Pero será de Dios... no termino de acostumbrarme a escribir los dos últimos dígitos de un año que ya me encajan otro, viejo, así no se puede. Y ahora resulta que en cuatro meses que pasarán fshhhhhhhh, como un pedo, voy a cumplir 42. Esto no me molesta tanto porque a partir de los 36 ó 37 empecé a olvidar cuántos años tengo y siempre la tengo que pensar cuando me preguntan, y ante la duda elijo números pares, o sea que vengo diciendo ya hace bastante que tengo 42 o 40 aleatoriamente sin que nadie se sorprenda porque es una edad donde una arruga más o una menos no hace al bulto. Lo más fácil es decir que soy del 66. Del 19 66 -aclaro porque ya hay niños con entendimiento de las matemáticas y nacidos en este siglo para quienes quizá sea retrofantástico hacer cuentas de edad si el año empieza con 19 en vez de 20, y quién sabe si alguno lee este blog y lo confundo-. Bueno, enigüei, no era mintencióm hablar de la edad, sino hacer una barata reflexión sobre la percepción del tiempo a medida que nos pasan los años. Todos hemos dicho o escuchado alguna vez a otro declarar "qué rápido pasó este año", y siempre se trata de personas... mayorcitas digamos. Yo quizá sea toda una exagerada del tema, estos dos últimos años podría considerarlos un par de semanas directamente. De hecho todavía están sobre la tabla de planchar dos buzos abrigaditos que lavé a mediados del otoño para usar durante el invierno, y que no los usé y que ahí están aún esperando ser planchados, que esperen nomás porque ni pienso hacerlo ahora con el calor que hace, pero bueno la cosa es que los vi ahí durante todos estos meses y siempre fueron "los buzos que lavé el otro día". Así con todo.
Pero bueno. Como para contarle a mis nietos si alguna vez llego a conocer alguno/s, voy a dejar escrito acá algunos de los hitos que marcaron mi año (así si me olvido dentro de 25 años busco en la internet el cache y puedo contarlo):
2007 fue el año con ese invierno tan tan crudo en el que incluso nevó
2007 fue el año en que Francisco empezó a ir al Jardin de infantes, con guardapolvo y todo.
2007 fue el año en que Manuel se fue a vivir al Japón.
2007 fue el año en que nació Candela María.
2007 fue el año en que murió el señor Fontanarrosa.
2007 fue el año en que conocí los weblogs, y a través de ellos, a todo un ramillete de personas que condimentaron mi día a día con belleza, simpatía e inteligencia.
2007 fue el año en que Francisco se agarró la varicela.
2007 fue el año en que mis rodillas comenzaron a fallar.
2007 fue el año en que por primera vez me fui con Francisco a la playa.
2007 fue el año en que mi hermana inauguró su farmacia.
Más en general, creo que fue un año femenino. Personalmente tuve oportunidad de observar mucho movimiento mujeril. Mujeres que quemaron sus naves, que se separaron, que dejaron trabajos, que se recibieron, que empezaron carreras, que abandonaron viejas relaciones. Ustedes dirán que todo el tiempo hay mujeres que hacen eso, y no será mentira, pero yo hablo de las que conozco, que no son muchas. La mayoría de ellas sufrieron este año algo así como tsunamis individuales y como resultado de eso, parieron cosas nuevas, y más aún, se parieron a sí mismas.
Así que en este fin de un año que resultó algo o muy doloroso, según el parto de cada quién, quiero brindar sobre todo por las chicas. Si este fue el año del parto, el que viene tendrá que ser el de crianza. Chicas, tengámonos paciencia, mimémonos, perdonémonos, pongámonos firmes, eduquémonos, y en todo momento procuremos tener una feliz "infancia". Brindo por todas y cada una de ustedes, por la maravilla de la femineidad. Salud!
Y a todos, todos, muy muy feliz 2008!
domingo, diciembre 30
07, ah no, 08. 08? Sí, 08. Brindemos!
viernes, diciembre 28
¿Qué le ven a los gatos?? III. La llegada de Mina
Corría el año 2000. Tris ya llevaba casi un año viviendo en casa, apenas un poco más que mi amigo Manuel. Una mañana, en la oficina en la que trabajaba, aparece la gerente de contenidos con una gatita bebé, una blanquinegra que acababa de recoger de la calle. A pesar de una delgadez extrema, de las pulgas, y de que un hongo le había comido la piel en muchas partes, la gatita era una belleza. Una manchita negra le envolvía parte de la nariz y un ojo, dándole un gracioso aspecto vacuno. La gerente me contó que quería regalársela al suegro, hombre mayor y viudo, para que tuviera un animal que le hiciera compañía. Pero las cosas no resultaron. Al día siguiente volvió con la gatita a la oficina; el suegro se había negado a adoptar al animal, ella no podía tenerla en su casa y había decidido devolverla al mismo lugar donde la había hallado, esa misma tarde. Yo tomé a la gatita en mis manos, era pequeñísima, estaba asustada y nos bufaba a todos. No podía dejar que volviera a las calles, así que al salir del trabajo me fui derechito para la Veterinaria. La enfermedad de los hongos era contagiosa, dijo, y había que tenerla una semana lejos de otros gatos, mientras el medicamento le hacía efecto. Por lo demás -vacunas y antiparasitario de por medio- la gata parecía gozar de buena salud, nada que no se arreglara con alimentos y amor. Compré una caja de transporte y nos fuimos a casa. Mina y yo.
A lo largo del año que Tris llevaba viviendo conmigo, los únicos otros animales con los que se había cruzado, además de Manuel y yo, eran unas cucarachas que unos meses antes habían invadido el departamento (cientos y cientos de ellas, pero eso será parte de otro post, alguna vez). Creo firmemente que hasta que Mina llegó a casa, Tris no se había percatado de que él no era humano. Para ejemplo, basta decir que hasta el día de la fecha no sabe comer directamente del plato como hacen los demás felinos, sino que toma la comida con una mano y se la lleva delicadamente a la boca, tal como nos veía hacer a Manuel y a mí. Y, también hasta hoy día, no me perdona que no le ponga su plato en la mesa como hacíamos cuando sólo vivíamos aquí los tres, y cuando llega la hora del almuerzo o la cena, insiste en sentarse educadamente en una silla a la espera de su plato, retirándose ofendido cuando lo redirijo al comedero de gatos.
