Entre las muchas cosas que me gustan de la lectura, una de ellas es cuando en alguna parte el autor deja una frase que yo estimo evidencia una creencia personal, aunque esté en boca de un personaje, y esa frase es simple y lograda, y coincide con algo que yo siento o pienso, pero tan bien expresado que no necesito repensarlo más, luego de lo cual, cuando quiero decir algo parecido, empiezo sencillamente a citar al autor. Avisando quién lo dijo tan bien, claro (siempre que me acuerde quién fue el autor, pero si no siempre aviso que no es creación mía, porque prefiero pasar por una que dice frases hechas a una que inventa lindas frases que en realidad no son mías. Cuestión de vanidad, sí).
Aquí va una que encontré hoy, leyendo a Juan Jose Saer:
"Venderle a quien no tiene muchos recursos lo superfluo, haciéndole creer que le es indispensable, se parece bastante, para ser francos, a una estafa."
Bien escrito. No?
lunes, julio 30
Cosas que dicen los autores
domingo, julio 29
Va a ser un día hermoso
Parece que me he enfermado. La noche se hizo demasiado corta; me desperté muchas veces sintiéndome mal, y cuando parecía que el sueño empezaba a estabilizarse, había llegado la hora de levantarse. La estiré todo lo que pude, pero seres y objetos reclamaban ya insistentemente atención. Me levanté, con la cabeza llena de algodones, y las articulaciones como si les faltara aceite. Recordé que había estado soñando algo que sucedía dentro de la escenografía de Harry Potter (porque ayer terminé el último libro, horrible y generosamente traducido por unos niños de la internet), y el sueño no debía haber sido feo porque ya despierta me quedé extrañando algo que en el sueño había pero en esta realidad no (magia, quizá).
Aunque acá está oscuro, como siempre en invierno, puedo intuir que afuera hace un sol gigante y un cielo azul apto para querubines. Y frío.
Desearía sentirme mejor.
martes, julio 24
Maldita Telefónica, maldito Nextel
Como algunos saben, trabajo desde mi casa. Tengo un bonito empleo que depende mayormente de la tecnología. Básica, por otra parte: teléfono fijo, teléfono móvil, una conexión a internet. Hace 4 o 5 meses, Telefónica de Argentina me dejó sin Speedy durante 2 semanas... porque sus empleados estaban de huelga. Trabajar se volvió muy complicado, webear, imposible del todo. Y me la aguanté como una monja zen.
Y ahora, hace exactamente 10 días... Telefónica de Argentina me dejó sin teléfono, por la misma razón. Todos de huelga, me cago en la puta empresa de mierda. Llamás al 114 y de entrada te avisan que están con conflictos gremiales, como quien dice estoy con la regla, qué empresa más hija de puta! Hace unos días vino un técnico a ver si era algo de mi casa. Miró y dijo: "no, está todo bien... esto es de la central, es parte de la medida de fuerza". !!!! Ayer volví a llamar al 114 y me atiende una muchacha que me dice: "Yo te tomo el reclamo, pero te aviso que no estamos trabajando". ...
Y por si esto fuera poco, dama y caballero, termina de armárseme el combo conque Nextel, un servicio de telefonía móvil bastante caro que mi empleadora paga con puntualidad alemana, acá en mi casa (vivo en San Telmo, no en medio de Pampa de Ayala)... no tiene señal!!!! Maldito, remaldito Nextel, remaldita Telefónica de Argentina, qué hay que hacer para que una empresa se comprometa realmente a dar un servicio???
Estoy re caliente, con los nervios destrozados de aguantar clientes que no pueden comunicarse conmigo y me mandan mails insultándome (como si fuera yo la que corté las líneas o bloqueo la señal de nextel), harta de tener que salir con mi nenito a la calle para obtener señal y poder hablar con los susodichos clientes, aghhhhhhhh. A quién me quejo? Qué puedo hacer para revertir esta situación? Puedo hacer algo, alguien sabe? No me recomienden poner unos cócteles, eso ya lo tengo pensado. Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh maldita Telefónica, maldito Nextel!!!!!!!!!!
viernes, julio 20
Dos cosas
Una. Como habrán notado, se me dio por ponerle avisitos a mi webblog. Bah no es que pongo los avisos yo, sino que le digo a google que venga y ponga lo que mejor le parezca, confiando en que los avisitos tengan algo que ver con los contenidos del blog. Y se ve que se lo tomó bastante a pecho, porque en los últimos días todo lo que aparece son distintos avisitos que contienen la palabra Maria :) Se fijaron? No es simpático? Tonto, pero simpático. No?
