiración profunda. Tomó una foto por la esquina y la miró dos segundos. Volvió a suspirar.
-Cabezón, el sábado te vas a tener que ir a lo de tu hermana. El domingo vienen los nuevos dueños del campito. Tuve que venderle al atorrante del Turco. Me pusieron abogado y no puedo hacer nada. Vendo, pago las deudas y me voy a lo de mi hija. Dicen que aquí van a hacer un hotel...-Torcuato escuchaba abriendo cada vez, más grande la boca. Cuando el Chacho dijo "hotel", miró con incredulidad las paredes del taller.
-Pero, Jefe ¿también vendió los fierros? - al Cabezón los ojos le brillaron menos que un chispazo, pensando que había "comisión" por las ventas. El silencio evidente con que lo miró Brizuela secó la repentina catarata de billetes. El patrón hablaba del terreno, nada más. Ante el silencio de Brizuela, repreguntó, testarudo:
-¿Y que van a hacer...?
-No sé, me imagino que van a tirar todo a la mierda -dijo Chacho, encogiéndose de hombros. Vio la desilusión en la cara de Torcuato e hizo un gesto de silencio, llevándose un dedo a la boca. Bajó el tono, mirando por el portón furtivamente para el lado donde operaba el Gringo su Taunus rojo.
-Vos no digas nada, que todavía vamos a hacer unos mangos con el Gringo -le sonrió a Torcuato, dándole a entender que quizá todavía iban a comer carne.


Fender Gebiet, Mayo 2008.

10 comentarios:

Pablo dijo...

Que lindo che. Personajitos sencillos. Historia simple. Buenas imagenes.

Muy lindo, de verdad

Vontrier dijo...

Es buenísimo, Pá.
Ya sabés.
Queremos más, no?

Beso!
V.

mosca brava dijo...

Es un lujo, Fender, no conocía sus habilidades.
A coro con V.:¡queremos mas!

zippo dijo...

Me transportaste, Fender, a una road movie con salsola tragus rodando y personajes insolados y sucios. Muy buen relato,

Vill Gates dijo...

Excelente ambientación. Siento la grasa y el calor.
Es inutil, Dios los cría y Podetti los amontona.

rubiaa dijo...

Excelente Fen! Me encantó. No entenderé mucho de técnica y eso, pero me gustó mucho como esta esxrito.

Pablo (yo) dijo...

"con el tono monocorde y sin entonación que se usa cuando se cumple con un rito al que no se le tiene mucha fe".
Brillante. Creo que lo estoy escuchando llamar...

Cesar dijo...

Fender, esto es espectacular, la ambientación, los personajes, todo.
Muy-muy bueno.

subana banana dijo...

Fender, una maravilla.
Acompañar al cine a Cass tiene sus efectos secundarios positivos, parece.

Cassandra Cross dijo...

Me da vergüenza comentarle recién ahora, pero Fen sabe que soy la presidenta del fen's club (cuack) y María disculpará mis cuelgues...
Me gustó muchísimo esta versión final, con remate entre angustiado y esperanzador. Ha aprendido usted tan bien de sus maestros, en esto de los climas, que felicitarlo por lo mismo una y otra vez por ahí desvirtúa el elogio.

Me encantó, en fin! ^_^