Llegó Mina, decía, y una vez más tuve oportunidad de observar una expresión netamente humana en mi gatito: la del más perfecto asombro. Primera vez, desde su nacimiento, que se cruzaba con un ser que, salvando unas diferencias mínimas de "diseño" en la piel, era prácticamente idéntico a él. Se acercó con cautela a la caja de transporte. La joven Mina le bufó erizando a la vez todos sus pelos, y del susto Tris corrió a esconderse lejos de ella. Esa noche, mientras la gatita dormía en la caja de transporte, Tris la observaba dejando colgar su cabecita desde el entrepiso. La observó y la observó hasta que se quedó dormido y cayó, volviendo a asustarse y corriendo como poseso nuevamente a esconderse en el entrepiso.
Pocos días después y cuando empezó a evidenciar signos de curación, dejé salir a Mina de su cautiverio sanitario, y se hicieron buenos amigos. La personalidad de Tris cambió radicalmente, abruptamente dejó de comportarse como el cachorro semihumano que había sido hasta entonces, y comenzó a tratar a Mina como un adulto trata a una niñita tímida. Mina nunca fue una cachorra revoltosa como había sido Tris. Posiblemente por su pasado callejero, se mantenía a prudente distancia de cualquier humano, y nos aceptaba a Manu y a mí con reservas. Era una cachorra tranquila y sumamente observadora. Cuando quería algo maullaba bajito y tan suave que apenas se la oía. No le interesaba dormir en mi cama y si intentaba acariciarla se quedaba unos minutos, como por cortesía, pero tensa e incómoda, y luego se retiraba. Prefería los sitios altos y más solitarios, desde donde nos observaba impávida. Aún recuerdo la primera vez que se sentó por propia voluntad en mi falda, cuando ya llevaba varios meses viviendo en casa. Yo estaba sentada en una silla-hamaca, reclinada. Ella se subió de un salto a mis piernas y me miró un momento, como para evaluar mi reacción. Yo la miré a mi vez y seguí como estaba, mirando televisión. Se acomodó y se quedó allí, relajada, hasta que intenté acariciarla. Se levantó y se fue, pero a partir de ese momento cada tanto volvió a sentarse un rato sobre mi falda, y allí nos quedábamos, quietas las dos, en paz. A veces, incluso, si tenía yo la mano cerca, me la lamía.
La convivencia transcurrió plácida durante unos meses. Seis, para ser exacta. El tiempo que tardó Mina en tener su primer celo y quedar embarazada...
(continuará)
sábado, diciembre 22
¿Qué le ven a los gatos?? II. Responde alguna gente
Dijo Vill_Gates:
"Pero hay una cosa que no entiendo, nunca lo entiendo ¿Qué le ven a los gatos? Un animal frío, calculador, especulador, egoísta, compañero si se le antoja y otras lindezas por el estilo."
Así respondieron, anticipadamente, algunas otras personas:
Jean Cocteau: "Prefiero los gatos a los perros, porque no hay gatos policías." Y también: "Quiero a los gatos porque amo mi hogar. Ellos poco a poco se convierten en su espíritu visible. De estos seres peludos emana una especie de silencio activo, que parece hacer oídos sordos a las órdenes y a los reproches. Se mueven con una autoridad mayestática por la red de nuestros actos, reteniendo sólo aquellos que les intrigan o les acomodan.”
Charles Bukowski: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo".
Leonardo da Vinci: “El más pequeño de los felinos es una Obra Maestra.”
Mark Twain: “Si se cruzase el hombre con el gato, se mejoraría al hombre y se estropearía al gato.”
Ernest Hemingway: “El gato es completamente honesto emocionalmente: los seres humanos pueden ocultar sus sentimientos, por una u otra razón. El gato nunca lo hace.”
Emily Bronte: “Puedo decir sinceramente que me gustan los gatos. Son los animales con sentimientos más humanitarios que conozco.”
Aldous Huxley: "Si quieres escribir sobre seres humanos, lo mejor que puedes tener en casa es un gato."
La Maria Ce: "Un día mi maestro de yoga, que también es psicólogo, me dijo: los que tienen gatos en la casa son personas que querrían que la gente fuera como los gatos. Lo dijo como reproche, cosa que me dejó azorada. "
viernes, diciembre 21
¿Qué le ven a los gatos??. I
jueves, diciembre 20
Dia casi al pedo
Tenia turno tomado con el veterinario para castrar a Sombrita (Gris-dos), el anteúltimo de mis gatos machos enteritos. Y lo perdí, después de tres horas intentando meter al bendito gato en una caja. Es el gato más manso del mundo pero terco como mula, y luego de tres horas intentando, desistí. Terminé con los brazos arañados, toda transpirada y llena de pelos de gatos, y el frustrómetro al borde del colapso.
Eché mano de mi optimismo construido y me dije: "No importa, ahora a la tarde me van a traer el regalito que le compré a Fran, y lo voy a envolver en un papel bonito y lo voy a esconder y luego se lo voy a dejar en el arbolito en la nochebuena. Al gato mañana lo meto en la caja y lo llevo de prepo al veterinario, con o sin turno". Me bañé, prendí la radio en la Folklórica Nacional, cociné y comí con mi hijito, y me dispuse a esperar al señor de la moto que a las 2 de la tarde me iba a traer el regalito de Fran. Y se hicieron las 2, y las 3, las 4, las 5, y a las 6 de la tarde yo ya explotaba de la bronca. Después de 5 llamados telefónicos en el que cada vez me aseguraban que "la moto ya debe estar al llegar", se disculparon efusivamente conque los piquetes, el delivery que no es propio sino una mensajería, que esto y lo otro y al final no me lo trajeron nada y si no me lo traen mañana a la mañana voy a tener que salir de raje, en pleno viernes, con el calor que seguro va a hacer y con el kilombo que serán los transportes, a buscar un regalo sustituto... y en medio de eso ver si logro meter gato en caja y lo demás, además tenía planes de ir a Belgrano a pasar la tarde comprando regalitos en el barrio chino con mis amigos JaviFacuLau. Luego de habernos pasado un día de mis cortísimas vacaciones encerrados acá en casa, y con el frustrómetro ya colapsado, tomé a mi nene de la mano y nos fuimos a la plaza, y nos descalzamos y pasamos la tardecita jugando en el arenero, y luego nos tomamos un helado, y luego compramos patitas de pollo para comer esta noche tirados en el sillón. Fran ya está bañado y durmiendo una tardía siesta, y yo estoy aún con las patas llenas de arena y escribiendo en este espacio, con un poco de sueño, es cierto, pero milagrosamente tranquila y, créase o no, razonablemente feliz. Buenas noches.