Dos. Es del Dia del Amigo. Y si hay algo que valoro, más que un libro (pero menos que mi hijo, okey), son mis amigos. Entonces les voy a dejar saludos por este medio. Habia pensando en dejar un saludo general para que nadie se vaya a quisquillar si no aparece, pero decidí tomar al toro por las astas, voy a nombrarlos, no por orden de afecto ni nada, sino por orden de aparición en mi memoria inmediata y no esforzada. O sea que los que no aparezcan, no se sientan menos en mi afecto, en todo caso siéntanse menos en mi memoria que ya sabemos que no es de confianza con lo cual traten de no sentirse menos en absoluto. Entonces, feliz dia a todos, y cuando digo todos estoy incluyendo, pero no limitándome a, los siguientes:
Javi, Lau, Facu
Manu
Mabel
Fernando
Ale, Joselo, Mati, Jelito
Laura Luz
Fabi
Joni
Billy
Pablo
Mirta
Viqui
Aliz, que está tan lejos
Ariel
Ceci, Emi
Irene (sí, mi jefa, que me re banca)
Y un saludito y brindis virtual a la banda de Amigos Invisibles con los que me encuentro cada noche en #teoriadetodo en Undernet, entre los que se incluyen (again: pero no limitan a): Mortadela, Vontrier, Luzbel, Ololiukita, Righe, Zafiro, Icorchete, Miri, LeonordeA, Vitolino, Erudito, Lev, y demases.
A todos todos: muy, muy feliz dia y gracias por sostener la paradoja: inaguantable como soy, todos estos me aguantan! Qué lindos son :-)
jueves, julio 19
Adiós, querido Sr. Fontanarrosa
Hace un rato me enteré de que hoy murió Roberto Fontanarrosa, el padre de muchas criaturas con las que tuve la suerte de relacionarme a lo largo de mi vida. Inodoro y Booggie crecieron junto a mí, y no hace ni un mes, descubrí su "Mesa de los Galanes". Egoístamente, sólo conocía de él su obra, y nada de su historia personal. Me dolió saber que hace un tiempo ya no podía usar su mano para dibujar. Eso debe haber sido todo un golpe bajo para él. Como no sabía qué hacer con esta sensación de reverencia y de agradecimiento, decidí postear mi adiós. Querido Sr Fontanarrosa, gracias por todo lo que hizo, gracias por su arte, por sus increíbles narraciones, su humor, sus dibujos. Ojalá que exista un Cielo, y que ahi lo estén esperando para darle una hoja y un lápiz, y una mesa de café.
Maestras argentinas: Clara Dezcurra, por Roberto Fontanarrosa
Clara Dezcurra toma la pluma y escribe la fecha: "16 de Julio de 1840". Luego, con la misma letra minúscula y erguida, agrega el encabezamiento: "Querida Juana". Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y redacta: "Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en la clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición 'Voyage autour de mon bureau' y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre 'La Vaca'."
Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas criollas.
En realidad, poco y nada decía para sus alumnos la temática de la anterior composición-tipo, "Voyage autour de mon bureau" ("Viaje en derredor de mi pupitre") impuesta por el maestro modernista francés Alphonse Chateauvieux a fines de 1815. La escuela de Clara Dezcurra, apenas un simple salón de tierra apisonada, no tiene pupitres, ni bancos, ni siquiera sillas. Los alumnos se apretujan sentándose en rejas de arado, tocones de ceiba o simples calaveras de vaca que relucen como si fuesen de mármol. La calavera de vaca es el asiento más fácil de conseguir, el más frecuente, porque la escuela nocturna de la señora Dezcurra es, durante el día, un matadero clandestino.
