viernes, diciembre 21

¿Qué le ven a los gatos??. I

Inicio de la historia.



En mi infancia, la compañía animal siempre estuvo a cargo de sucesivos perros, una paloma, un conejo, y hasta un pato que criamos desde huevito y que terminó meses más tarde en almuerzo familiar. A pocos metros de casa había un aserradero lleno de gatos ferales, que eran odiados por toda la familia, ya que acabaron con la vida del conejo, la de la paloma, y desmoralizaban a nuestros perros paseándose por sobre la medianera sin que ellos pudieran alcanzarlos -incluso una vez uno se dignó entrar a la cocina, afanarse un bife y huir sin que el perro ni mi madre pudieran hacer más que desgañitarse y llenarse la boca de espuma ladrando como locos-. Los gatos eran El Enemigo, y creo que nadie nunca se paró a pensar que si no había ratas en la cuadra era gracias a todos los gatos del aserradero (ahora que lo pienso, qué nombre para una banda de blues, Gatos de Aserradero! ¿no?).

Luego de esa etapa, los gatos siempre fueron seres ajenos a mi vida y cuando me tocaba toparme con alguno en casa de alguien, mi reacción instintiva era de un vago temor y rechazo, y jamás de afecto o simpatía. Nunca se me habría ocurrido buscar un gato como compañero de vida.

Hasta que llegó Tris. El de la foto.
Llegó así: Un amigo dijo "te voy a regalar un gato", y, no sé por qué, acepté. Un sábado del mes de julio fuimos hasta Nuñez a buscar al gato que me regalaban. Mientras viajaba, enumeré a mi amigo las condiciones que pensaba poner para una convivencia lo más amistosa posible, de ellas la fundamental era: el gato debería vivir en el patio y de ninguna manera le iba a permitir entrar a las habitaciones. Mi amigo sólo sonreía. Llegamos a la casa y me invadió el desagradable olor de las micciones felinas: había varios gatos, todos sin castrar, unos gatazos enormes que andaban por todas partes. En un rincón, un canastito con los recién destetados. "Elegite uno", me dijeron y yo no supe cuál. Pero entonces uno de los gatitos se las arregló para salir del canasto, saltar a una silla, luego a la mesa, trepar hasta mi hombro y lamerme la cara. Y todo esto lo hizo en un tris. Sin valor para negar la elección, lo agarré como pude y con mi amigo tomamos un taxi hasta casa. El crío lloró desesperadamente todo el viaje, aterrado por el movimiento y los bocinazos de la calle, y en su afán por escapar del pánico me rasguñó brazos, cuello y cara, pero no lo solté. Cuando entramos a casa, lo dejé en el patio. Ubicó enseguida la caja con piedritas sanitarias y lo primero que hizo fue utilizarlas (con eso se ganó mi respeto). Luego, yo caminé hasta la cocina para buscarle un poco de leche. Ni bien crucé la puerta y desaparecí de su vista empezó a chillar como loco. Volví y se arrebujó temblando contra mis pies, intentando treparse. Lo alcé como a un bebé, acurrucándolo con las manos y hablándole despacito. Y se quedó profundamente dormido en mis brazos.
Yo no tenía hijos ni pensaba tenerlos, pero ese día me convertí en madre.
Todo ese primer fin de semana el gatito pasó más tiempo en mis brazos que en el piso. Cuando lo dejaba en el suelo, me seguía a escasos centímetros de mis pies, yo paraba y él se me trepaba por el pantalón, intentando llegar hasta mi cuello y arrebujarse en el hombro (y lo lograba).Y aunque le preparé una primorosa canastita, prefirió dormir a mis pies en la cama -adonde hoy día y luego de 9 años, sigue prefiriendo dormir-. Cuando llegó el lunes y tuve que ir a trabajar, sus maullidos de bebé abandonado se escuchaban desde el hall de entrada del edificio. Cuando volví del trabajo, estaba esperándome detrás de la puerta. Me clavó la vista un minuto, y luego me dio la espalda (la cola, más bien) y se dedicó a ignorarme concienzudamente durante una hora. Esa manifestación de ofensión, que sólo habría esperado de otro humano, me dejó perpleja. Más adelante, ya acostumbrado a mis ausencias laborales, aún así en diversas ocasiones volvería a tener oportunidad de observar esa actitud, cada vez que me iba de viaje por algunos días o cuando, por alguna razón de force majeure tenía que desterrarlo de mi cama.
La historia continuará...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Che Ceci ¿Sabés que te quiero? Se que lo sabés pero igaul te lo escribo, me enamora tu manera de relatar, escribite un libro, se que dirás que soy exagerada, que nooo, y eso, pero sos buena, y anda poniendo otra foto para T.E.L.I.T.A.
Te sigo leyendo, los amo, porque obviamnete me amo, jajaja.
Laura Luz

Monica dijo...

Querida María te conocí pasando por lo de Vill, el que a su vez conocí porque nos encontramos seguido en lo de la Folino.
Me encantó el post, a mi me pasó lo mismo, yo era una perrera absolut hasta que le regalaron a una de mis hijas, hace casi quince años, una gata...y a partir de ahí encontré una manera de convivir totalmente diferente.
Ahora hace tres años tengo una gatita " mía " mis hijas ya son grandes y no la comparto con nadie, me llena de cariño y por supuesto duerme en mi cama a pesar del ! Jamás dormirá un animal en mi cama !!! de mi marido.
Me agradó muchísimo conocerte, cuando quieras pasate y tomamos unos matecitos.
Besos

Monica dijo...

Aprovecho para desearte una feliz Navidad.
Más besos

Mortadela dijo...

A ese de la foto lo conozco! me quiso seducir una tarde de noviembre. Es un gato acosador, mayor pero muy muy muy bello.

Estoy aprendiendo a conocer un poco a los gatos, a pesar de mi resistencia felina.

Amo a los perros y todavia los entiendo. Pero bueno, hay que probar.

Mortadela