miércoles, diciembre 19
Sacerdote bendice al T.E.LIT.A
lunes, diciembre 17
T.E.LIT.A. pulgar!
Qué les parece? Un pulgarista que no da a conocer su nombre, se copó y mandó lo suyo. Lector: si se siente confundido por el término"pulgarista", es que no conoce Cuentos Pulgares, y eso debe ser remediado inmediatamente. Vaya y lea: cuentos mínimos, escritos via SMS, a puro pulgar. Le van a encantar. Y después vuelva y lea el T.E.LIT.A. pulgar, que aquí se lo dejo:
Adiós
Dejará entrar la luz, primero. Luego dejará entrar la lluvia, para que limpie la sangre de las baldosas floreadas, y de la sábana que su marido creyó mantel, y de las entrañas de su marido, ordenadas en histérica, alfabética sucesión. Y de sus manos acariciando, en tierna despedida, la cabeza –sólo eso– de él.
Un pulgarista
Si se quedó con ganas de más, clickee aquí y accederá a toda la maravilla que dejaron los escritores que respondieron al T.E.LIT.A
miércoles, diciembre 12
Sueño, en rojo y negro
(En la madrugada del día de la tormenta)
Veo esa calle, más bien un callejón como de película, quiero decir que sé que es algo preparado, ambientado. Es sólo un callejón sucio y oscuro, solitario, y llovizna. La iluminación es difusa y muy tenue, se enfoca apenas un pequeño espacio, destacan las gotas repicando sobre la pared de un local cerrado en el que alcanzo a distinguir pedazos de afiches pegados. Alrededor, negrura y silencio.
Lo primero es el sonido de los tacos, reconozco el sonido de zapatos de bailarina. Un chap chap in crescendo, con un ritmo como de tambores africanos. El sonido me inquieta. Y entonces, con pavor, la veo. Es, sé que es, hermosa. Un figurín al estilo de esos que se dibujan cuando se diseña ropa, huesos largos y delicados, buena musculatura, cintura pequeña. Tiene el cabello muy negro y los labios pintados muy rojos. No distingo las facciones. Lleva medias de encaje, negras, y un vestidito cortísimo, como si fuera una malla pero con un volado a la altura de las caderas, rojo brillante. Algo negro en la cintura, (un cinturón, creo), y nuevamente el voladito en el escote corazón. Y los zapatos, negros, de taco alto pero ancho, de bailarina. Camina bailando, baila caminando. Ejecuta una danza pero algo en ella es aterrador, algo en la manera en que articula brazos y piernas. Camina hacia el mundo y es inevitable. Me espanta. Sé que está totalmente loca y que será devastadora.
Me despierta el viento. Es fortísimo, ha cortado la cadena que sostiene la banderola de una de las ventanas, y abierto completamente otra. Parece que se volara la casa. Me levanto, verifico que Francisco está seguro. Salgo al patio y cierro la puerta que da al pasillo, para que los gatos puedan resguardarse (entran por un recuadro donde a propósito quité el vidrio). Ato como puedo la cadena rota y logro cerrar la banderola. La otra banderola no quiere cerrarse, no tiene cadena y el viento es demasiado fuerte. Sé que no durará, así que me quedo sosteniéndola hasta que pasen la ráfagas. La tormenta se lanza con toda la furia, a los pocos minutos empieza a caer el agua y el viento amaina. Vuelvo a la cama.
Y vuelvo a soñar. Veo un cielo negro, negrísimo, y perfectamente calmo. Ni una brisa. Y entonces, empiezan a bajar: pequeños globos rojos, iluminados por dentro, cada uno sosteniendo un canastito rojo que está unido al globo por cuatro hilitos, también rojos. Me digo "farolitos chinos". Bajan suavemente, como si fueran nieve. Es una imagen perfecta y poderosa, llena de fuerza en calma.
Duermo, ahora ya sin sueños.
domingo, diciembre 9
Pausa
Tan, tan, tan cansada.
Lo que quiero es dormir y que al día siguiente, sólo por un día, el mundo, todo, se tome un feriado de mí, que nadie se acuerde de mi existencia, ni me precise para nada, ni quiera estar conmigo ni sin mí, ni increparme ni pedirme ni esperar ni necesitar nada,
y que yo no quiera, necesite, ni crea que es conveniente, ni me sienta obligada, ni piense que sería correcto, hacer nada, de nada, de nada.
Y pasearme, como en esa escena de la película Matrix, por el mundo puesto en pausa, simplemente viendo.
Un día nomás, uno solito.
Capaz que ni eso, capaz que con unas pocas horas me alcanza.
viernes, diciembre 7
T.E.LIT.A! Se viene la quinta entrega!
Estoy encantada. Sigo recibiendo aportes que mandan mis escritores al T.E.LIT.A. Con mucha alegría les presento ahora el trabajo de Vill Gates, a quien conocí primero a través del blog de Vontrier, pero enseguidita se ganó su lugar en mi lista de Favoritos con su Equidistancias.
Y basta de prolegómenos! Aquí está:
Exordio
Antes de leer esto piensen que la escena transcurre en el año 1940. Si les parece que el marido es machista y la mujer tonta, tal vez tengan razón, pero corren el riesgo de perder un tanto la dimensión histórica, cosa que suele pasar en muchas obras de época hechas recientemente.
1940… 1940… 1940…
El arte de una buena mujer.