Clara humedece con la saliva de su lengua el reborde pringoso de la tapa del sobre donde ha metido la carta. Lo cierra y luego, aprovechando el calor del candil que la alumbra malamente, derrite casi un centímetro de lacre sobre el vértice de la juntura. Le llega, desde afuera, el olor pesado aue viene desde el saladero de cueros, el tufo casi irrespirable a pescado podrido de la costa, y el mugido profundo de algún animal que ha olfateado, quizás, el aroma premonitorio de la sangre.
La escuela ni siquiera está en el centro de Buenos Aires. Ahí, frente al portalón de la Iglesia de los Cordeleros, como se lo había prometido don Juan Lezica, cuando era alguacil segundo del Municipio, para luego decirle que, aquello, era imposible. El episcopado, o, mejor dicho, el obispo Alcides Melgarejo, le había recordado a Rosas que no debían permitirse escuelas ni queserías en las proximidades de los templos. Y entonces le habían dado a Clara ese quincho --porque de otra forma no se lo podía denominar-- cerca de los corrales de Mataderos, a metros de la puerta de Santa Brígida, detrás del saladero de don Felipe Echenaugucía. Y la escuela era nocturna. Y los "chicos", como ella los denominaba, eran ya gente grande: puesteros de los corrales, matarifes, carreros cachapeceros, pero muy especialemente, federales. Hombres de la Santa Federación que llegaban a clase luciendo la divisa punzó, mazorqueros que, en el primer día de clase, habían degollado a un negro por robarse una goma de borrar.
Clara, todas las tardes, mientras escucha dar las siete en el carrillón de la Merced, baldea el piso para quitar los oscuros cuajarones de sangre que quedan de la actividad del frigorífico clandestino, y echa hacia los potreros las reses que no han sido aún sacrificadas. Espera, en tanto, desde el Alto Perú, la respuesta de Juana, su compañera de promoción. Intuye que su puesto al frente de la precaria escuela peligra. Sin ella saberlo, ha permitido la inscripción de más de un unitario. Algunos le han confesado su condición, como Juan José Losada. Otros le han dicho que la vincha celeste que llevan recogiéndoles el pelo, es en honor de la bandera. "Pero nadie viene a controlar lo aue pasa en estos parajes, Juana --le ha escrito a su amiga--. Estamos dejados de la mano de Dios. Mis chicos escriben con trozos de ladrillos o pedazos de tripa gorda y yo utilizo las paredes como pizzara. Don Martin de Agüero me ha prometido tizas, pero me dicen que el barco que las trae encalló en las proximidades de Recife."
Un zambo iza la bandera. Le dicen "Falucho", pero es en broma. Tomó parte del sitio de El Callao, pero no logra aprender la tabla del cuatro. No ha llegado aún al país el sistema inglés de los palotes, y los alumnos trazan una línea acá, otra allá, sin ton ni son, sin orden ni medida. Clara es la primera en entonar "Oda a la Bandera", de Balmes y Vespuci. Hija y nieta de educadoras, recuerda las anécdotas de su abuela, Irma Dezcurra, de cuando aún la joven nación no tenía divisa, antes de aue don Manuel Belgrano la crease. Los niños --contaba la anciana-- se reunían en los patios escolares antes de entrar a clase y no sabían que hacer. Daban vueltas sobre sí mismos, se chocaban entre ellos o giraban tontamente como tiovivos sin acertar con una conducta. Alguno, quizás, gritaba consignas emotivas, o repartía chanzas contra los españoles. Alguna maestra, tal vez más devota, entonaba salmos religiosos. Hubo quien --recordaba abuela Irma-- aguardando la entrada a clase, se empecinó en vocear los números de la lotería de cartones, el juego que tanto entusiasmaba a Manuelita, y así nació la "cifra", el canto que, junto a vidalas y pericones, habría de animar numerosas y encendidas veladas patrias.
