Por Guido Daniele.
martes, abril 29
sábado, abril 26
Ehh... no soy tan original como pensaba...
sábado, abril 19
Broncas, por lo grande y lo pequeño
Bronca, por la quema de pastizales y en lo que decantó. No sólo ésta. Las que se hacen siempre (como decía ayer un chico de Rosario: "esto acá pasa siempre, pero los diarios y el gobierno sólo pegan el grito cuando el humo llega a Capital").
Por supuesto, preocupa la situación de la gente, duelen las muertes en la ruta, los daños por respirar este humo todo el tiempo.
Pero no puedo dejar de pensar, en este caso en particular, en los animales y en las plantas que son asesinadas, atrapadas en las islas, con su hábitat irremediablemente destrozado. Hace unos días comentábamos con otra gente acerca de la estupidez de la gente que cuando va de turismo dañan todo a su paso sin que les importe un carajo si mataron, si movieron, si rompieron, si dejaron basura, si robaron. Esto es lo mismo, la misma actitud, elevada a qué sé yo qué potencia. Pero es lo mismo, la misma estupidez, la misma actitud impune, descuidada, cero conciencia. Da bronca, tristeza e impotencia. Porque volverá a pasar, y volverá a pasar, y volverá a pasar. No se aprende. Ni siquiera se enseña. Tres o cuatro lo intentan, lo sé. Gritan, patalean, tratan de frenar. Pero de qué sirven esos tres o cuatro si desde chiquito tenés otros que te enseñan, con voz normal y cotidiana, que "el Hombre (con mayusculas) es el rey de la Creación". Contame de alguna escuela donde enseñen que todos, animales, plantas, piedras, somos iguales y compartimos el planeta, que el planeta es nuestro sostén, nuestro sustento y nuestra razón de vivir, y que sólo el equilibrio permitirá que todos, el planeta y sus excrecencias, subsistamos. Contame, así lo mando a mi hijo, para que escuche otras voces, y las escuche mucho, todos los días.
Otra bronca. Por algo más pequeño, más individual.
Ella, mi amiga, es una estrellita. Brilla, por bella, por inteligente, por buena persona. Conoció a un tipito que primero se enamoró de la inteligencia y la bondad. Y cuando la conoció en persona, le enrostró que mejorara su aspecto.
Mi amiga, como dije, es bella. Lo que el tipito quería era que ella se pareciera a otra. A una mujer ideal, o a la que proponen los medios, no sé.
El tipito este no se parece en nada al hombre ideal o al que proponen los medios. Y mi amiga, como es bella, inteligente y buena, sabe eso, y no le importa nada. Ella lo aprecia a él tal como es.
Pero a él sí le importa, lo suficiente como para enrostrarle de entrada que mejore su aspecto, y que "si no lo hace es porque tiene la autoestima baja".
Estúpido, pequeño idiota, incapaz de entender una belleza que cualquier criatura comprende sin necesidad de que se la expliquen. Y con suficiente envanecimiento como para creer que está dando un buen consejo, cuando lo único que está haciendo es lastimar. Y por tonto, no por malvado. Por pura estupidez.
Amo la especie humana. Créanme. La amo porque la comprendo, claro, yo pertenezco a la especie, dirán, y sí, claro que es por eso. Pero, si me abstraigo de ese pertenecer, a veces pienso que no estaría mal que el planeta se deshaga de todos nosotros.
En fin, cosas que pienso con la bronca.
Addendum:
Mostrarse, extraído del excelente blog Chicas de los viernes.
viernes, abril 11
Nosotros y dios (suponiendo que.., bueno, ya saben)
martes, abril 8
Incomunicación
No hay caso.