María extendía el mantel blanco, impecable sobre la gran mesa de roble. El calendario de publicidad de la imprenta “La Argentina” señalaba como fecha el 5 de diciembre de 1940. La temperatura era bastante calurosa. Ese domingo María y Florencio se juntaban a comer con Alicia y Mario, la hija mayor y su marido, junto a la menor, Laurita, que presentaba formalmente a toda la familia a su novio Lisandro. Se casarían en seis meses.
-Disculpame, pero ese muchacho me parece un vago -empezó Florencio, como sin querer hacer el comentario. Era bronca lo que le tenía a Lisandro, en realidad él sabía que estaba diciendo cualquier cosa.
-Ay viejo, vos siempre el mismo- María seguía tendiendo la mesa con el juego de cubiertos, las copas y la vajilla “de los buenos”, que les habían regalado para su casamiento hacía más de veinticinco años y que solo usaban para ocasiones “importantes”.
- Sabés que no me gusta el pibe.
-¿Pero vos no te diste cuenta cómo la mira y la manera en como la trata a la nena? Vos no me tratabas así cuando éramos novios…
¡Ah, no! ¡A mi no me vas a comparar con el pipiolo ése que no es capaz de buscarse un trabajo por si mismo!
-Bueno, pero yo hablaba de que él es cariñoso con la nena y que vos…
-Mentira. ¡Yo era cariñoso! ¡No me lleves la contra!
-¿Cariñoso como ahora decís?
Florencio se dio cuenta de que ella estaba teniendo razón. Además él ya le había conseguido trabajo al chico porque en realidad le caía bien. Conocía al capataz de la textil de la otra cuadra, ahí podía hacer carrera. No se lo diría a María porque no quería que ella pensara que lo apreciaba. Además le molestaba que su hija, tan joven, se fuera a casar con ese chico que parecía aún más joven que ella. Pero le daba rabia que efectivamente la tratara bien, mejor que él a María…
Y encima ellos dos se iban a quedar solos en ese caserón que él había levantado para su familia, hacía ya muchos años. Pero la vida de los dos había girado en torno a sus hijos todo ese tiempo. En realidad tenía miedo de quedarse solo con ella. Pero los hombres como él, no andaban mostrando esas cosas que sentían.
-No se hable más del asunto -dijo Florencio cortante.
Las chicharras cantaban al calor de la mañana.
-Bueno, viejo pero ya está todo decidido. Los chicos se van y está casa nos va a quedar grande… tendríamos que venderla.
-¿Pero qué te pasa a vos María? ¿Estás loca? Vos me querés matar de un disgusto. ¡Yo no sé para que me quede acá, me tendría que haber ido a la cancha y no escuchar todo esto que me estás diciendo!
-María seguía poniendo la mesa como si nada. Ya lo conocía a Florencio.
-Pero viejo, decime ¿Que vamos a hacer en este caserón los dos solos ahora que los chicos se van?
Los jazmines de diciembre, que a María le gustaban tanto y que ella se encargaba de comprar en ramos y poner en vasos por toda la casa, embriagaban aquella conversación que se iba acalorando como el día.
-Es nuestra casa. Podemos… podemos… No sé...
-Bueno, entonces tenemos que mudarnos. Esta casa ya no tiene sentido para nosotros.
-¡Pero cómo podes decir eso! ¡La hice con mis propias manos! ¿Te acordás las ampollas que tenía? Además acá nacieron las chicas, no sé cómo podes querer irte a otra parte. ¿Adónde te querés mudar? ¿A un departamento de esos modernos con ascensor?
-Pero vos no me decís para que querés que nos quedemos. Yo no quiero vivir de recuerdos.
-¡Recuerdos no, realidades!
-Vos… yo ya no te intereso…
-¿Cómo que no me interesás? Laburo como un condenado todos los días en esa bendita carpintería para pagar el puchero. Crié a una familia, hice una casa para vos y vos ahora me venís con eso. Pero ¿Quién te está llenando la cabeza? No serán esas con las que te juntás en la peluquería ¿No?
Los canarios saltaban en sus palitos de la jaula blanca, algún gorjeo se dejaba sentir, al lado del helecho.
-¡Las chicas de la peluquería dicen que vos andas haciéndote el galán con la hija de Doña Marcelina! Si, no te hagas el pavo. La chica de acá a la vuelta.
-Florencio se puso colorado. La semana pasada la chica había venido a la carpintería a arreglar una silla y él la había mirado… pero nada más. ¿Quién había ido con cuentos? Él la quería a María, pero no se lo decía con palabras, le daba vergüenza. Antes se lo decía… pero eso había sido hace mucho…
-Ya no me querés.
-Pero…
-¡Decime que me querés y que querés seguir viviendo conmigo! Y que vamos a salir y no te vas a ir siempre a la cancha con tus amigos a ver a River.
-Vos no podés…
-Si puedo.
-¡Pero…!
-No te escucho decir nada de lo que me tenés que decir -María dejó el mantel y se quedó parada mirando la pared.
Florencio miró los afiches de Pedernera, Labruna y Lousteau, la delantera de River, quienes lo observaban impávidos desde la altura en donde estaban colgados. Pero ellos no le iban a decir qué era lo que tenía que hacer.
-Soy tu marido ¡No me podés hablar así!
-Si sos mi marido ¡Demostrámelo! Sino, ahora cuando vengan los chicos les digo que nos vamos de acá y vendemos todo ¡Todo!
Florencio se quedó observándola con las manos abiertas, con su camisa de mangas cortas, que le daba cierto aire cómico, en parte recio y en parte infantil.
Ella lo quería, siempre lo había querido, pero esta vez la discusión era necesaria. Sino era ahora no sería nunca, o por lo menos eso pensaba ella.
Él se acercó e intentó tomarla por la cintura. Ella se dio vuelta y lo miró con la cabeza bien erguida y le dijo lentamente pero con firmeza -estoy esperando la respuesta.
Florencio se dio cuenta de que estaba derrotado.
-Bueno, si, tenés razón… -en voz muy baja.
-No escuché.
-¡Que si!, que… te quiero.
-¿Y qué más?