Clara come un pastelito dulce y lo acompaña con té de cardosanto. La respuesta de Juana Azurduy tarda en llegar. Hoy Clara ha tenido que sosegar a un federal muy alcoholizado. No la desvela tanto la indisciplina, pero se le duermen en la clase. Y a veces se pelean. Los mazorqueros sospechan que uno de los muchachos es unitario. Es un mozo joven, bien parecido, que viene siempre de bombachas de fino fieltro y botas altas. Tiene la patilla larga que baja y dobla luego hacia arriba, para unirse con el bigote, dibujando una "U" provocativa. Pero los mazorqueros aún no han llegado hasta ese punto del abecedario. Solo Isidro Gaitán, un sargento, puede memorizar las letras hasta la hache que, al ser muda, lo desconcierta. Los demás apenas si se han familiarizado con las letras hasta la "D". Clara duda si continuar con la enseñanza. Apenas sus chicos descubran que la "U" tiene un dibujo similar al que se lee en las mejillas del joven unitario, pude arder Troya. Clara no quiere tener más problemas con el gobierno. Pero habrá de tenerlos.
Antes de que llegue, por fin, la carta de Juana, ya don Artemio Soto conoce la noticia de su innovación pedagógica. Algún mazorquero la ha comentado en algún boliche. Tal vez un tropero alcanzó a contar las desventuras de su composición-tipo cerca del oído de algún correveidile del poder. Tras seis meses de espera, la carta de Juana llega, como una premonición, días antes que la de Domingo Faustino Sarmiento.
A la luz vacilante del quinqué, Clara lee la esquela de su amiga. "Tené cuidado, Clara" es todo el texto, entre sucinto y fraternal. Sin duda Juana, preocupada, consciente del tiempo que llevará a su carta llegar de nuevo hasta la capital, optó por escribirla lo más rápido posible, casi con características telegráficas.
Clara bebe una copita de oporto, al que enturbia con hojas de regaliz. Duda si abrir o no la carta de Sarmiento. Sin embargo, la redacción de esta, lo comprobará luego, es de advertencia mas no llega a sonar admonitoria. "No veo de buen grado --le escribe el sanjuanino-- el cambio por usted introducido en la enseñanza de nuestra lengua criolla. Somos un país incipiente aue requiere de ejemplos y el modelo del maestro Chateauvieux aún está en vigencia. Somos todavía como el joven retoño que precisa de la rectitud y firmeza del tutor para crecer derecho."
Clara garrapatea una carta de respuesta plena de formalismos y ambigüedades, lejos de su habitual estilo franco, y decide continuar con sus planes. La hace persistir en su esfuerzo el entusiasmo que observa en sus alumnos. Por primera vez, muchos de ellos escriben más de dos páginas de composición, cuando con el tema "Viaje en torno a mi pupitre" algunos no alcanzaban ni a los tres renglones. Un matarife de Achiras Altas, Juan Sala, redacta, incluso, casi diez páginas de un relato estremecedor, fruto de su conocimiento de la tropa vacuna. Tiempo después, será la base de un libro paradigmático: Amalia.
Josefa Paz de Hurlingam invita a Clara a tomar chocolate en su casa de la bajada del Marquesado. Recibe en una sala solariega desde donde se ve el patio interno de la casa, impregnado con un perfume fresco a magnolias, glicinas y santarritas. Hay un jardín, también, con lilas del lugar y patos criollos. Una morena carabalí sirve el chocolate en bandeja cubierta con una mantilla bordada por la misma señora Josefa. Josefa le cuenta a Clara, animosa, que en el colegio adonde va su hija, en clase de Habla Castellana le pidieron una composición sobre el tema "La Vaca". Josefa cuenta esto con risa amable y, cada tanto, se toca el ñandutí de su pechera impecable.
Clara no tiene tiempo ni de alegrarse. A la noche siguiente, una frágil figura desciende de una calesa frente a su escuela, siendo de inmediato rodeada por perros coléricos y becerros supervivientes. El nocturno visitante es don Benito Agudo Ersilbengoa, mano derecha del nuncio apostólico y amanuense del alguacil Ordóñez. "Hemos recibido las quejas de Monseñor Brizuela --comunica a Clara Dezcura-- con respecto al tipo de temas que uted está haciendo escribir a sus alumnos."
Clara conoce bien a monseñor Bizuela. Se corren muchos rumores en torno a su persona. Se decía de él que a su arribo a nuestras costas, cuatro años atrás, era un hombre afable y comprensivo. Pero que había sufrido un doloroso accidente durante las invasiones británicas, cuando transportaba trabajosamente un pilón con aciete hirviendo. Aquella desgracia, se comenta ahora, ha dado origen a la sabrosa fritura de pastelería puesta en boga por todos los panaderos: la "bola de fraile".