Por alguna razón, me cuesta muchísimo conectar con alguien, en estos días. Más que costar, me está resultando imposible. Lo gracioso, o patético, es que vengo intentándolo, Voy, procuro ser amable, no pasarme de lista, no ser insultante, no mostrarme demasiado escéptica, no rayarme con las estupideces ajenas, hablar sólo de lo que sé, no meterme en asuntos ajenos, no encajar a nadie mis asuntos, reirme de los chistes, no hacer caso de ironías agresivas.
Demasiada cortesía: un esfuerzo agotador y vano.
To another thing.
lunes, abril 7
martes, abril 1
El sabe, ella sabe
son las 12 de la noche y ella sigue pegada a la computadora. No hay nada que le interese particularmente ahi, es sólo una manera de relajarse por las muchas horas que pasó trabajando... frente a la computadora.
Hace unos minutos que él duerme. Se cansó de pedirle atención, en vano el 95% del tiempo. Ella se limitó, todo el tiempo, a sonreirle, a decirle "ya voy", "tengo mucho trabajo", "esperá que fumo un cigarrillo", o a hacerle preguntas tontas o mandarlo a buscar cosas para mantenerlo ocupado. Pero él sabe. El sabe y queda pensativo. Se aburre y queda pensativo. El sabe, y ella también sabe. Ella lo ve tirado en el sillón, pensativo. Ella piensa: Tiene 3 años, y ya está pensativo. Y adentro se le amarga un poco más el día. Ella piensa: Dentro de 9, de 6, de 4, de 2 horas, termino de trabajar y me voy a jugar con él. Y luego recuerda que el día anterior también pensó lo mismo, y el anterior del anterior, y así. El ya está acostumbrado a pedir y que casi nunca llegue. Ya conoce algunos trucos que obligan a que le preste atención sí o sí. Sabe que si se sube a la biblioteca, ella dejará lo que está haciendo y lo irá a buscar. Aunque esté enojada, aunque lo rete o le pegue un chirlo, él busca ese contacto, ese ratito. En el momento en que ella llega, enojada, él ya le está sonriendo, con su mejor sonrisa, sólo porque ella se le acerca, porque por 5 segundos dejó la computadora y lo abrazó, aunque el abrazo fuera brusco o terminara en chirlo. El sabe que cuando comen ella no puede quedarse sentada a su lado, porque suena el teléfono y hay que atender, o tiene que mandar un mail. Pero sabe que si tira la comida o se niega a comer, ella se quedará. Aunque sea dos minutos para hacerle engullir algo, aunque sea con fastidio o con desesperación. Y él le sonríe, porque aunque sea de esa manera, son dos minutos en los que le presta atención, en que él puede cantarle una canción, capaz, o preguntarle algo y ella responderá.
El mejor momento, para los dos, es cuando se levantan. A ella le faltan dos horas para empezar a trabajar, y a él sólo cuarenta y cinco minutos para ir al jardín. Ella se levanta unos minutos antes, para preparar el desayuno de él y un café para ella. Ella lo levanta, se abrazan, se sonríen. El está contento, siempre que se levanta, porque lo primero que ve es a ella sonriéndole. Ella lo lleva al baño, lo ayuda a lavarse, lo viste. Y desayunan juntos. Después le pone el guardapolvos y la mochila, y le dice "Vamos?". El siempre dice "no". Ella sabe que por ahora él preferiría quedarse con ella, aún cuando lo que sigan sean esas once horas que son como estar once horas en una estación esperando a que llegue un tren. El sabe que ella espera que él no oponga resistencia. Y ambos se van, de la mano, y esas tres cuadras son magníficas, todos y cada uno de los días. Caminan al ritmo de él y van de la mano, sonrientes, charlando. Saludan a la gata de un portero que siempre se acerca a olerlos, cruzan la avenida y ven el puente de la autopista, y sienten el viento y ven el sol que recién se levanta, y van de la mano, y van sonriendo, y van charlando.