-Pucha que sos cabezadura, vieja. Que si, tontita, que vamos a estar juntos.
-¿Y el fútbol?
-Que voy ir menos.
¡Y me vas a comprar zapatos nuevos, porque ya no tengo de los lindos para salir y vamos a buscar una chica que me venga a ayudar! ¡Mirá cómo tengo las manos por esos jabones…!
-Si.
- Y me vas a decir que me querés por lo menos una vez por semana.
Si.
- Y además…
-Si.
-Y…
-Si.
Los chicos vinieron, comieron y se fueron. Florencio trató bien a Lisandro.
Y después, a la noche, la trató muy bien a ella.
vill_gates
jueves, diciembre 6
T.E.LIT.A: my humble aporte
Para animar a los tímidos, yo misma meto mi propio aporte al T.E.LIT.A.
Recuerdos de familia
“Mirá con qué ilusión prepara la mesa. Me pregunto de dónde va a sacar sillas para tantos. Ah, cierto que ya dijo que se las prestaban los del club. Después se las voy a ir a buscar, así no labura tanto. Qué manera de laburar, la vieja. Y no lo digo por ahora, que sí, más vale, se laburó todo desde tempranito y hasta se hizo tiempo para cebarme un mate. Digo laburar, laburar desde siempre como una burra. Sobre todo después que se murió el viejo. Y lo que renegó con nosotros! Si le habremos hecho agarrar broncas, pobre. Pero a chancletazo limpio nos sacó adelante, y tuvo su compensación. Me acuerdo cuando la Elsa trajo el diploma de maestra, esperó hasta el domingo, a que estuviéramos todos sentados a la mesa, estaba el tío Juan también, que en paz descanse, y la tía Chefa y Coti. Y la Elsa se paró y dijo "yo traigo los fideos" y cuando volvió venía con cara de pícara y sacó el diploma y se lo dejó en el plato a la vieja. Cómo lloraba la vieja, qué emocionada estaba, con su primer hija recibida. Qué manera de llorar! Lo mismo que cuando nació el Marcelito… con el apurón del parto adelantado no pude ni avisarle y el teléfono del hospital que no funcionaba, para cuando la vieja llegó el Marcelito ya estaba prendido a la teta de Susana. Me acuerdo cómo me abrazó, llorando, me repetía “Mi primer nieto, mi primer nieto!” como si fuera… qué sé yo qué. Yo también estaba emocionado, claro, era mi primer hijo. Pero es una llorona, la vieja. Cuando la Elsa se separó, también lloraba como magdalena. Y eso que era más bien para festejar con fuegos artificiales, si al final la suerte que tuvo la Elsa en sacarse de encima a semejante hijo de puta. Pero para la vieja, una separación es un fracaso. Igual cuando el Tito dejó la escuela para irse a laburar al sur. Al final le fue bárbaro al Tito, qué cosa, quién iba a decir, tamaño atorrante que era y si lo ves ahora… pero la vieja no le perdonó que hubiera abandonado la escuela. El fracaso no era de ellos, era de ella. Porque para ella la vida siempre fue desafío, y era un desafío sacar adelante a los hijos, sobre todo después que se fue el viejo. Yo casi no me acuerdo del viejo, en parte porque era muy chico cuando él murió, pero además porque lo veía poco, una vez a la semana que en realidad era un rato porque venía molido de laburar y más que nada dormía. Pero, lo que son las cosas, aunque casi no me acuerdo de él, tengo patente la cara de la vieja cada vez que llegaba el viejo. Se iluminaba toda, rejuvenecía de golpe. Nunca más le vi esa expresión de felicidad, después que el viejo se estroló con la chata, pobre viejo, él sí que laburaba de lo lindo también. Me acuerdo cuando vino el policía ese, me acuerdo porque yo abrí la puerta, mamá lo hizo pasar acá mismo, que ahora que lo pienso el patio estaba igual que ahora, salvo el sillón este que se lo dio la Elsa cuando se mudó al departamentito, la vez que se separó, que le sobraban muebles por todos lados, porque mi cuñado era un hijo de puta pero un hijo de puta forrado en guita, al final la Elsa salió ganando con la separación, no te digo. Y vino el policía y la vieja nomás de verlo ya entendió todo, y fijate que con lo llorona que es, esa vez no pudo salírsele ni una lágrima. Se quedó ahí, hecha un patito mojado, y la cara… bueno, esa cara que tenía, la que tenía cada vez que el viejo llegaba, todos los fines de semana, esa cara ya no la tuvo más. Yo creo que a partir de ahí fue que empezaron a llamarla “la vieja Jiménez”, acá en el barrio. De vieja no tenía nada, qué iba a tener si apenas rasguñaba los 30, pero es verdad que a partir de ahí se le fue la juventud. Igual siguió luchando a brazo partido para sacarle lo bueno a la vida, y así crecimos y nos fuimos y un día te das cuenta y hace como un mes que no venía a verla. Y mirala ahora, lo contenta que está, que viene toda la familia, el Tito con su mujer y los cuatro pibes, la Elsa, Susana que ya debe estar al caer con el Marcelito con la novia y mis otros dos. Qué fiesta para la vieja! Después voy a ir a buscar las sillas al club.”
La María Ce
miércoles, diciembre 5
T.E.LIT.A: otro más!
En este post, el aporte de Mortadela a T.E.LIT.A. Disfrútenlo! Pero antes, quisiera pedirles: si alguien sabe quién es el autor de la imagen que presentamos como "disparador" en este Taller, mucho le agradecería me lo haga conocer (me da cosita estar usando esta imagen y no poder mencionar la autoría...). Bien, al cuento, pues:
Ajada rutina
Gervasia despertó y se desperezó mientras miraba hacia la ventana. Deseó que fuera de día, pero su despertador y la oscuridad que no se animaba a entrar por las hendijas de la persiana le anunciaron que eran las cuatro de la mañana. Otra vez las cuatro de la mañana, como todos los días.