"Es indigno --continúa don Benito Agudo Arsilbengoa-- que nuestros guardias federales, nuestros soldados, sean obligados a escribir sobre un tema tan poco épico y glorioso como el que usted les impone."
Clara comprende que ha llegado el momento de defender sus convicciones. Escribe a Sarmiento explicando su postura y la ventaja de educar a sus alumnos a partir de vivencias que a ellos le sean familiares. Seis meses después, puntualmente, recibe la contestación. Y de allí en más, día a día, irá recibiendo cartas del maestro sanjuanino. Sarmiento no falta un solo día al Correo. Algunas de sus cartas, no todas, muestran sobre el pergamino largos trazos de un pegote blancuzco, como si alguien hubiese moqueado sobre ellos. Clara deduce que Sarmiento las ha escrito bajo su histórica higuera, buscando aislarse, tal vez, de los rayos solares.
"No me opongo a que usted trabaje sobre 'La Vaca' --le dice el autor de Facundo-- en lugar de hacerlo sobre el modelo francés. Habrá un día, solo Dios puede saberlo, en que nuestro país se quitará de encima la influencia europea, y quizás entonces usted será considerada una precursora. Pero déjeme sugerirle otra variante; ya que el debate se ha instalado en torno a si es conveniente o no gastar papel, tinta e ingenio sobre un animal tan rasposo y de índole infeliz como la vaca le propongo que sus composiciones sean sobre otro animal todavía más cercano y afín a nuestra tradición libertaria como el caballo. Más de uno de nuestros centauros, que regaron con su sangre generosa el suelo americano, sabrá agradecérselo."
Clara lo piensa. Supone, con su intuición de maestra, que el del caballo puede ser un paso posterior. Incluso no deja de lado la gallina, con su doméstica convivencia. Pero la cercanía de los corrales, la vital actividad del matadero y, fundamentalmente, la creciente importancia del ganado vacuno en la suerte de nuestra economía, la deciden a continuar con el plano trazado.
Es febrero de 1845 y el formidable estío de Buenos Aires embalsama la brisa con aromas fuertes. Clara ha recibido el paso del aguatero llenando dos odres grandes para sus muchachos. La composición-tipo "La Vaca" se emplea ya en casi todos los establecimientos educacionales de la ciudad. Hasta las familias patricias que contratan institutrices británicas han encontrado pertinente el uso de la redacción impuesta por Clara Dezcurra. Sentada sobre una rueda de carro, Clara observa el patio a través de la puerta del salón. El calor del día ha exacerbado el olor a bosta y escucha las risotadas de sus chicos disfrutando el momento plácido del recreo. Se oye el punteo de alguna guitarra, alguna relación intencionada, el repique constante de un tamboril. De pronto alguien grita, hay un revuelo. Clara presta atención, inquieta. Sus muchachos son buenos, pero si se los vigila son mejores. Escucha un violín y se estremece. Son los sones de la "refalosa", la danza con que los mazorqueros acompañan los saltos despatarrados de sus víctimas cuando resbalan sobre su propia sangre. Clara se levanta y sale a ver qué pasa. Pero, en este caso, la víctima ya ha caído sobre el patio de la escuela. Es Juan José Lozada, el joven unitario de las patillas en "U". Lo han degollado. Ante la pregunta enérgica de Clara, nadie dice saber nada, nadie dice conocer a los asesinos. Pero hay risas torvas, sofocadas. El grupo de mazorqueros se aleja un tanto, empujándose unos a otros, como sorprendidos o avergonzados por la reprimenda.
Clara escribe a Juana, el 24 de febrero de ese año. "Los eché a todos. No me importa, Juana, que sean mazorqueros, hombres del Restaurador de las Leyes o lo que sea. Hoy degüellan a un compañero y mañana pueden llegar a hacer cosas peores. A estas situaciones hay que cortarlas de raíz, antes que pasen a mayores." Entre los expulsados de la escuela está el sargento federal Anacleto Medina, héroe de Cepeda.
