Duermo y sueño:
que Soda Stereo hará un recital en un lugar de la costa, Pinamar o Villa Gessell. Y resulta que en el sueño me reconozco como fan y deseo mucho volver a verlos en concierto -jamás los vi ni fui fan de ellos, en esta realidad, pero en la del sueño yo tenía el recuerdo de haber estado en otros recitales suyos-. Resulta también que, para evitar que se llene de gente el pueblo, el intendente ha decidido que la venta de entradas se hará únicamente en el pueblo, nada de venta telefónica, internet ni puntos de venta en otras ciudades. El costo del pasaje es increíblemente alto, igual que el de la entrada. A mí no me alcanza ni siquiera para la mitad de la entrada pero deseo tanto ir. Un grupo de amigos míos, también fans (otro bolazo), me pagan entre ellos el pasaje. El viaje es ameno, mucha algarabía, como de adolescentes, pero no lo disfruto mucho, estoy un poco inquieta porque no está Francisco y no estoy acostumbrada a dejarlo en otro lado (no sé adónde lo dejé, sólo sé que lo dejé a buen seguro). Cuando llegamos al pueblo vemos que hay muchos grupos como el nuestro, es ciudad tomada por los fans. Todos son extremadamente jóvenes, me siento extraña ahí, fuera de lugar. La venta de entradas se hace en un edificio que se parece sospechosamente al Anses de Mexico y Paseo Colón. Adentro hay muchas mesas grandes con formularios, y muchisimos guardias de seguridad, contratados con motivo del recital, que cumplen la doble función de vigilar y orientarte. Me dicen que tengo que llenar el formulario con mi nombre y DNI y que luego me van a dar un numerito y con eso iré a la caja y pagaré la entrada. Alguien dice que lo del dni es por seguridad. Sé que no me va a alcanzar el dinero para la entrada pero aún así hago el trámite. No traje lapicera y me angustio pensando que no voy a poder escribir, pero enseguida consigo una. Lleno el formulario pero no me animo a ir a la caja, por vergüenza, y me agarra una gran desazón. Alrededor de la mesa se ha juntado más gente y entonces veo a Mariano, un noviete que supe tener como a mis veinte años, que, él sí, era fan de Soda. Se me acerca como si aún fuéramos novios, y cuando está a punto de besarme me doy cuenta de que él sigue teniendo veinte años, tiene la piel luminosa y fresca como cuando era adolescente. Es entonces que me doy cuenta de que estoy soñando. Le sonrío a Mariano y le acaricio la cara, que se deshace en luz ni bien la toco. Me digo a mí misma: "fue un gusto volver a verte". Una de las guardias de seguridad se me acerca y con expresión ansiosa me dice que notoó que yo no tengo dinero, pero que si contesto bien un cuestionario sobre el grupo me dejarán ir gratis al recital. Le sonrío también, plenamente consciente de que estoy soñanado, y le digo que no puedo contestar ni una pregunta porque no sé nada del grupo, que nunca me llamó mayormente la atención, y que mejor le dan la entrada a alguno más interesado. Y pienso en que tengo ganas de ver a Francisco.
Y eso es lo que me acuerdo.
viernes, febrero 15
Sueño stereo
miércoles, febrero 13
Distorsión
No sé si soy yo, o el mundo, o el cristal en medio de los dos.
En estos días, todo aparece distorsionado. Falseado. Mentiroso. Berreta. Y sólo encuentro visos de verdad en lo más cercano e íntimo. Todo lo demás parece falso, maquillado, mal actuado, escenificado.
Pasaron cosas feas, no directamente relacionadas a mí, pero lo suficientemente cercanas como para verme ligeramente involucrada. Y todo sonaba tan falso como si fuera una película barata, montada. O quizás lo veo así de puro negadora, porque cuesta creer que hay gente que verdaderamente piensa en hacer mal, en lastimar adrede incluso a sus propia progenie, intencionalmente, porque viene bien a otros fines.
Pero no es sólo eso, aunque eso es lo principal.
La conversación más sencilla y cortés me resulta tan falsa que asquea. El blog de Podeti que siempre me hace reir, hoy me daba asco. La sonrisa de un verdulero, la amabilidad conque atiendo a los clientes de mi trabajo, todo un asco. Pura máscara, todo fabricado.
Cuánta mugre.
Mejor me baño.
sábado, febrero 9
martes, febrero 5
Cosas que dicen los autores. V
¡No somos animales!
Creo que ya comenté alguna vez acerca de la poca bola que me da mi hijo en cuanto a mis instrucciones sobre las normas de conducta social. Unos cuantos creen que soy muy blanda al respecto, y sí, es probable que lo sea. Creo más en la instrucción que da la vida que en la instrucción a fuerza de repetición de órdenes (también se me acusa de vaga. Indiscutiblemente: lo soy). Pero bueno: a la anécdota...
Este fin de semana estuvimos de invitados en la casa de mi hermano y su familia. Una linda casa, impecable, de propaganda, en un barrio privado también muy lindo e impecable. Todo reluce, ahí. Una miguita tarda casi lo mismo en caer al suelo que en ser erradicada. Mi hermano y mi cuñada son dos personas maravillosas. Buenas personas, quiero decir, sobre todo. Y lindas e impecables, también. El domingo al mediodía, mi hermano y yo nos ausentamos, creíamos que por unos minutos que al final resultaron casi tres horas, y Fran quedó en la casa con mi cuñada, su hermana, y las nenas. Almorzó con ellas. Cuando volví estaba muy inquieto, y la hermana de mi cuñada me dijo que me había extrañado mucho y que había preguntado mucho por mí.
A la noche, cuando ya habíamos vuelto a casa, nos sentamos a comer. A Fran le gusta comer las zanahorias enteras, sólo peladas. Así que le alcancé una, y lo vi ponerla en el plato e intentar sin éxito pincharla con el tenedor.
- Fran, con la mano agarrala.
Y me miró y con carita mortificada me dijo: "¡No somos animales!"
Le pregunté quién le había dicho eso, y me contó que había sido la tía (mi cuñada).
- Pero vos sabés que eso no es cierto, no Fran?
Y él me miró con cara dubitativa.
Caray, llevo tres años tratando de inculcarle en qué nos parecemos con todos los que compartimos el Planeta. Hablamos y leemos y miramos en la tele y la compu cantidad de cosas sobre la vida, sobre animales que se extinguieron, sobre animales a los que comemos y los que pueden comernos a nosotros, sobre por qué somos animales mamíferos y vemos cuánto nos parecemos a los gatos que viven acá con nosotros, y cómo las aletas de los peces son un poco como nuestros brazos y a todos nos sirven para desplazarnos. Si hay algo que Fran viene aprendiendo en todo este tiempo, es: somos animales. Y conozco lo terco que puede ser mi nene cuando cree que lleva razón, y conozco lo inflexible que puede ser mi cuñada cuando cree que ella la tiene. Así que me imagino un poco cómo habrá sido la situación en la que se terminó decidiendo en que hay que usar tenedor porque no somos animales. Con razón estaba tan mortificado cuando volví de mi salida con mi hermano.
Ahora, ¿cómo hago para educar a mi cuñada en un principio tan básico como "uses o no uses el tenedor, igual sos un animal"?
Qué lucha, los parientes, caray.