La cama la abrazaba y la abrasaba. Era enero y un fuego sudoroso oficiaba de camisón líquido e indeseado. Se sentó en la cama, apoyó los pies en el piso y sintió un alivio: era lo único fresco que había en la casa. Caminó lentamente hacia el baño y, por el camino, se frotó la cara con las manos. Sintió dolor. Otra vez el dolor, como tantas veces, como tantos días, como tantas madrugadas.
Ovidio había dejado el rastro otra vez. Como un artista, Ovidio autografiaba sus borracheras en su lienzo favorito: la cara de Gervasia.
Una lágrima intentó borrar la pintura en hematomas de su marido, pero siguió caminando hasta el baño. Encendió la luz y vio que esta vez el cuadro era el más oscuro de todos. Se lavó la cara, suspiró y se lavó de nuevo. Caminó hasta la cocina, sacó de la heladera un churrasco y se lo puso sobre la hiperojera derecha para ver si con eso podía apaciguar la hinchazón y el moretón. Sabía perfectamente que no iba a cambiar nada, pero hizo el intento igual, como siempre.
Como siempre también pensó en irse. Como siempre todo. Como siempre.
Preparó el desayuno y puso a calentar una ollita para bañarse e ir al trabajo. Planchadora. Planchadora en verano, el peor oficio que había en esa época.
Tomó el té lavado en tres sorbos que le quemaron hasta el alma, una forma habitual de castigo que Gervasia se autoimponía cada vez que Ovi le daba su inmerecido.
Se bañó, salió casi corriendo de la casa y a las cinco de la mañana ya estaba en la tintorería del señor Marmonti.
Plato del día: manteles. ¿Quién querría manteles en semejante cantidad en enero? Pues no se sabía, pero había que lavarlos, blanquearlos y plancharlos al almidón.
Estiró los primeros dos manteles sobre la mesa del planchado y cargó la plancha con varios chispeantes carboncillos. Planchó una y otra vez, hasta que pudo desacartonar el primer mantel. Cuando estaba por darlo vuelta, Marmonti apareció. La miró como siempre, una y otra vez con la líbido repugnante que se le escapaba por el párpado inferior. La tocó, la rozó y la volvió a tocar con las manos. Gervasia siguió planchando, como si nada hubiera sucedido. Como siempre.
Al cabo de un rato, Marmonti se cansó de sobar a su empleada y, con un falso compadecimiento, le preguntó hasta cuando iba a dejar que Ovidio la golpeara de ese modo. Gervasia bajó la cabeza y siguió planchando. Ya iba por el cuarto mantel sobre la mesa y quedaban más de cien para terminar.
Cada vez planchaba con más fuerza y con más furia. Cada mantel tenía retratadas las caras de Ovidio y de Marmonti, en oscuro y en claro, en arrugado y en liso. Cada pasada con la plancha era una paliza vengada de Ovi y una toqueteada de Marmonti. “Son las pelotas, son las pelotas” pensaba y planchaba cada vez con más fuerza.
A las seis de la tarde y con más de treinta grados, con metros y metros de vapor en la cara, los brazos y el pecho, Gervasia se detuvo y suspiró largo y lento. Al instante apareció el jefe. La volvió a tocar, sin recato, sin disimulo ante el resto de las empleadas, sin asco y con bereberes al oído que jamás pudo descifrar.
Esta vez Gervasia lo miró. Se volteó y lo miró. Le clavó los ojos grises y helados en los pardos de él. Marmonti se sonrió con aires de gigoló de cabotaje, con su sonrisa de siete de espadas, con la boca echada hacia un lado.
Gervasia se sonrió y dijo “Gracias”... y al segundo, le apoyó la plancha en el asqueroso y transpirado bajo vientre. Doblado, Marmonti se echó en el piso a los gritos, entre quejas de dolor e insultos a su empleada preferida. Gervasia salió corriendo con la plancha cargada y en la mano.
Corrió las doce cuadras que la separaban de su casa y entró. Ovidio tomaba caña sentado en la mesita del patio, como siempre. Gervasia lo saludó y puso la plancha sobre la cocina económica que, sin razón, estaba encendida y cargada de leña como para cocinar tres días seguidos. Fue al baño, se refrescó y suspiró enfrente del espejo de nuevo, como en la mañana. También como en la mañana, se miró los moretones que ni una vaca entera podía borrar.
Salió del baño, fue a la cocina, tomó la plancha y fue al encuentro de Ovidio. Lo abrazó por detrás y lo abrasó con la plancha por delante.
Ovidio gritó. Gervasia también. Ovidio de dolor, Gervasia de venganza: “Este cuadro hoy lo firmo yo”.
Mortadela
5.12.07.-
(Vea los T.E.LIT.A. anteriores, le van a encantar también!)
domingo, diciembre 2
T.E.LIT.A
Queridos amigos, ocasional lector, colegas de la blogósfera, invitados de otros, pasé-sin-querer-buscando-otra-cosa, tengo el agrado de invitar a ustedes a participar de T.E.LIT.A, el primer (mi primer) Taller Espontáneo de Literatura y Arte.
La idea de este feliz emprendimiento me surgió así como si nada, cuando, al revisar mi disco en busca de qué eliminar para tener un poco más de espacio, me topé con una imagen que vaya a saber uno de dónde salió -yo creo que me la mandaron buscando locación similar-. La imagen me disparó toda una serie de recuerdos/fantasías y ahí, zácate, la luz de una inquietud: ¿qué disparará esta imagen en un escritor? O mejor expresado: ¿qué dispararía esta imagen en un artista de cualquier índole, especialmente escritores? Y luego, repentinamente tímida: pero... ¿se coparán? ¿Querrán hacerlo? Sólo por el placer de escribir, artistear, hacer lo suyo?
Y bueno, probé. Le pasé el Gran Desafío a La Escritora y... bueno, disfruten, sáquense el sombrero los que lo lleven, lean lo que se viene luego. Pero primero, por favor siéntanse todos los artistas, profesionales y amateurs, invitados a participar de este Taller, sólo por el placer de hacer lo que saben o les gusta.
Con enorme alegría y respeto recibiré el material digital en el correo cebogliolo@hotmail.com. Todos, todos bienvenidos.
A continuación, el trabajo de la escritora:
Tal vez se debía a que el cansancio del cuerpo y del alma había afectado sus párpados.