Clara estudia al jinete que ha llegado hasta su escuela. Ella estaba calentando agua en la pava de latón peruano para prepararse un caldo, cuando escuchó el galope. El hombre es un soldado de Rosas y le estira en la mano, un rollo de papel sujeto con una cinta: por supuesto, punzó. Clara desenrolla el mensaje y lee el texto. La trasladan. Ha estado dando clase durante siete años en un tinglado con piso de tierra que, durante el día, hacía las veces de frigorífico clandestino. A pocas varas del matadero de reses y del solar donde se envenenan los cueros. Alumbrándose con velas de grasa. Educando a una clase compuesta por matarifes, soldados federales, negros, zambos, convictos, renegados y mal entretenidos. Ahora la letra pareja y grande del Restaurador le indica que será trasladada a un lugar de menor jerarquía. No lo dice con esas palabras. "La patria --le escribe Rosas-- demanda de usted un nuevo sacrificio. Y hemos decidido destinarla a una escuela marginal, con alumnos que detentan problemas de conducta. Sé que usted, con su firmeza de espíritu, sabrá encarrilarlos y superar los problemas de presupuesto que, de aquí en más, habrá de sufrir."
Clara Dezcurra sabe que ya no tiene sentido aguardar el cargamento de tiza. Intuye que su alejamiento obedece, más que nada, a su particular obcecación en persistir con el tema de "La Vaca".
"Creo que todo ha sido inútil --escribe a su amiga Juana--. Comprendo que, hoy por hoy, se hace muy difícil cambiar algo de lo ya dispuesto. Supongo que, con el paso del tiempo, todo el mundo se olvidará de mi tema de composición y volveremos a 'Voyage autour de mon bureau', o a cualquier otra imposición venida de afuera bajo el engañoso rubro de aporte cultural." Deja gotear el lacre, morosamente, sobre la juntura del cierre, antes de moldearlo bajo la presión de su anillo de sello. No puede dejar de pensar en la fugacidad de su iniciativa educacional. No sabe cuán equivocada está. Una gota de lacre, lustrosa, ha modelado un diminuto montículo sobre la mesa.
de "La mesa de los Galanes", © 1995 by Ediciones de la Flor.
(Extraído del sitio www.literatura.org)
Mirá lo que encontré!
Bah en realidad lo encontró Marcelo Lacanna, pero yo lo encontré leyendo posts viejísimos en su blog. Señora, señor: le pasa a usted que por ahi le vienen ganas de escuchar una canción, pero no se acuerda ni el nombre, ni la letra, ni el cantante, ni el autor? Aha? Sólo la melodía? bueeeno. La gran solución! http://www.songtapper.com/
Segui el ritmo de la canción que querés en tu barra espaciadora (la del teclado, mejor), y si está entre los datos del website -y tenes un ritmo aceptable, claro-, te la reconoce y te avisa cuál es.
Genial! No?
lunes, julio 16
Hoy me acordé de Jacinto
Ayer, bah. Y me puse a buscar vieja música, para recordarlo mejor. Lo conocí apenitas, apenísimas. Lo vi un par de veces, por una vecina azafata que solía recibirlos en su casa. La primera vez fue una noche de viernes, muy tarde. En mi pequeño antro musiquéabamos con unos amigos, sonó el timbre, era la vecina, acompañada. Yo no conocía al acompañante. El pidió la guitarra, y mi amigo se apresuró a pasársela, repentinamente mudo y maravillado (él sí lo conocía). Y en medio del silencio de los presentes, arrancó con su voz de pájaro una canción que se me encarnó hasta hoy (Romance de mis tardes amarillas). A eso sucedieron varios otros viernes, en casa de mi vecina. Y yo, que entonces era una gurrumina pajuerana recién arribada a la capital, asistía con los ojos y los oídos ASÍ de abiertos a esas guitarreadas increíbles. A Jacinto le tenía miedito, tanto por su música, que me clavaba ya fuera flores o espinas en el alma, como por sus ojos relucientes y sonrisa de diablo, que me licuaba las partes y me daba a la vez ganas de bailar o de salir corriendo. Atractivo, simpático y talentoso como el mismísimo Malo. No me costó creer que fuera salamanquero, aunque los demás dijeran que era pura leyenda y marquetin. Jacinto, Peteco, Ica Novo, son algunos de los que desfilaron por la casa de aquella vecina por la que guardo un afecto nostálgico (se fue un día a vivir a España, no volví a verla) y un agradecimiento pleno. Porque de su mano conocí un montón de maravillas: a los musiqueros y poetas ya mencionados, a Tolkien, a Castaneda (me dejaba incursionar en su biblioteca a cambio de regarle las plantas cuando estaba volando lejos). Y también al vino tinto y la otra maría, que hacían buena pareja con cualquiera de los presentes. Linda gente, mi vecina Susy, los musiqueros, los poetas, y otros que solían pasar por ahi, gente que florecía en esa incipiente democracia. Fue un tiempo corto, unos meses nomás. Y luego Susy se fue, y no volví a verlos. A Jacinto se lo llevó la muerte unos años después, a los demás, la vida. En mí, más que dejar huellas, lo que hicieron fue sembrar caminos. A tanta distancia y vida, cómo los quiero, cómo siguen estando acá.