Se despiden con un abrazo y la promesa de volverse a ver antes del mediodía. Ella pasa las siguientes dos horas limpiando un poco, leyendo un poco, tomando un poco de mate. Y sobre todo: pensando en él. En su hermosa sonrisa, en sus abrazos, en lo feliz que le hace su presencia. Ella tiene la íntima certeza de que, entre jueguitos y tareíta, él pasa esas horas también pensando en ella. A las once y media, lo va a buscar. Este año se han instaurado una rutina que a ambos les encanta: se van al bar de la esquina a tomar un café y un tostado. A ambos les encanta esa esquina, la esquina del sol. Si estuviera sola, ella elegiría sentarse afuera para poder fumar. Pero él elige siempre la misma mesa: una de adentro, la que está junto a la ventana de la ochava. Es una buena elección: ella, si no fuma, tiene los dos brazos libres y puede abrazarlo cuando a él se le antoja. Se ríen, juegan al Veo Veo, se cuentan cosas.
Después de estos minutos en el bar, caminan hasta la casa. Enseguida ella se sienta frente la computadora, se cuelga el telefono al hombro, se para y cocina algo y vuelve a la computadora, y empiezan a contar, los dos, cada uno para sí, las horas que faltan para volver a estar juntos. Porque ahora están cerca, pero no están juntos. Ella estará, si él necesita algo. Le hará la comida. Le lavará la ropa. Usará la hora de almuerzo para llevarlo al parque o a natación. Estará junto a él, pero no estará con él. Estará pensando en él, pero no estará hablando con él, ni abrazándolo, ni leyéndole ni jugando. La televisión está prendida de 12 a 24hs. El casi no la mira, pero ella la deja prendida porque supone, espera, que de esa manera quizá él no se sienta tan solo, tan abandonado.
- Mamá, vamos a la cama a leer cuentitos?
- No puedo, tengo mucho trabajo.
- Mamá, querés jugar conmigo?
- Ahora no Fran. Dentro de un rato, cuando termine.
- Mamá, vamos a dibujar?
- Sí, ahora voy.... esperá que termino una cosita. En un ratito termino de trabajar.
El no dice nada, generalmente. Espera. Ella piensa: Dentro de 9, de 6, de 4, de 2 horas, termino de trabajar y me voy a jugar con él.
Pero se hacen las 21hs y aunque ya no trabaja para la empresa, sigue trabajando en otras cosas. Todavía hay que hacer la cena, bañarlo, bañarse, alimentarlo. Asegurarse de que haya ropa limpia para mañana. Se hacen las 22hs, cenan. El estuvo esperando a que ella dejara de trabajar. Ella está esperando dejar de hacerlo. Se hacen las 23hs. La casa quedó ordenada, los gatos alimentados, ambos están libres de ocupaciones. El sabe que ya no hay nada de trabajo que impida que ella juegue con él. Ella también lo sabe. Pero decide primero sentarse otra vez a la computadora a fumar un cigarrillo haciendo nada.
- Mamá, querés jugar conmigo?
- Sí, sí Fran... ya voy.
Ella deja la computadora, él ofrece las paletas de ping pong, el muñeco de Sportacus, la pelota de basket, los cuentos, las pinturitas. Ella está tan cansada que casi no lo escucha, que casi no lo abraza, que sólo quiere quedarse quieta, quieta, y cerrar los ojos, pero si cierra los ojos no lo ve y quién sabe, quizá le pasa algo, entonces mejor ir a la computadora otra vez, ahí puede estar quieta pero despierta aún, y puede verlo, aunque no juegue. Entra al chat, casi no escribe, sólo lee de a ratos, y lo mira a él. El sabe que ella le está prestando algo de atención. Ella sabe que no es la suficiente, y que aunque quiere, no puede darle más.
El siempre ofrece resistencia a la hora de separarse de ella, pero cada vez ofrece un poquito menos. Y ella sabe que un día la resistencia se transformará en deseo, y preferirá irse a estar con ella, y sabe que no habrá manera de recuperar ese tiempo que pudo haber pasado con él.