Con sólo decirle algo los ojos se le llenaban de lágrimas.”
(Yasunari Kawabata – Primera nieve en el Monte Fuji)
Isabel se había levantado antes de que saliera el sol. Después de poner la pava al fuego, sacó de la alacena el frasco de harina y, de la gallina de alambre que le había regalado su nuera para el día de la madre, una docena de huevos. Formó, con los dedos en pico, una corona de harina sobre la mesada de mármol amarillenta y dentro del hueco, fue colocando, uno a uno, los huevos que cascó con la mano limpia sobre el filo de la mesada. Agregó agua. Usó los dedos como pala y fue mezclando los ingredientes hasta que formó una masa. Después, se dedicó a sobarla, a estirarla, alejándola de su cuerpo y a volverla a reunir, acercándola al delantal. La pava empezó a echar humo por el pico. Isabel se limpió las manos con la punta del delantal, dijo “pucha” y vació, con lentitud, el agua hervida sobre la rejilla de la pileta de la cocina. Con las yemas del pulgar y el índice, destapó la pava en un movimiento rápido y, después de abrir la canilla, dejó que el chorro de agua fría volviera a llenarla. Volvió a amasar. La textura de la masa, el olor al apresto o al jabón blanco, el sonido de los pájaros o la risa de su único nieto, eran todas las cosas que hacían casi feliz a Isabel, últimamente. Las cosas simples y sencillas de la casa, como a todas las mujeres de su familia. La parte inferior de la mano estiraba la masa contra la mesada, muchas veces, como un masaje profundo, para que quedara blanda, como la panza de un bebé después de un cólico, y lisa, como la piel de las piernas de otra época de Isabel, cuando aún no era madre ni abuela.
Acarició el bollo de masa y lo tapó con un lienzo blanco. Puso la pava a calentar, nuevamente y se dedicó a barrer con un cepillo harinero, el sobrante que quedaba sobre la mesada. Se lavó las manos y observó, por un segundo o dos, el pico de la pava. Con el dorso de la mano, se sacó un mechón de canas que no se quedaba sujetado a la horquilla. Creyó que era momento de sacar la pava del fuego y traspasar el agua al termo. El mate ya tenía yerba y azúcar, sólo faltaba colocar la bombilla y tomar unos cuantos dulces mientras la masa descansaba para armar la pastalinda y empezar a estirar la masa y cortar los fideos. A lo mejor, entre la espera y los fideos, el teléfono sonaba y por primera vez, después de cuatro años, Alberto decía “hola, viejita”. No era momento de ponerse a pensar en eso. Isabel había dejado de hacerse ilusiones con la llamada de Alberto. Le agradecía al cielo, todas las noches, que su nuera y el chiquito hubiesen vuelto del campo y que todavía, aún cuándo no supieran ni una palabra sobre el destino de Alberto, fueran a visitarla. Pese a la impresión que le causó la primera vez que la vio, Adriana era una buena chica, demasiado joven para condenarse a la soledad, aunque ella –Isabel- no le perdonara no seguir esperando a Alberto, como ella lo esperaba cada día, aún después de cuatro años sin una sola noticia. Quién sabe si Alberto se había enterado de que ahora podía llamar tranquilo, que no los iba a perjudicar hablándoles. Quién sabe dónde había ido a parar, después de desobedecerla y no aparecer por la casa de Nino en Latina.
Isabel escuchó el paso arrastrado de Blas. Sorbió el mate de un tirón y volvió a llenarlo. El agua estaba tibia y aunque hacía calor ese domingo de madrugada, hubiese preferido sentir como el mate le iba quemando por dentro hasta llegarle al estómago. Se sentó en la silla y apoyó el termo y la azucarera sobre la mesa de la máquina de coser pero ni bien sentarse, decidió abrir el toldo, girando la manija con fuerza y rápidamente para hacer la menor cantidad de ruido posible.
Blas se asomó al patio y la vio parada y se preguntó en qué momento su mujer había encanecido tanto. En qué momento, aquella porteña orgullosa y explosiva, hija de napolitanos, se había transformado en esta matrona vencida de piernas pesadas y cintura inexistente. Mientras pensaba, se pasó la mano por la cabeza. Cada día, tocaba más piel. Isabel había envejecido en el mismo tiempo en que él se había ido quedando calvo. Cuatro años, siete meses y nueve días. Cuando Isabel se dio vuelta, lo encontró mirándola desde la cortina que separaba el patio del dormitorio. “Qué haces levantada a esta hora, mujer”, dijo Blas e Isabel volvió a preguntarse cómo era posible que después de más de treinta cuatro años en Argentina, Blas no hubiese perdido el acento.
“Me quema la cama y tengo mucho que hacer”, respondió Isabel. Blas movióla cabeza de un lado hacia otro y le ofreció ayuda, una ayuda que Isabel rechazó, como siempre, en los últimos treinta y cuatro años porque así le habían enseñado: la mujer en la casa y el hombre en el boliche. “Crees que esta vez vendrá con el tipo ese, como la otra vez” le preguntó Blas. Isabel respondió que sólo por ver al nene, era capaz de ver al tipo ese y a toda la jota pe junta, qué qué les importaba a ellos lo que Adriana hiciera de su vida, qué quiénes eran ellos para juzgala y que cuidadito con lo que decía, que al fin y al cabo, fue Alberto el que mandó la chica al campo, cuando estaba de compra y que la chica, bastante buena era, después de todo, con lo mal que su hijo se había portado con ella. Después de hablar, le estiró un mate a Blas. Blas lo aceptó callado y se sentó cerca de Isabel. Empezó a despuntar el día. Isabel sacó del cuartito los caballetes y sólo recién cuando tuvo que mover el tablón, le pidió ayuda a Blas, que con paso lento, se acercó y con aquellas manos de trabajo que en algún momento habían enamorado a Isabel, cargó el tablón hasta depositarlo sobre los caballetes, en el centro del patio.
-¿No crees que deberíamos quitar esos retratos de allí?- le preguntó Blas a Isabel, que volvía de la cocina con dos telas blancas para cubrir los tablones y comenzaba a estirarlos prolijamente sobre el tablón.