domingo, julio 15
sábado, julio 14
Sueño mentiroso
Ibamos desde La Toma hacia el pueblo, a mitad de camino, y aunque se suponía que era mediodía la claroscuridad delataba al anochecer. Y aunque se suponía que estábamos en Capilla del Monte y que era invierno, los ruidos y los aromas me hacían saber que era un atardecer de verano en Chivilcoy. Ibamos mi nene y yo, caminando, recién llegados (aunque en sentido contrario al que hubiéramos tomado de haber sido cierto) y despreocupados ambos. Mi nene era chico, pero no tan chico como es en esta realidad. Entonces, como a 50 metros en el camino, vemos a Billy. El parece no vernos, o no reconocernos. Está en medio del camino -por el que no pasa ningún auto-, y charla con una gente que -sé- vive en una casita ahi al costado del camino. Mi nene y yo nos detenemos, y yo observo lo extraño que se ve Billy. Lo veo reirse, tiene una cuerda en la mano, sé que está haciendo un collar o alguna artesanía. Lo encuentro hermoso, fuerte, joven. Me atrae mucho, y me resulta extraño sentirme tan atraída por él. Entonces aparece Tiaga, que viene desde atrás nuestro, y nos saluda, y le digo que hemos venido en busca de Billy. Ella se ríe y señala. "Ese no es Billy!", dice. Y agrega que es otro (dice un parentesco que no logro recordar, hermano? hijo?) Simulo ante Tiaga que lo sabía. Y me lamento interiormente de que sea otro, porque éste me gustaba mucho.
Qué sueño macaneador.
jueves, julio 12
Solitudine
Cuando miro mi vida hacia atrás, me doy cuenta de que las cosas que mejor recuerdo son: las que significaron errores (más o menos irreversibles, con importancias medibles según la edad), las que dejé inconclusas por no saber cómo -o no animarme a- continuar, y las ocasiones en que me sentí sola.
Tengo cantidad de recuerdos de soledad, digo, en el sentido de estar sola, a solas. Hasta la fecha no sé si definirme por el gusto por lo gregario o la vocación de solitaria. Pero la verdad es que casi nunca me siento sola. Capaz que es por eso que me acuerdo especialmente de esas ocasiones. Casi nunca me siento sola, pero a veces sí. No tengo Grandes Sensaciones de Soledad. Bueno, alguna que otra vez, la tuve. Pero mayormente son momentos, momentitos que casi no duran o a los que casi no presto atención. Y cómo son de distintas, mis solitudinezas. A veces me siento sola de alguien habilidoso que sepa y quiera reparar pequeñas cosas que a mí se me pasan un día, dos, hasta que se acumulan años, y sobre todo, se forman hábitos. Como el de nunca intentar encender la luz del cuarto de adelante (porque se rompió la ficha hace como año y medio), o jamás querer agarrar el picaporte de la puerta del baño (porque se descalabró hace como un año). Cosas que me gustaría que estén debidamente funcionando pero no, y como tampoco me molestan mucho, ahi van quedando, atadas con alambre o directamente sin atar. Y cada tanto reviso esas cosas y me siento sola. Otras veces me acomete la solitudine económica (la anterior viene más o menos de la mano de ésta, claro). Me suele agarrar cuando estoy a 20 del mes y ya sé que no me alcanza para llegar hasta fin de mes. No, no faltará quien me preste (amigos hay, familia también). Pero me molesta el que no me alcance, me molesta tener que pedir y me molestan todos y cada uno de los días que pasan hasta que estoy en condiciones de devolver. En esas ocasiones me digo que qué bueno sería que existiera alguien con quien compartir los fondos, y si me falta de mi bolsillo recurrir al tuyo sin tener que pedir, ni sentir que pido, ni que estoy en deuda, ni nada. Y me siento sola. Esas son las soledades más materialistas. Entre las otras, está la de los fines de semana. No todos, alguno que otro nomás. Esa solitudine son las ganas de estar con uno o más adultos, charlando cosas de adultos. En un bar o caminando o en un living, pero rodeada de amigos, todos a-dul-tos. Estar nomás con otros adultos, amigos adultos, haciendo y pensando cosas de adultos, por una vez, un rato, que mi charla no sea con un nene de dos años, que no sea sobre un capítulo de Lazy Town o sobre cómo armar un rompecabezas. Me siento sola de vida adulta, de vida ligera de adulto soltero.