-¿Y por qué deberíamos sacar las fotos de Albertito? ¿Te da vergüenza tu hijo?
-Pero cómo dices algo así, mujer. Estoy muy orgulloso de nuestro hijo pero creo que si la madre de tu nieto ha de venir con el tipo ese, pues bueno, que para él será una incomodidad fatal.
-No te entiendo, Blas. Dijiste cualquier clase de cosas de Adriana y ahora te preocupás porque el tipo se sienta cómodo en casa. Esta es la casa de Albertito, después de todo. Además, es el único recuerdo que tiene el nene de su papá. Se queda como está, qué tanto.
-Ya, ya. No te alteres por nada. Ya no se te puede hablar, Isabel. No se qué demonios está pasando contigo, Dios Santo.
-Qué me va a pasar. A mí no me pasa nada.
Isabel volvió a la cocina y dejó a Blas hablando solo en el patio. Se agachó con alguna dificultad hasta el bajomesada y arrastrando, sacó la pastalinda del fondo del mueble. Con una rejilla, repasó la caja y le quitó la tierra. Hizo lo mismo, con cada parte de la máquina antes de volver al patio. A veces, cuando le daba por ponerse maniática, enjabonaba un cepillo de dientes de Alberto y fregaba cada esquina, cada junta de metal de la pastalinda. Le daba con saña, como si quitando algún resabio de masa o de harina, limpiara su propia vida o sus pensamientos porque desde el mismo día en que Alberto salió con lo puesto, escondido debajo de una frazada, en el asiento trasero del Farland de Blas, ella no hizo más que acumular rencor contra su marido. A quién se le ocurría hablarle al chico de la guerra civil, enseñarle las canciones republicanas, exigirle que se comprometiera con los pobres y seguirlo a Perón. Qué era lo que Perón les había dado, si siempre tuvieron que trabajar como animales para ganarse el pan; por qué, si todo lo que ella quería de ese chico, de su único hijo, de Albertito, es que fuera un buen médico y no tuviera que pasar necesidades como ellos que eran brutos como animales. Pero ahí había estado la mano cuarteada de Blas, hablándole de sindicatos y derechos, quedando delante del chico, que apenas tenía veinte años y una novia de diecinueve, como un héroe; sin decirle la verdad; sin contarle que de todos los Alberti Paz, era el único vivo y que escapó como pudo, pasando hambre, frío y miedo. “Ahí está tu escuela, Blas” pensaba Isabel cada vez que se acostaba en esa cama que ahora le parecía un sarcófago, “hiciste tanto que mi único hijo repitió tu historia”.
Unos rayos de sol habían empezado a colarse por el toldo abierto y se quedaban pegados sobre la tela que tapaba el tablón. En una de las esquinas de la mesa, Isabel atornillaba con fuerza el soporte de la máquina y empezaba a pasar la masa, dos veces por punto, hasta que la dejaba fina como un papel. Cuatro o cinco tiras de más de un metro de masa, espolvoreadas con semolín, tapadas con repasadores húmedos sobre el final de la mesa, que más tarde, una vez que las tiras fueran siete u ocho, enrollaría para cortarlas a cuchillo y colgaría de un piolín entre silla y silla para que se secaran un poco. Y mientras el aire trabajaba sobre la masa y Blas salía a comprar el pan, un salamín, una botella de vermouth, un pedazo de queso y dos botellas de Coca Cola, Isabel pelaba cebollas acercando la cabeza para que los ojos le lloraran y sin embargo, no conseguía soltar una sola lágrima. Estaba con la cuchilla en la mano cuando sonó el teléfono. Caminó rápido y casi quiso correr a atender pero supo que no debía hacerlo. Cuando dijo “hable” y escuchó la voz de Adriana sintió que ese no iba a ser un domingo como cualquiera.
“Dicen que lo encontraron” dijo Adriana con la voz quebrada e Isabel se tuvo que sostener del aparador. “Dicen que lo encontraron en Burdeos y que tiene un restorán, que lo reconocieron por el acento y que se hizo pasar por otro. Mi mamá me dio unos ahorros para que viaje hasta allá pero no puede quedarse con el nene. Se lo encargo, Isabel. Un rato antes del mediodía se lo llevo con un bolsito. Vio que es muy bueno y no le va a dar trabajo. Son diez días nada más. Viajo para ver si conmigo también se hace pasar por otro”.
Isabel colgó el teléfono y salió al patio tambaleando. Se acercó al tablón y acomodó los repasadores húmedos sobre las tiras de masa hasta dejarlos sin arrugas. Descolgó del piolín que había atado entre las sillas e hizo un nido de fideos sobre la tela del tablón. Blas entró, transpirado y cargando las bolsas.
Isabel, ni siquiera se dio vuelta. Siguió acomodando el nido de fideos sobre la tela del tablón, cuando se le empezó a mojar la cara.
-Qué tienes- dijo Blas al verla,-dime, mujer, por favor, qué tienes.
-Parece que lo encontraron- respondió Isabel, sin darse vuelta.
Blas se apoyó contra la pared y fijó la mirada en el piso. Isabel terminó de tapar los fideos y se dio vuelta. Caminó hasta dónde estaba Blas y lo tomó del antebrazo. “Parece que lo encontraron”, repitió y Blas la abrazó. Así se quedaron, abrazados, en el patio, con el toldo abierto y unos rayos de sol iluminando el tablón.
Diciembre 2007
sábado, diciembre 1
Cosas que dicen los autores. IV
Estadísticas
Hay dos hombres sentados a una mesa, uno está comiéndose dos pollos, y el otro se está muriendo de hambre; para las estadísticas cada hombre está comiendo un pollo.
(Umberto Eco)
Pequeña anécdota. II
Francisco y yo entramos a la ferretería. Al costado del mostrador hay una máquina que entrega agua fría o agua caliente, según se apriete una palanquita azul o una roja. Francisco quiere beber. Me pide que le dé un vasito, y muy resuelto se dispone a servirse él mismo, pero duda y me pregunta:
- ¿En cuál hay que clickear para que salga agua fría?