Y finalmente, la que menos ocurre pero a la vez la más antigua, la solitudine de querer despertarme alguna que otra vez encontrando al lado al hombre al que quiera. Fijaos, no "el que quiero", porque ese no existe ni en mis planes. Es... que a veces nomás me siento sola de sentimientos. Quisiera sentirme acompañada por el sentimiento de querer mucho a un hombre, y tenerlo a mi lado, su compañía en presencia, y en ausencia la compañía del quererlo.
Estoy tan acostumbrada a estas solitudineces que ni siquiera me importan mucho, afortunadamente ni siquiera dejan que no sea feliz. Pero a veces, a veces nomás, me saco las lentes de contacto y miro la niebla que me rodea, y... bueno, me gustaría, en esos momentos, que fuera menos soledad.
domingo, julio 8
Aparición Urbana
¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto, al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.
Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.
viernes, julio 6
Soy la tía de Blancanieves!
jueves, julio 5
Efemérides
Esta tarde del 5 de julio de 2007, nacerá Candela María Baldo, hija de Ana Rita Bogliolo y de Martín Baldo. Y sobrina mía, larai larai.
martes, julio 3
Seres de luz
Me embolé, claro. Dieciocho horas sin electricidad, ocurridas a partir de las diez de anoche, y que abarcaron por lo menos esta manzana de mi ciudad. Pero... qué silencio! O mejor dicho, qué de otros sonidos. Sólo en mi casa, suelen hacen ruido: la heladera, la computadora, un tubo fluorescente, todo adecuadamente tapado por la tele o por la radio o por alguna música de la pece. Y ayer había partido y el barrio estaba debidamente alborotado, lo cual se hacía eco en radios y televisores y de paso teléfonos. Pero de pronto... silencio. No más ruidos eléctricos! Sí, claro. Me embolé. Quería chatear, quería leer libros digitales, quería jugar un solitario, escribir en el blog, leer los blogs, leer el diario online, quería mirar y ver, y escuchar todo lo que venía de afuera (de adentro de las máquinas, mejor). Pero de pronto... silencio. Los que habían querido ver el partido ya se habían ido en busca de áreas electrificadas. Amortiguada, me llegaba una conversación en otro departamente. Una abuela charlaba con su nuera y con su nieta, la nuera recriminando a la abuela que le enseñara malas palabras a su nieta, quien no dejaba de repetir: "Puta madre! Puta madre! Puta madre!" Mi ninito miraba un libro de figuras a la luz de una velita. En el patio, los gatos hacían sus ruiditos de siempre. Una canilla goteaba en alguna parte plic, plic, plic. Qué silencio! Silencio de vecinos, de oscuridad en el patio, de gatos.
Horas más tarde, mi nene ya durmiendo, me asomé al patio y me encontré con una luna grande, impecable. Y un frío perfecto, cristalino. Qué silencio, qué hermoso silencio, abrigador, amistoso.
Leí un par de páginas de La misteriosa llama de la reina Luana. Y me fui a dormir. Tan en paz!

